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Las cinco respuestas a las cinco preguntas por las razones de la visita apostólica de
Benedicto XVI a Chipre y desde Chipre a Oriente Medio
Fiel a su estilo habitual
y al guión de sus viajes apostólicos –breves, pero intensos y enjundiosos-, Benedicto XVI ha vuelto a suscribir una memorable página
en los anales de su pontificado con la visita a la isla de Chipre. Ha sido
además el primer Papa, el primer obispo de Roma y sucesor de San Pedro, en
viajar a este hermoso y olvidado rincón del este del Mediterráneo, Iglesia
apostólica, puente entre Oriente y Occidente, bisagra entre Europa, Asia y África,
histórica encrucijada de religiones y culturas, emblemático enclave y
avanzadilla hacia Oriente Medio y concentrado y paradigmático signo asimismo de
las luces y de las sombras de esta región. 
Sobre
cuatro grandes ejes ha girado la visita apostólica: el regreso a una porción de
la tierra sagrada de los cristianos, el clamor por la dotación a los cristianos
de estos lugares de unas dignas condiciones de vida en justicia y en
derecho, la revitalización del
ecumenismo en pos de la unidad de los cristianos en estas tierras y en toda la
Iglesia y la contribución a la paz, al desarrollo, a la concordia de una de las
zonas más conflictivas y sangrantes del mapa mundi.
Y
el elemento aglutinador y “engrasador”, su hilo conductor y argumento
transversal, el quicio, la intersección
de estos cuatro ejes ha sido la presentación del “Instrumentum laboris”
(el documento de trabajo) de la Asamblea Especial para Oriente Medio del Sínodo
de los Obispos, que tendrá lugar en Roma del 10 al 24 de octubre próximo.
“La Iglesia Católica en Medio
Oriente: comunión y testimonio. La multitud de los creyentes no tenía sino
un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que
todo era en común entre ellos (Hechos de los Apóstoles 4, 32)” es el tema
del Sínodo. La frase “Un solo corazón, una sola alma” ha sido precisamente
también el lema de la visita apostólica a Chipre, un lema que ha sido y es
además un reclamo, una aspiración, una máxima irrenunciable para que desde la
comunión y el testimonio los cristianos de Oriente Medio contribuyan al bien
verdadero e integral de su región y de sus habitantes.

Una peregrinación a
las raíces cristianas
El
primero de ellos ha sido el reencuentro con una parte de la tierra de nuestros
orígenes, de los orígenes del cristianismo Chipre está integrada en “gran
Tierra Santa” y en este sentido el viaje papal ha sido una peregrinación tras
las huellas, en este caso, de San Pablo –no
menos de seis veces estuvo y evangelizó el apóstol de las gentes en la isla-,
del también apóstol San Bernabé –de origen
chipriota- y del evangelista San Marcos, que
predicó también allí el evangelio. La peregrinación de Benedicto XVI a Chipre
se ha insertado, de este modo, en su recorrido religioso sobre Tierra Santa,
tras las etapas de noviembre de 2006 en Turquía, de mayo de 2009 en Jordania,
Israel y Palestina, y la de abril de 2010 a Malta.
Este
viaje considerado así como una peregrinación ha conllevado, de un lado, una
dimensión internamente religiosa y, de otro lado, un encuentro, una visita
pastoral, con los cristianos que todavía pueblan el lugar. En Chipre, los
cristianos superan el 80% de la población. De ellos, la inmensa mayoría son
ortodoxos y apenas un tres por ciento católicos. Ello significa que la
dimensión ecuménica ha sido asimismo, como luego quedará reflejado, una de las
claves y razones principales del viaje.
Pero
antes es preciso retomar el significado y valor simbólico de Chipre como
avanzadilla y atalaya marítima de toda Tierra Santa para recordar así el
renovado llamamiento al derecho y al servicio de la presencia de los cristianos
en esta tan querida región de la tierra.
Dicho
con otras palabras: Chipre
forma parte, sí, de la gran Tierra
Santa. Y Tierra Santa es irrenunciable para los cristianos. En Tierra Santa
están nuestras raíces. Y Tierra Santa es de todos, también, por supuesto, de
los cristianos. Y su presencia actual –tan minoritaria, tan insignificante, tan
marginada y acosada- es un derecho
incuestionable. Ello significa –como a continuación desarrollaremos- que es
imprescindible, desde el derecho internacional y desde la lógica y la justicia,
que los Estados de los países de Oriente Medio cesen en su acoso –por acción u
omisión- a los católicos y a los cristianos en general en Tierra Santa.
Los cristianos en toda Tierra
Santa no pueden ser marginados
Excepto precisamente en
Chipre y en alguna significativa medida también en Jordania, en el resto de los
países de Oriente Medio los cristianos viven marginados social y hasta
legalmente. Y esta situación es un atentado real al derecho y a la justicia.
Los cristianos en Oriente Medio
tienen derecho a permanecer en estos lugares en igualdad de condiciones que el
resto de los ciudadanos. Y los cristianos y el resto de los habitantes de los
distintos países de Oriente Medio están llamados a servir la búsqueda de la
verdad moral, la sana y positiva laicidad del Estado (más allá de periclitadas
y fundamentalistas formas de teocracia, tan recurrentes en el islamismo) y a la
promoción del respeto a los derechos fundamentales a la libertad religiosa, de
conciencia y de culto.
Los cristianos de Oriente Medio han
de denunciar los atropellos a los derechos humanos, procedan de donde procedan.
Han, sí, de trabajar en pro de la equidad y de las justas resoluciones de los
competentes organismos internacionales en cuestiones tan vitales como la
seguridad israelí, las aspiraciones nacionales de los palestinos –ahora
estrelladas frente a un vergonzante muro de separación- o la resolución del conflicto entre Chipre y
Turquía, país este último que ocupa ilegalmente un tercio de la isla desde
1974.
La unidad de los cristianos no
puede esperar
Y para que esta presencia y
contribución de los cristianos de Oriente Medio sea más factible y creíble es
imprescindible que los cristianos, se esfuercen más en la unidad y en la
comunión entre sí y entre las distintas Iglesias. La voz cristiana en esta
región crucial de la tierra queda distorsionada y atomizada -y, por ende,
esterilizada- al no ser no solo una voz única, sino tantas veces hasta un
inaudible y esperpéntico griterío a sordos… La actual separación de los
cristianos, ya de por sí un escándalo que contradice radicalmente la voluntad
de Jesucristo, es asimismo un grave obstáculo para la presencia, contribución,
acción, credibilidad y fecundidad de estos.
La inaplazable tarea
ecuménica encuentra así un nuevo e
inexcusable reclamo, al que también ha querido responder la visita papal a
Chipre. En este sentido, ha resultado muy alentadora la actitud de la máxima
autoridad de la Iglesia ortodoxa en la isla, el arzobispo Chrysóstomos II.
Y, en este sentido, solo por su contribución al ecumenismo, el viaje de
Benedicto XVI ya habría merecido pena.
Y es que es preciso reiterar una y
mil veces que es mucho más lo que une que lo separa. Y, como ha recordado
Benedicto XVI, las Iglesia ortodoxas y el catolicismo encuentran además convergencias
esenciales en la Palabra de Dios, en la Tradición, en la sucesión apostólica,
en la constitución jerárquica de la Iglesia –excepto en la concepción jurisdiccional
del primado del Obispo de Roma- y en la devoción a María Santísima unos
esenciales puntos de unión y comunión, que se han de potenciar.

Al servicio de la paz y de la reconciliación
Desde estas
premisas, los cristianos en Tierra Santa están llamados a contribuir a la paz,
a la reconciliación, a la concordia y al progreso de la región, una franja de
la tierra demasiadas veces lacerada, martirizada y hasta “maldita”.
Benedicto XV, en los discursos y actitudes de su viaje a
Chipre, ha vuelto a prestar un valiente e impagable servicio a la paz, al
diálogo y a la necesidad de redescubrir en la ley natural el mejor de los
marcos posibles para construir una sociedad en Medio Oriente y en toda la
tierra más justa, más reconciliada y más de Dios.
Resulta al respecto significativa
la consternada, religiosa, trascendente y cristiana actitud demostrada por el
Papa con ocasión del asesinato, la víspera del comienzo del viaje del Chipre,
del obispo italiano Luigi Padovese, vicario apostólico de Anatolia y
presidente de la Conferencia Episcopal Turca. Benedicto XVI no ha llamado a
ningún “día de la ira”, ni a ninguna venganza. Ha sentido en el alma el
asesinato de quien además iba a participar en el viaje, ha pedido que las
investigaciones judiciales y policiales sigan su curso con verdad y
transparencia y ha propuesto el ejemplo del obispo capuchino italiano asesinado
como un modelo de búsqueda y de servicio del diálogo interreligioso.
Esta palabra –diálogo
interreligioso- es clave del viaje de Benedicto XVI a Chipre –“diálogo y paz”, fijó
el Santo Padre en una de sus intervenciones de los preámbulos de la visita
apostólica como objetivos centrales de la misma- y es clave para el presente y
el futuro de Chipre y de Oriente Medio. La declaración “Nostra aetate”
del Concilio Vaticano II y los trabajos ya realizados durante el último medio
en esta dirección son la guía y la referencia del diálogo como fuente de
resolución de los conflictos. Se trata de un diálogo de ha de partir del
respeto al otro y que supone el esfuerzo por hallar y abundar en las
convergencias entre las Religiones –Cristianismo, Islamismo y Judaísmo- tantos
aspectos tan útiles para la paz y la concordia. La Religión jamás puede ser un
motivo, una razón, una arma para la violencia y el enfrentamiento enconado,
sino todo lo contrario: un camino, extraordinario e imprescindible, para la paz
y la reconciliación.
Y como
ejemplo sencillo y humilde de todo ello, valga un gesto. Fue el del anciano
líder musulmán sufí, Sheikh Nazim que estuvo esperando a Benedicto XVI a
su llegada a la misa del sábado 5 de junio para fundirse con él en un abrazo y
para pedirle y garantizarle oraciones. Este es el camino, no los plantes como
los de Gran Mufti o los de algunos obispos ortodoxos…
Estos “ejes” e ideas en el itinerario
Y como si de
un espejo se tratase estas ideas, objetivos, aspiraciones y expectativas, la
fue desglosando el Papa en su visita a Chipre a través de sus distintas etapas,
a través de su docena de intervenciones y actos públicos.
El encuentro
con los católicos de Chipre halló su escenario en cuatro grandes momentos: la
visita del sábado 5 de junio a una escuela maronita de Nicosia; la misa de la
tarde del sábado en la iglesia parroquial latina de la Santa Cruz (la homilía
fue quizás el más bello de los discursos de Benedicto XVI durante el viaje); la
eucaristía del domingo 6 en el palacio de deportes de la capital chipriota, con
la entrega del “Instrumentum laboris” del próximo Sínodo; y la visita a
la catedral maronita, en la tarde del domingo.
La
potenciación del ecumenismo encontró eco asimismo en otros tres actos. El
primero de ellos fue además especialmente significativo ya que era precisamente
el primero de su estancia en la estancia. Fue una celebración ecuménica en el
área arqueológica de un templo ortodoxo, abierto y compartido desde hace un par
de décadas al culto católico y protestante. Igualmente, el sábado 5 visitó al
primado ortodoxo en Chipre, el arzobispo Chrysóstomos y almorzó con él y con
varios de los integrantes del Santo Sínodo.
Por último,
la dimensión civil, la aportación política desde la Doctrina Social de la Iglesia,
el mensaje a las autoridades locales y al cuerpo diplomático acreditado ante el
país se visibilizó en otros cuatro momentos: los actos en los aeropuertos de
recepción y despedida del Papa; la visita al presidente chipriota, Demetris
Christofias, quien invitó personalmente a Benedicto XVI a este viaje en su
visita a Roma en marzo de 2009 y quien ha mantenido una ejemplar actitud de
colaboración y de hospitalidad; y el discurso a los políticos y embajadores, en
la mañana del sábado 5, en los jardines del Palacio Presidencial, otro de los
más interesantes documentos del viaje.
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