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Claustro, sacristía, tejado, campanas y reloj de la iglesia basílica
catedral del Apóstol Santiago
(Nota de ECCLESIA DIGITAL: proseguimos la
serie de entregas de artículos de nuestro colaborador José Barros Guede a
propósito de su reciente libro sobre el apóstol Santiago, el Camino de Santiago
y la tradición Xacobea. Esta es la décimo novena entrega) 
El actual Claustro de la Iglesia Basílica
Catedral del Apóstol Santiago es de estilo gótico plateresco con bóvedas
ojivales de crestería y con decoración de grotescos y blasones en sus muros. Su
construcción fue iniciada, en 1521, por el arzobispo Alonso III de Fonseca, y
terminada en 1590, durando su construcción sesenta y nueve años, cuyos maestros
de obra son Juan de Álava, Jácome García Gil de Hontañón, Juan de Herrera y
Gaspar de Arce.
En el
primer tramo del ala Sur del Claustro está la puerta que da a la Veeduría, rehecha en
siglo XVII, en donde se daba a los peregrinos limosna y el certificado de
peregrinación cumplida, llamada “La Compostelana”, en su centro hay una puerta que da a la escalera hecha por
Casas y Novoa y que da acceso al archivo, y al final hay otra puerta que da a la oficina del
archivero. En el ala Oeste están el museo, la biblioteca y sala capitular.
La sala
capitular, obra de Casas y Novoa y reformada por Ferro Caaveiro, es de bóveda
de cantería. Su altar es de estilo rococó, obra de Bartolomé Sermini, en 1754,
con un Santiago Peregrino hecho por Gambino. Tiene tapices flamencos y
neoclásicos de la real fábrica de santa Bárbara de Madrid y un magnífico mobiliario del siglo XVIII que evoca el siglo
de las luces.
El
claustro gótico actual sustituyó a otro románico, que había iniciado, en el
siglo XII, el arzobispo Diego Gelmírez pagando el importe de su obra con dinero propio suyo y terminado
por arzobispo Juan Arias, en siglo XIII. Tiene tres relojes de Sol en sus
muros, construidos por el religioso franciscano fray Marcos, en 1601. En el
medio del claustro se halla una hermosa pila de agua.
Dicho claustro se utiliza para lugar de
enterramientos de canónigos. En él se hallan enterrados los restos mortales de
los célebres canónigos Antonio López Ferreiro, famoso historiador y arqueólogo, y de Amor Rubial, profundo teólogo y
sabio canonista, entre otros muchos.
La
actual sacristía, anteriormente lugar de las reliquias, es de estilo gótico, y
obra de Juan de Álava. Tiene una buena cajonería de caoba, cuadros del siglo
XVIII, un tríptico del Apóstol Santiago, pintado en tela por Modesto Brocos, en
1890, un crucifijo de marfil del siglo XVIII y otras muchas alhajas y objetos
de culto.
El
tejado que cubre las naves de la Iglesia Basílica Catedral es todo de cantería con
pasillos pudiendo caminar sobre él. Desde aquí, podemos contemplar una hermosa
vista panorámica de la ciudad de Compostela y ver la Cruz de los Farrapos, del
siglo XII, donde los peregrinos antiguamente dejaban en el pilón sus ropas
viejas que habían cambiado por otras nuevas.
Desde
el tejado se accede a las torres del Obradoiro y a la torre del Reloj, pudiendo
contemplar la parte románica en la parte de abajo y la barroca en la de arriba.
Todas las campanas de las torres tienen sus nombres, bien del santo al que
están dedicadas, bien de la función que desempeñan, con los nombres de sus
promotores y fechas.
Gonzalo Torrente Ballester escribe en su
libro, “Compostela y el ángel”: “Compostela se hace en torno a la campana que
lo va creando todo, día a día, siglo a siglo, sin más que dar las horas, y la
niebla es caos de donde la campana va sacando las cosas. Cuando la niebla
sumerge a la ciudad, todo vuelve al estado primitivo e informe, y no queda sino
las nieblas y las campañas”.
Luis
Pimentel publicaba, el 25 de octubre de 1931, un artículo en la “Vanguardia
Gallega” sobre la campana del Reloj, donde escribía: “para mí el sonido de esta
campana tiene tanto valor como el Pórtico de la Gloria. Tiene
Santiago, como ninguna ciudad del mundo, la piedra hecha alma, la piedra hecha
carne y sangre y el espacio hecho arquitectura. Tiene también en el sonido
armonioso de esta campana la hora hecha eternidad. Las campanas son las que
sujetan nuestros recuerdos, y al final horran nuestra última morada”.
El
Reloj de la torre de la fachada de las Platerías, que no tiene más que una
aguja, rigió las horas de vida compostelana y de su entorno hasta la llegada de
los relojes modernos. Su Reloj actual es el tercero que tuvo. Fue hecho por
Andrés Antelo en Ferrol y financiado por el arzobispo Vélez, en la primera
mitad del siglo XIX, y al que le han puesto campanas nuevas.
Emilia Pardo Bazán refiere en su novela,
“Pascual López, autobiografía de un estudiante”: “en las largas noches
invernales, cuando en las angostas calles se espesa la oscuridad y la enorme
sombra de la catedral se proyecta sobre el piso de la Quintana de los muertos,
y el reloj cuenta las horas con lengua de bronce y la luna vierte vaporosas
olas de luz sobre las caladas torres, la impresión que produce Santiago es
solemne”.
Ramón
del Valle Inclán escribe en su libro de ensayos, “Lámpara maravillosa”:
“Compostela, inmovilizada en el éxtasis de los peregrinos, las horas son allí
una sola hora, eternamente repetida bajo el cielo lluvioso”.
José
Barros Guede
A
Coruña, 7 de julio del 2010
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