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El simbolismo de la concha de Santiago en el escudo de Benedicto XVI Imprimir E-Mail
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Escrito por Teodoro Úzquiza Ruiz   
jueves, 17 de junio de 2010

Entre los elementos simbólicos que se encuentran en el escudo papal de Benedicto XVI (la concha de vieira, la cabeza de moro coronada, el oso con una carga, las llaves cruzadas, una de color oro y otra de color plata, la mitra pontificia de color plata con tres franjas en color oro, el palio, etc.) destaca en la parte central y más noble del mismo la gran concha de color oro. Concha de vieira que, aunque de tamaño reducido ya aparecía en la parte inferior, en el tercer campo, en su escudo arzobispal y que el Romano Pontífice tomó en su momento del escudo del monasterio de Schotten, cercano a Regensburg (Ratisbona), en Baviera (sur de Alemania), con el que estuvo muy relacionado desde joven. Pero, dentro del escudo papal, la concha encierra otros dos simbolismos. 

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En primer lugar, la concha de vieira tiene un significado teológico, queriendo recordar la leyenda atribuida a San Agustín, que podría ser un eco de un hecho real en la vida del santo. Estando éste un día en la playa, mientras iba pensando en el misterio de la Santísima Trinidad, del que nos dejó uno de los tratados fundamentales para la teología cristiana, vio a un niño que, con una concha marina trataba de meter toda el agua del mar en un agujero que había hecho en la arena. Al preguntar al pequeño por lo que hacía, éste le habló de su vano intento, lo que hizo comprender a san Agustín que semejante hecho era toda una referencia a su inútil intento de tratar de meter la infinitud de Dios en la limitada mente humana, de suerte que toda reflexión teológica debe estar acompañada siempre de la humildad a fin de aceptar la imposibilidad de conocer racionalmente la totalidad de la riqueza inacabable de la naturaleza divina por parte de la limitada persona humana.

 

Pero además, la concha, que simboliza primordialmente al peregrino jacobeo, recibiendo el nombre de la «Concha de Santiago», nos lleva de la mano a ese camino o

 

sendero que, desde todos los rincones de Europa, conducía a los peregrinos al

santuario de Santiago de Compostela y que, aún hoy en día, incluye todavía la concha como señalamiento de ruta, pero que, a través de los tiempos, pasó a simbolizar toda peregrinación en sí, hasta el punto de llegar a denominarse también la «Concha del Peregrino». Y bien es sabido que, desde los comienzos de la Edad Media, tres fueron las clases de peregrinaciones cristianas que se distinguían: los palmeros, que iban a Jerusalén (muerte y resurrección de Jesús), los romeros, que iban a Roma (martirio de los apóstoles Pedro y Pablo), y los peregrinos, propiamente dichos, que iban a Santiago de Compostela (ciudad situada cerca del Cabo de Finisterre, que guarda los restos del Apóstol Santiago y señala los inicios del cristianismo en los extremos de la Tierra entonces conocida). De esta suerte, Benedicto XVI, al introducir, en su escudo papal, dicha «Concha del Peregrino», que desde hace muchos siglos se usa para representar a todo peregrinaje, ha querido mantener vivo dicho simbolismo, para significar de este modo que quiere seguir las huellas de su predecesor, Juan Pablo II, peregrino de todo el mundo. Por lo demás, no deja de ser curioso hacer notar que el Papa, en la solemne liturgia del inicio de su pontificado, el domingo 24 de abril de 2005, llevaba, bordada con hilo de oro sobre la casulla blanca, una gran concha similar a la de su escudo.

 

Esto supuesto, el simbolismo de la concha de vieira, si siempre, sobre todo al trasluz de la imagen que figura en el escudo papal, nos debe hacer recordar a cuantos nos decimos cristianos, y en particular a cuantos hacen el Camino de Santiago, que “nuestra vida debe ser también un constante peregrinar, tras las huellas de Jesús, por los caminos del mundo, hasta el encuentro definitivo con el Señor»; o si se prefiere, «un constante peregrinar, como los apóstoles, para llevar, hasta donde podamos, el testimonio de nuestra fe en el Dios uno y trino, vivo y verdadero, en el Dios de Jesucristo, el Señor”.

 

Fuente: Revista Sembrar. Diócesis de Burgos. Nº 910 (9 a 22 de mayo de 2010

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