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Si hay algo que comparten San
Felipe Neri y San Juan María Vianney es la alegría sacerdotal, expresión de una
madurez vital profunda y de una fe vivida en permanente interioridad. Aunque entre
el insigne sacerdote italiano y el sencillo confesor frances transcurren más de
doscientos años, ambos personifican el don de la alegría ejercido de manera
especial en la cura de almas.
En este Año Sacerdotal, donde
se enriquecen los valores propios de la identidad sacerdotal, la alegría es una
virtud que hace de aquella la quintaesencia del ministerio para con Dios y las
personas. Son tres los motivos que adornan tal valor, siguiendo los ejemplos
del santo de la alegría y del cura de Ars.
La
alegría como sentimiento vital emana de la propia existencia. Si
dejamos que nuestro cuerpo y nuestro espíritu se dejan invadir por la energía
de la naturaleza, nos sentiremos inundados de la paz, la fuerza, el orden y la
belleza de la sinfonía de la
Creación. Y es que la vida en sí misma, con sus alegrías y
sufrimientos, es un generador constante de alegría. El sacerdocio que nace de
la vida que late en las personas, es semilla de una alegría plenamente
sacerdotal. En S. Felipe Neri, la alegría es una necesidad y una fuerza vital
en la vida, siendo indispensable para la salud corporal y espiritual; en el
cura de Ars, la alegría no suprime el sufrimiento, sino que lo alivia y lo
transforma. Por ello, estar abiertos a la vida, proyectándonos sobre ella con
amor y con ternura, es la forma más sencilla y natural de enriquecernos con la
alegría más sana y auténtica, la que rezuma a raudales la vida que nos rodea.
Así lo vivieron Felipe Neri y Juan María Vianney.
La alegría se aprende y se
experimenta. El aprendizaje de la alegría debería ser tarea primordial en la
familia y en la escuela. R. Guardini (2000) decía que "educamos más por lo
que somos que por lo que hacemos o decimos…". En el caso del cura de Ars,
su vida es una permanente vivencia de la pobreza y del sufrimiento desde la
óptica de la alegría, siendo entusiasta y esperanzador para las personas que le
rodeaban. De ahí que su ejemplo de vida arrastrara a las multitudes hacia él.
Lo mismo que la existencia del santo italiano, cuyo servicio al prójimo se basó
en la alegría de compartir la propia vida. Alegría que vive y transforma y
alegría que comparte son elementos esenciales de una identidad sacerdotal sana
y madura. En este sentido, desde la dimensión bautismal del sacerdocio, la alegría es la encarnación de los valores
humanos que debe ser vivida de manera experiencial para con uno mismo y con los
demás. Si lo extrapolamos al sacerdocio
ministerial, esa encarnación ha de ser fruto de una donación a quién es de verdad la Alegría que colma las ansias
del ser humano.
La
alegría se descubre: “… si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis
en el reino de los cielos” (Mt. 18, 2-4). El niño descubre la alegría al
sentir su propia vitalidad y su propio cuerpo en relación con el mundo que le
rodea. Conservar el asombro infantil en el mundo de hoy no es tarea fácil,
porque mucho en la educación tiende a la rutinarización y al hastío,
maximizados por la tecnificación de los sentimientos y de las emociones. Sin
embargo, a través de la vida se conserva el carácter libre y sagrado del
corazón que es un motivo de reverencia a la alegría. El sentido del humor y la
capacidad de reirse de sí mismo en Felipe Neri era la nota distintiva del “más
italiano de los santos”, como se le suele apodar. Cuando Felipe Neri salía a la
calle, enseguida lo rodeaba un coro de chicos con los que hablaba y reía.
Sentía predilección por los más pobres, no sólo niños sino también jóvenes a
quienes entretenía con juegos, conciertos y paseos. Los educaba en el deporte,
la música y la declamación. No solo descubría la alegría, sino que además lo
sembraba a raudales. En referencia a S. Juan María Vianney, la alegría lo
descubría en la mesa de la
Eucarístía, signo y memorial de entrega y servicio; para este sacerdote humilde y pobre, la fuente de la
verdadera alegría está en vivir lo que se celebra, para lo cual escribió
en una ocasión que “el sacerdote debe sentir la misma alegría
(de los Apóstoles) al ver a nuestro Señor, al que tiene entre las manos”. Por
ello, Benedicto XVI indica que “la
religión del Cura de Ars es una religión de la alegría, no una búsqueda morbosa
de la mortificación, como a veces se ha creido” (Videomensaje de SS Benedicto
XVI en el Retiro Internacional Sacerdotal en Ars -Francia-, 29 de septiembre de
2009).
Felipe Neri y Juan
María Vianney, el santo de la alegría y el cura de Ars, dos ejemplos de vida en
clave de alegría. Para ellos, la pedagogía de la alegría se basa en la otredad
y en su expresion más caritativa a través del sacrificio eucarístico. "No se puede ordenar
la alegría. Sólo se la puede dar. El Señor resucitado nos da la alegría: la
verdadera vida" (Benedicto XVI, Homilía de la Vigilia Pascual, 3
de abril de 2010).
Juan Ramón Jiménez Simón
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