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El camino francés a la tumba del Apóstol Santiago
(Nota de ECCLESIA DIGITAL: proseguimos la
serie de entregas de artículos de nuestro colaborador José Barros Guede a
propósito de su reciente libro sobre el apóstol Santiago, el Camino de Santiago
y la tradición Xacobea. Esta es la décimotercera entrega) 
Entre los diversos Caminos a la Tumba del
Apóstol Santiago en Compostela, de origen medieval, están el Francés, el
Mozárabe o de la Plata, el Inglés, el Portugués, el del Norte, el de
Finisterra-Muxía, el de Arousa y el del Río Ulla. Todos ellos están llenos de
encanto, historia, cultura y arte, pero, sobre todo, el Camino francés destaca
sobre todos ellos porque es el más antiguo, el más famoso y el más concurrido
por el 80% de los peregrinos, romeros y caminantes, siendo declarado Patrimonio
de la Humanidad por la UNESCO e Itinerario de Interés Cultural por el Consejo
de Europa.
Los
grandes promotores del Camino francés son los monjes benedictinos de la abadía
francesa de Cluny que peregrinando a la tumba del Apóstol Santiago,
establecen sus rutas y sus etapas con la
colaboración de los reyes Sancho el Mayor de Navarra, Sancho Ramírez de Navarra
y Aragón y, de modo especial, con la del rey Alfonso VI, el Bravo, de Castilla
y León, casado en segundas nupcias con Constancia, hija de Guillermo, conde de
Borgoña, cuya familia estaba emparentada con el rey de Francia, y eran amigos
de dichos monjes cluniacenses.
A lo largo del Camino francés los monjes
benedictinos cluniacenses con la colaboración de dichos reyes levantan
monasterios, prioratos, iglesias románicas con los relicarios de santos,
escriben códices, construyen hospitales, hospederías, puentes, desbrozan
sitios, fundan lugares y cubren de obispos a las diócesis hispanas desde san
Juan de Peña en los Pirineos hasta Compostela.
El clérigo francés Aymeric Picaud muy
relacionado con los monjes de la abadía benedictina de Cluny hace el Camino
francés para venerar la tumba del Apóstol Santiago en Compostela, sobre los
años 1128 o 1129. Posteriormente, unos años después, Aymeric Picaud lo fija por escrito en su obra, “Codex
Calextinus” o “Liber de Santi Jacobi”, que es una compilación de diferentes
fuentes jacobeas cluniacenses, con un prefacio y cinco libros, donde lo
describe detalladamente. Se llama Codex Calixtinus por su carta prefacio que el
autor a tribuye al papa Calixto II.
El primer libro se compone de una variedad de
poemas e himnos de diversos autores y de
una misa con solos de una voz y coro en honor del Apóstol Santiago. El segundo
libro comprende unos veinte hechos milagrosos atribuidos al Apóstol. El tercer libro relata el traslado de su cuerpo
desde Jerusalén a Galicia y la evangelización
de España. El cuarto contiene las crónicas de Turpín, famoso arzobispo de
tiempos del emperador Carlomagno.
El quinto libro es una guía interesante y
curiosa de peregrinos a la tumba del Apóstol Santiago, donde delimita, señala y
concreta las rutas, itinerario, etapas y vicisitudes del Camino francés,
describe sus lugares con sus pueblos, hospitales, benefactores, ríos, aguas,
alimentos y características de los vecinos y gentes, y hace una
descripción minuciosa de la Iglesia del
Apóstol Santiago y de su organización y una somera reseña de Compostela a lo
largo de once capítulos. Una copia de este quinto libro se encuentra en el
archivo catedralicio compostelano, que su autor la había enviado sobre el año 1148.
Según
dicho quinto libro del “Codex Calixtinus” el Camino francés parte de las ciudades de París, Arlés, Tours,
Poitiers, Le Puy, Vézcelay y Orleáns y sigue por Arlés, Florón, Saint-Gilles y
Montpellier. Entra en España, bien por la ruta aragonesa de Somport, llamado el
“sumus portus”, de 1.632 m. de altitud, bien por la ruta navarra de
Roncesvalles, lugar por donde pasaba la via romana Burdeos-Astorga, y donde
hubo célebres batallas entre francos, vascos, hispanos y moros inmortalizándose
el emperador Carlomagno. Ambas rutas se unen en Monte la Reina, Navarra.
El Camino francés continúa según el “Codex
Calixtinus” por medio de las etapas siguientes: desde Monte la Reina a Nájera,
de Nájera a Burgos, de Burgos a Frómista, de Frómista a Sahagún, de Sahagún a León, de León a Rabanal, de
Rabanal a Villafranca, de Villafranca a Triacastela pasando por el Cebreiro, de
Triacastela a Palas de Rey y de Palas de Rey a Santiago de Compostela.
Aymeric
Picaud describe en dicho quinto libro del “Codex Calixtinus” las costumbres de
las gentes que vio y conoció. Sobre los navarros-vascos refiere: “usan zapatos
que ellos llaman lavarcas hechas de cueros sin curtir y llenas de pelo, llevan
capas de lana de color oscuro que caen hasta el codo, están mal vestidos, comen
y beben mal, comen toda la familia juntos los alimentos de la misma marmita
donde han sido mezclados y se sirven con sus manos sin cuchara”.
Sigue:
“oírles hablar creería uno escuchar los ladridos de los perros, es un pueblo
bárbaro diferente a todos los pueblos por sus costumbres y por su raza, llenos
de malicia, negros de color, feos de rostro, libertinos, perversos, pérfidos,
desleales, corrompidos, voluptuosos, expertos en toda violencia, feroces y
salvajes, deshonestos, falsos, impíos, rudos y resueltamente enemigos de
nuestro pueblo de Francia”.
Sobre
los castellanos refiere: “Castilla está llena de riquezas de oro y de plata,
produce felizmente forraje y caballos vigorosos, abunda el pan, el vino, la
carne, los pescados, la leche y la miel, sin embargo está desolada de bosques y
poblada de gentes malas y perversas”.
Sobre
los gallegos dice: “aquí en Galicia el campo es frondoso, fertilizado por los
ríos y bien provisto de prados y de huertos, los frutos son buenos y las
fuentes claras, pero son raras las villas, los pueblos y los campos cultivados,
no abunda ni el pan de trigo ni el vino, pero se encuentra el pan de centeno y
sidra, ganado, cabalgaduras, leche y miel, los peces que se pescan son grandes,
se encuentran con abundancia oro, plata,
pieles de los bosques, tesoros de los sarracenos y otras riquezas, sus gentes
son las que más se aproximan a nuestra raza francesa, pero según dicen, son
inclinados a la cólera y muy
trapaceros”.
Refiere: “las sirvientas de los hospederos que
por el gusto de seducir y también por adquirir dinero, se suelen meter de noche
en la cama de los peregrinos por inspiración del diablo, son absolutamente
reprobables. Las meretrices que por esta misma razón salen al encuentro de los
peregrinos en los lugares agrestes entre Portomarín y Palas de Rey no solo han
de ser excomulgadas, sino también despojadas de todo y expuestas al escarnio
público, tras serles cortada la nariz”.
Manifiesta,
además: “los malos posaderos daban la primera comida de balde a sus huéspedes y
se esfuerzan para que le compren velas o cera vendiendo la cera a seis dineros
en lugar de cuatro; y en la fachada norte de la Iglesia de Santiago, llamada
del Paraíso, se venden las conchas a los peregrinos, y también botas de vino,
zapatos, mochilas de piel de ciervo, bolsas, correas cinturones y hierbas
medicinales de todo tipo y demás especies, así como otros muchos productos”.
Finalmente,
describe con cuidado amoroso y
entusiasta la arquitectura y arte de la Iglesia del apóstol Santiago detallando
sus dimensiones, naves, ventanales, portadas, torres, altares, lámparas,
fuentes exteriores levantadas y construidas por el obispo Diego Peláez y el
arzobispo Diego Gelmirez, consigna los nombres de los maestros canteros que la
construyeron y concreta el atrio de puerta Norte o fachada del Paraíso como el
lugar donde se vendían las conchas del peregrino, botas de vino, calzados,
cintos, bolsas, escarcelas, hierbas medicinales y otras muchas más cosas.
Finalmente, hace una pequeña descripción de la Compostela de entonces.
José
Barros Guede
A
Coruña, 19 de mayo del 2010
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