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Es un honor y un motivo de gran alegría para nosotros,
obispos franceses, haber sido invitados por Su Excelencia Mons. Julián BARRIO
BARRIO, arzobispo de Santiago de Compostela, para rezar juntos a Dios, sobre la
tumba del Apóstol Santiago. 
Agradecemos al Señor Arzobispo su invitación, a los
obispos españoles su presencia y al Cabildo de Santiago su acogida.
Oramos con todos los peregrinos que están aquí, en esta
Catedral, y también con todos los que hemos encontrados durante el camino.
En el momento en que venimos a rogar sobre su tumba, la
gracia que podemos pedir al Apóstol Santiago, es que renueve en lo más profundo
de nosotros el dinamismo apostólico, la experiencia original de aquellos cuya
vida ha transformado su encuentro con Cristo Jesús.
La experiencia de Santiago es ante todo la de una puesta
en marcha. Con Juan, su hermano, Pedro, Andrés y los otros apóstoles, Santiago
entendió esta llamada para dejarlo todo y seguir a Cristo. Dejaron su familia,
su pueblo, su profesión, las orillas del lago, sus proyectos, sus sueños, para
seguir a Jesucristo. Tan sólo este desgarramiento les permitió echar a andar,
descubrir una nueva vida, la experiencia de una conversión personal, el
descubrimiento de un rostro inédito de Dios, a través del rostro del profeta de
Nazaret. La experiencia de la marcha, en el marco de una peregrinación, hace
participar a quienes la viven de esta experiencia apostólica. El peregrino se
marcha de su casa; no puede llevarlo todo. Cada uno tiene que hacer su propia
elección. Deja su país, como Abraham; va hacia un país que Dios nos quiere dar.
Se dispone a recibir lo que es nuevo, inédito, una nueva manera de ver la vida,
de ver a los demás, de vernos y de ver a Dios. No hay experiencia apostólica si
no somos capaces de partir, sin austeridad. No olvidemos que no se trata de una
etapa inicial de la vida espiritual sino de una dimensión de la vida
apostólica, que es necesario actualizar siempre y hacer cada vez más profunda.
Si los apóstoles dejan todo, no es por hastío de la vida,
desprecio del mundo o de las alegrías de la existencia. Es porque han
encontrado a alguien que les incita a seguirle, a marcharse con él, Jesús de
Nazaret. Marcos nos dice que Jesús llamó a los Doce para que “estuviera con
él”: “los hizo sus compañeros” (Mc 3, 14). En el centro de la experiencia
apostólica está el descubrimiento de la amistad, de una intimidad con el Señor.
El Señor es verdaderamente un compañero. En la vida de Santiago aparecen una
profunda adhesión a la Palabra
de Jesús y un verdadero apego a su persona. Cuando reza con los Salmos dice:
“Señor, que permanezca unido a ti; Señor, haz que aumente mi amor hacia ti”. El
apóstol sigue a Jesús, se siente llamado a salir al encuentro del Padre, a
descubrir en el rostro del Hijo la revelación del rostro del Padre. Santiago
descubre que no sólo ha caminado con Cristo pero que Él, Cristo, es el camino
por excelencia, el Camino, la
Verdad y la
Vida. Pidamos a Santiago que permanezcamos, nosotros también,
unidos siempre al Señor, que sintamos su ternura y que descubramos la fuerza
siempre nueva de su fidelidad. Que el Señor nos lleve a decir como el Apóstol
Pablo: “Yo sé bien en quién tengo puesta mi fe” (2 Tim 1, 12).
Esta marcha con Cristo es vivida por los apóstoles como un
verdadero camino de conversión. Se dejan iluminar, poco a poco, por la Palabra de Jesús, se
sienten transformados por su Espíritu. Santiago, que ha pedido junto a su
hermano Juan que baje fuego del cielo sobre una aldea de Samaria por no haber
querido recibir al grupo apostólico, comprende que la violencia presente en su
corazón, como en el de su hermano (Jesús les ha llamado “Boanerges”, hijos del
trueno), esta llamada a convertirse en la violencia del amor, en la energía de
los pacíficos: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán
hijos de Dios” (Mt 5, 9). Santiago y Juan, que deseaban obtener los mejor
puestos en el Reino, descubrieron que seguir a Jesús exige una abnegación, una
renuncia de sí mismo. No ha venido Jesús “para que le sirvan sino para servir y
dar su vida en rescate por todos” (Mc 10, 45). Santiago, gracias a la luz de la
resurrección, comprenderá el dinamismo del misterio pascual de su Señor. La verdadera
fecundidad evangélica se encuentra en la vida dada y entregada, en el amor que
llega hasta el extremo de la donación: “En verdad, en verdad os digo, si el
grano de trino no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho
fruto. El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la
guardará para la vida eterna. Si alguno me sirve, que me siga y donde yo esté,
allí estará también mi servidor” (Jn 12, 24-26). Que el Señor nos conceda
entrar en este dinamismo apostólico de conversión y de servicio. Por la
potencia de su Espíritu que convierta todo lo que queda en nosotros de
resistencia a su voluntad, de resistencia al espíritu del Evangelio y a la
verdadera donación de nosotros mismos.
Si Santiago es un discípulo, llamado por el Señor, es
también un enviado, un apóstol. Es enviado a proclamar la venida del Reino de
Dios. Anuncia el poder de salvación que Dios regala a los hombres en la Resurrección de
Cristo. Santiago en esto emprendió el camino del mundo. La Tradición dice que trajo
el Evangelio sobre esta tierra de España, extremidad del mundo conocido de
entonces. Santiago no tiene miedo de arriesgar su palabra aunque contradiga el
espíritu del mundo. Como dice Pablo, en la primera carta a los Corintios, que
hemos oído en la primera lectura: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado,
escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los elegidos, lo
mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque
la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres y la debilidad
divina, más fuerte que la fuerza de los hombres” (1, 23 25). Santiago dará su
vida por Cristo. Será el primer apóstol que muere, decapitado por orden del rey
Herodes Agripa. Que el Señor, por la intercesión de Santiago, nos conceda la
audacia del testimonio. Que conceda a nuestra Iglesia esta pasión por abrir
caminos nuevos al Evangelio. En un mundo marcado por la desilusión, el cinismo,
la búsqueda del beneficio a cualquier precio y por el repliegue individualista
sobre los propios intereses, no tengamos miedo de mostrar que sólo el amor es
digno de fe, que sólo el amor, tal como es revelado por Jesucristo, salva el
mundo. Que sólo este amor cura el corazón del hombre. No tengamos miedo de
enfrentarnos con las bromas, el escarnio o la oposición frontal al mensaje
evangélico. Que nuestra oración sobre la tumba del Apóstol Santiago renueve en
nosotros el ánimo y el ardor de los primeros apóstoles!
En Santiago de Compostela termina nuestra peregrinación
física pero no nuestra peregrinación espiritual. Continuemos siendo buscadores
de Dios, “andarines de Dios”. Nos afirma San Agustín: “Nos has creado para ti,
Señor, y nuestro corazón está sin descanso hasta que descanse en ti”.
Prosigamos nuestros camino! “Ultreia”, seguros que seremos de siempre
alcanzados por aquél que nos busca, Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
+ Jean-Pierre
Cardenal Ricard - Arzobispo de Burdeos
Obispo de Bazas
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