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El tratamiento de las denuncias por abusos sexuales en el seno de la
Iglesia incomoda a algunos lectores católicos. Quejas por algunos titulares
exagerados
Por Milagros Pérez
Oliva, defensora del lector de EL PAÍS (9 de mayo de 2010)
Ciertamente no ha
tenido que ser agradable para muchos católicos abrir el periódico estos últimos
meses. Un día tras otro, la Iglesia aparecía como noticia de graves escándalos
de pederastia y cuanto más se resistía el Papa y la jerarquía eclesial a reconocer
el problema, mayor era la presión y mayor el escándalo. EL PAÍS ha dedicado una
amplia cobertura a estos acontecimientos, con 141 noticias y reportajes
publicados desde principio de año. Algunos lectores han visto en el enfoque y
el extenso tratamiento dado a este asunto un ataque a la Iglesia católica, una
forma de anticlericalismo. Otros consideran que la gravedad de los hechos
justifica la atención mediática, pero creen que hemos incurrido en
tergiversaciones y en un cierto ensañamiento.
"Se da la idea
de que eran 3.000 los curas pedófilos cuando eran 300"
Entre los primeros,
Antonio Peregrín López de Hierro considera "evidente" que "al
manipular las palabras y las ideas", hemos incurrido en uno de esos casos
citados por el predicador pontificio Raniero Cantalamesa "en que la culpa
de uno, por muy grande que sea, se quiere extender a todo un colectivo",
en este caso toda la Iglesia católica. Considera que hemos dado "carnaza a
quienes no interesa la verdad, sino leer lo que desean y poder así injuriar a
los que odian", y prueba de ello es, según este lector, que en "los
foros de ELPAÍS.com se puedan encontrar ataques generalizados a la Iglesia,
peticiones de castración para los curas pederastas y cárcel para sus cómplices
y encubridores, incluido el Papa".
Otros, como Esteban
Pulido Muñoz, de Madrid, o Iván Garzón Vallejo, de Buenos Aires, se quejan por
los "continuos ataques a los católicos", no sólo en la línea
editorial del diario, sino también en columnas y viñetas. José Antonio de la
Guerra y Carlos Asensio Bretones citan, como ejemplo, la viñeta de Elrich del 1 de marzo que vincula los terremotos
de Haití y Chile a la voluntad de un Dios "que sí existe y es de
derechas". "No creo que ningún partido de derechas, ni ningún
miembro de la Iglesia católica (o de cualquier otra) se haya alegrado de tan
funestos acontecimientos", escriben. Julio Castiñeira pide, en fin,
"más objetividad y precisión" en los temas religiosos.
Entre los segundos,
la carta más extensa llega desde Asturias. La remite Benjamín González Miranda
y está firmada por otros 11 miembros del Grupo Solidaridad, que según me aclara
en conversación telefónica, son personas de Oviedo y Gijón unidas por una
causa: la lucha contra la pobreza y la injusticia. Tras condenar los casos de
pederastia como "un enorme pecado e injusticia que debe ser juzgado
civilmente, reparado y castigado, como ha reconocido el Papa", advierte de
que también "se falta al bien común cuando se abandona la profesionalidad
y la objetividad periodísticas"."Observamos que este puede ser el
caso de EL PAÍS si, como parece, persiste en anteponer su línea papafóbica,
anticlerical y de laicismo excluyente a un verdadero interés por las propias
víctimas de la pederastia y sus causas", concluye Benjamín González.
Ricardo de Querol,
redactor jefe de Sociedad, rechaza estas acusaciones: "El interés
informativo de este escándalo no es muy discutible. Países como Estados Unidos,
Irlanda o Alemania llevan años investigando y sacando a la luz los abusos
sexuales cometidos en instituciones educativas, cubiertos durante décadas por
un manto de silencio e impunidad. El problema de la pederastia, que genera gran
alarma social, afecta a la Iglesia católica y a otras instituciones. En las
últimas semanas este periódico ha informado ampliamente, y en primera página,
de casos ajenos al ámbito religioso, como el del gimnasio de kárate Torres Baena
de Gran Canaria, o el del internado de Odenwald (Alemania), una institución
elitista vinculada a la Unesco".
"Desde el
respeto a quien perciba un sesgo anticatólico", añade De Querol,
"afirmo que no hay empeño en destacar los abusos en la Iglesia por encima
de otros. Mucho menos papafobia. Pero ahora sabemos que durante décadas la
respuesta de la jerarquía católica fue ocultar los hechos y evitar denunciarlos
ante la justicia civil, como si importara más salvar el nombre de la
institución que resarcir a las víctimas y proteger a las futuras. La agresión
sexual a un menor no puede ser un asunto interno de la Iglesia, es un delito
gravísimo que deja secuelas de por vida. Desde su independencia, este periódico
no va a ignorar unas denuncias que cuestionan a la cúpula eclesiástica por su
política de ocultamiento en el pasado. Hemos informado con detalle sobre lo
ocurrido y también sobre la forma en que ha reaccionado la Iglesia. Eso no es
un ataque a la religión, sino un examen riguroso a la actuación de los
dirigentes de la Iglesia. Creo que será bueno para la institución depurar
responsabilidades a fondo".
Juan G. Bedoya, que
se ocupa de los temas de religión, cree que "desgraciadamente para las
víctimas, los medios han callado durante demasiado tiempo". Cree que el
tratamiento ha sido en general discreto, pero "una parte de la jerarquía
católica ha reaccionado ante las denuncias de pederastia como algunos partidos
ante las de corrupción: negando los hechos y desa-creditando a los denunciantes
primero, tratando de ocultarlos después, y presentándose como víctima de una
persecución cuando ya no puede evitar el escándalo".
Benjamín González
no niega la importancia de los hechos, pero cree que el diario ha incurrido en
un cierto ensañamiento y algunas exageraciones alejadas de la objetividad. Se
apoya en varios ejemplos. Uno de ellos, por el que también he recibido quejas
de otros lectores, es la noticia titulada "Ratzinger: el que esté libre de pecado que tire la
primera piedra" , en la que se explica que Benedicto XVI trató con
indulgencia a los pederastas al citar este pasaje del evangelio y pedir
"perdón para el pecador e intransigencia con el pecado".
Benjamín González
afirma que el Papa se limitó a leer, como es habitual, el evangelio que tocaba
ese día y en ningún momento se refirió a los curas pederastas por lo que no era
legítimo establecer la vinculación, como hizo EL PAÍS. Lo cual le parece grave
tratándose "del diario que más opinión mueve, no sólo en España sino en
todo el mundo de habla hispana". La noticia dio lugar a una larga estela
de comentarios, incluidos un editorial y artículos de Juan G. Bedoya, Juan José
Tamayo y Javier Marías. Juan G. Bedoya y Juan José Tamayo coinciden en que la
vinculación es pertinente. En plena tormenta por la pederastia, con todos los
medios atentos a sus manifestaciones, no se le podía escapar al Papa que todo
lo que dijera iba a ser objeto de interpretación. Y, de hecho, así ocurrió.
Otro ejemplo citado
por Benjamín González y otros lectores es un titular de portada del día 8 de
abril: "13.000 llamadas desbordan la línea de abusos de la Iglesia
alemana ". No es mentira, pero dentro se precisa que aunque "el
número total de llamadas fue de 13.293", en realidad eran 2.670 las personas
que querían denunciar abusos físicos o sexuales, pues muchas tuvieron que
llamar varias veces antes de poder establecer comunicación.
Julio Scavino, de
Montevideo, añade un nuevo ejemplo, en este caso un titular de la edición
digital que decía: "El fiscal vaticano para la pedofilia reconoce 3.000 casos en
ocho años. " "Se da la idea de que eran 3.000 los casos de curas
pedófilos reconocidos por el Vaticano y no era así. Eran 300". El texto
aclara que la cifra de 3.000 no corresponde a casos acreditados, sino a
denuncias presentadas, y no por abusos ocurridos en los últimos ocho años, sino
en los últimos 50.
No cabe duda de que
lo ocurrido en el seno de la Iglesia católica es muy grave y justifica la
atención informativa que el diario le ha prestado. Pero es lamentable que
titulares tan poco afortunados como estos y el innecesario puntillismo con que
se han descrito algunos episodios de abusos puedan inducir a pensar que el
diario se ensaña con las dificultades de la Iglesia y empañar de este modo el
buen trabajo realizado.
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