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Basílica de Loyola , domingo 1 de agosto 2010-08-01
Loyola, 1 de agosto de 2010
Celebramos
esta fiesta de honda raigambre en nuestra Diócesis y en nuestra sociedad
guipuzcoana… No se trata sólo de mantener esta tradición por continuismo, por
el puro afán de que no se pierda, o por mera fidelidad a quienes nos
precedieron. Festejar cada año la fiesta de nuestro Patrono, es una buena
ocasión para reorientar el rumbo de nuestra vida, afianzándonos en tantos
valores imperecederos que inspiraron la vida de Ignacio y que siguen siendo de
plena actualidad para todos nosotros. 
Me permito
comenzar esta homilía refrescando y precisando el concepto de “patrono” o de
“patronazgo”… La etimología de la palabra “patrono” nos remite a otro término
del cual se deriva: “pater”, “padre”. “Patrono” viene de “padre”. Recordar que
tenemos “patrono”, es recordar que Dios es nuestro Padre; que nos quiere; que
cuida providencialmente de nosotros, nos protege y nos guía... Pero añadiendo un
matiz: Dios cuida personalmente de cada uno de nosotros, pero también de todo nuestro
pueblo, como lo hizo con el Pueblo de Israel. Asimismo camina junto a este
Pueblo Vasco, que peregrina en la
Diócesis de San Sebastián… Con gratitud y reconocimiento, los
guipuzcoanos nos gloriamos de tener a San Ignacio como Patrono. Ayer se
cumplieron precisamente cuatrocientos años desde que la Villa de Azpeitia proclamase
a San Ignacio como su patrono. Fue un 31 de julio de 1610, cuando tan sólo
había pasado un año desde su beatificación. Diez años más tarde, en 1620, fue
proclamado como patrono de Guipuzcoa.
Ahora bien, al
hablar de San Ignacio como nuestro “Patrono”, quizás podemos estar envueltos en
pensamientos triunfalistas, que nos hagan olvidar que no hay gloria sin cruz…
San Ignacio tuvo que sobrellevar muchas, muchísimas incomprensiones y
contrariedades, antes de ser reconocido como santo o como patrono… Más aún,
seguramente los que ahora le veneramos y le llamamos “Patrono”, seguimos
participando de esas incomprensiones. Los santos suelen romper la lógica
humana, hasta el punto de resultar molestos porque el testimonio de su vida,
unido a la denuncia de su palabra, dejan al descubierto nuestra mediocridad y
nuestras incoherencias.
El primer grado
de incomprensión lo sufrió Ignacio en su propia familia. Hasta cierto punto, la
conversión de Íñigo pudo ser una buena noticia para los suyos, porque entendían
que ese paso le ayudaría a “asentar la cabeza”, después de muchos episodios de
vida frívola. Pero, seguramente, no entraría en los planes de la familia un
planteamiento de vida cristiana tan radical, hasta el punto de llegar a romper
con sus orígenes nobiliarios.
En
efecto, ésta sigue siendo también una tentación en nuestros días. En cierta medida
reconocemos el hecho religioso, como un elemento que puede contribuir a la
educación y a la estabilidad en una sociedad muy necesitada de valores. Sin
embargo, solemos poner bajo sospecha los planteamientos de coherencia y de
exigencia evangélica, que fácilmente son etiquetados injustamente como
“exagerados” o como “radicales”. Parece que hoy en día lo políticamente
correcto tuviera que ser “un poco” frívolo, o “un poco” religioso; pero sin
exagerar en ninguno de los dos sentidos… También a San Ignacio de Loyola le
ocurrió algo parecido. Hemos de reconocer que aunque vivamos en una cultura de
raíces cristianas, existe una marcada tendencia colectiva a “domesticar” y
rebajar el hecho religioso, a “descafeinar” la fuerza del Evangelio, a
reducirlo a una serie de valores comúnmente consensuados, arrinconando todo
aquello que presente contrastes excesivos.
Pero
la incomprensión no le acompañó sólo en el ámbito familiar. También en la
Universidad de París, Ignacio tuvo que padecer contradicciones. Ignacio entusiasmaba
a algunos jóvenes en el seguimiento de Cristo, lo cual era puesto bajo sospecha
por las autoridades académicas… Era como si esos jóvenes hubiesen perdido la
cabeza por su culpa. Ignacio es juzgado como un proselitista que violenta las
conciencias de quienes le escuchan… Una vez más, se cumple aquella máxima
evangélica: “El Reino de Dios sufre
violencia” (cfr. Mt 11, 12). Pero Ignacio entendía que la más genuina obra
de caridad es el apostolado, el celo por acercar a los demás a Cristo; y su conciencia
no le permitía callar, aunque esto le acarreara complicaciones y problemas.
Tengamos
en cuenta que éste sigue siendo el signo de la Iglesia en su tarea de
extender del Reino de Dios: La incomprensión. Entonces como ahora, y ahora como
entonces, la incomprensión y la persecución no van contra aquéllos que han
asumido el pensamiento único, en un pacto con lo políticamente correcto, sino
contra aquéllos que actúan coherentemente con su fe católica.
Ciertamente,
hoy conmemoramos a nuestro Patrono en medio de un ambiente festivo… pero es de
justicia recordar que una de las primeras dificultades a las que San Ignacio
tuvo que hacer frente fue la Contrarreforma, como se ve representado en algunos
de los relieves de esta espléndida Basílica de Loyola. Una vez más, la tarea de
Ignacio se abrió paso en medio de muchas dificultades. Sus hijos de la Compañía
de Jesús recuperaron una buena parte del terreno perdido por la Iglesia Católica
tras la Reforma de Lutero, y lo hicieron aunando el rigor y la caridad. Así les
aconsejaba San Ignacio a los padres jesuitas que iban a fundar un colegio en Alemania,
acerca de sus relaciones con los protestantes: "Tened gran cuidado en predicar la verdad de tal modo que, si acaso hay
entre los oyentes un hereje, le sirva de ejemplo de caridad y moderación
cristianas. No uséis de palabras duras ni mostréis desprecio por sus errores".
No
cabe duda de que también en aquel estilo con el que San Ignacio afrontó la
Contrarreforma, sigue siendo “patrono” y “modelo” para todos nosotros. En
efecto, el momento presente nos inclina de forma evidente al relativismo
religioso. Se afirma equivocadamente que todas las religiones son iguales.
Pero, al mismo tiempo, vemos también que los fundamentalismos acechan a
Occidente, ocupando el vacío interior que el relativismo está dejando en
nuestra cultura. San Ignacio compagina en su estilo el “amor a la verdad” y la “caridad”;
la firmeza y la paciencia; el testimonio íntegro de la fe católica y la
tolerancia con quienes viven en el error.
Y
ya puestos a destacar la actualidad de la figura de San Ignacio, ¿cómo no hacer
mención de su intuición educativa? En vida del santo se fundaron universidades,
seminarios y colegios en diversas naciones. Puede decirse que San Ignacio puso
los fundamentos de la obra educativa que habría de distinguir a la Compañía de
Jesús y que tanto iba a desarrollarse con el tiempo. La clave del éxito del
modelo educativo ignaciano está en la integración del “rigor académico” y la “esperanza
cristiana”. En medio del fracaso educativo que padecemos en nuestros días, es
necesario recordar que la “educación” necesita de la “esperanza”, como la
natación precisa del agua.
Queridos
hermanos, vivamos con alegría esta fiesta y demos gracias a Dios por el
privilegio de tener un Patrono como San Ignacio; pero asumamos al mismo tiempo la
responsabilidad de ser testigos de su ejemplo, con nuestras obras. Nosotros invocamos
a Dios como Padre, a María como Madre, a Ignacio como Patrono; al mismo tiempo
que estamos llamados a vivir la fraternidad con todos, sin distinción. Bajo su
protección nos ponemos hoy nosotros y
todo nuestro pueblo... A él le pedimos que nos ayude a recorrer el camino de la
vida con esperanza; y siempre bajo la mirada amable de nuestro Padre Dios, y de
la mano de Nuestra Madre Santa María. ¡Que Dios os bendiga!
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