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Entre
los elementos simbólicos que se encuentran en el escudo papal de Benedicto XVI (la concha de vieira, la
cabeza de moro coronada, el oso con una carga, las llaves cruzadas, una de
color oro y otra de color plata, la mitra pontificia de color plata con tres
franjas en color oro, el palio, etc.) destaca en la parte central y más noble
del mismo la gran concha de color oro. Concha de vieira que, aunque de tamaño
reducido ya aparecía en la parte inferior, en el tercer campo, en su escudo
arzobispal y que el Romano Pontífice tomó en su momento del escudo del
monasterio de Schotten, cercano a Regensburg (Ratisbona), en Baviera (sur de
Alemania), con el que estuvo muy relacionado desde joven. Pero, dentro del
escudo papal, la concha encierra otros dos simbolismos. 
En primer lugar, la concha de vieira tiene
un significado teológico, queriendo recordar la leyenda atribuida a San Agustín, que podría ser un eco de
un hecho real en la vida del santo. Estando éste un día en la playa, mientras
iba pensando en el misterio de la Santísima Trinidad, del que nos dejó uno de
los tratados fundamentales para la teología cristiana, vio a un niño que, con
una concha marina trataba de meter toda el agua del mar en un agujero que había
hecho en la arena. Al preguntar al pequeño por lo que hacía, éste le habló de
su vano intento, lo que hizo comprender a san Agustín que semejante hecho era
toda una referencia a su inútil intento de tratar de meter la infinitud de Dios
en la limitada mente humana, de suerte que toda reflexión teológica debe estar
acompañada siempre de la humildad a fin de aceptar la imposibilidad de conocer
racionalmente la totalidad de la riqueza inacabable de la naturaleza divina por
parte de la limitada persona humana.
Pero además, la
concha, que simboliza primordialmente al peregrino jacobeo, recibiendo el
nombre de la «Concha de Santiago», nos lleva de la mano a ese camino o
sendero que, desde todos los rincones de
Europa, conducía a los peregrinos al
santuario de Santiago de Compostela y que,
aún hoy en día, incluye todavía la concha como señalamiento de ruta, pero que,
a través de los tiempos, pasó a simbolizar toda peregrinación en sí, hasta el
punto de llegar a denominarse también la «Concha del Peregrino». Y bien es
sabido que, desde los comienzos de la Edad Media, tres fueron las clases de
peregrinaciones cristianas que se distinguían: los palmeros, que iban a
Jerusalén (muerte y resurrección de Jesús), los romeros, que iban a Roma
(martirio de los apóstoles Pedro y Pablo), y los peregrinos, propiamente
dichos, que iban a Santiago de Compostela (ciudad situada cerca del Cabo de
Finisterre, que guarda los restos del Apóstol Santiago y señala los inicios del
cristianismo en los extremos de la Tierra entonces conocida). De esta suerte,
Benedicto XVI, al introducir, en su escudo papal, dicha «Concha del Peregrino»,
que desde hace muchos siglos se usa para representar a todo peregrinaje, ha
querido mantener vivo dicho simbolismo, para significar de este modo que quiere
seguir las huellas de su predecesor, Juan
Pablo II, peregrino de todo el mundo. Por lo demás, no deja de ser curioso
hacer notar que el Papa, en la solemne liturgia del inicio de su pontificado,
el domingo 24 de abril de 2005, llevaba, bordada con hilo de oro sobre la
casulla blanca, una gran concha similar a la de su escudo.
Esto supuesto, el
simbolismo de la concha de vieira, si siempre, sobre todo al trasluz de la
imagen que figura en el escudo papal, nos debe hacer recordar a cuantos nos
decimos cristianos, y en particular a cuantos hacen el Camino de Santiago, que
“nuestra vida debe ser también un constante peregrinar, tras las huellas de
Jesús, por los caminos del mundo, hasta el encuentro definitivo con el Señor»;
o si se prefiere, «un constante peregrinar, como los apóstoles, para llevar,
hasta donde podamos, el testimonio de nuestra fe en el Dios uno y trino, vivo y
verdadero, en el Dios de Jesucristo, el Señor”.
Fuente:
Revista Sembrar. Diócesis de Burgos. Nº 910 (9 a 22 de mayo de 2010
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