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Un
artículo de José Román Flecha Andrés con ocasión de la fiesta de San Juan de
Ávila, el día 10 de mayo
En
este mes muchas diócesis homenajean a sus sacerdotes con motivo de la fiesta
de San Juan de Ávila, patrono del clero
secular español. Bueno será recordarlo en este año sacerdotal. 
En los
Memoriales que preparó para el
Concilio de Trento, en sus Advertencias
para el Sínodo Provincial de Toledo (1565) y en su Tratado del Sacerdocio ha reflejado su reflexión sobre el ministerio presbiteral.
En el
siglo XVI algunos llegan al sacerdocio por motivos poco evangélicos. Su
formación es deficiente. Muchos sacerdotes no predican porque no entienden el
evangelio. Otros lo entienden pero no dan testimonio de él. Viven de tal manera
que de su predicación se sigue más daño y escarnio que si no predicaran.
El
Maestro Ávila cita a san Bonifacio, según el cual, “En otro tiempo sacerdotes
de oro usaban cálices de madera; ahora hay cálices de oro en manos de
sacerdotes de madera”. En su opinión esta relajación de costumbres hace temer
que los clérigos se pasen a “la anchura luterana”, como él la califica.
Con
todo, no se limita a denunciar defectos sino que presenta con vigor el ideal de
la vida sacerdotal y subraya las virtudes que se esperan de los
sacerdotes. La misma celebración de la
eucaristía exige de ellos “que tengan virtudes más que de hombres y pongan
admiración a los que los vieren: hombres celestiales o ángeles terrenales; y
aun, si pudiere ser, mejor que ellos, pues tienen oficio más alto que ellos”.
“El sacerdote en el altar representa, en la
misa, a Jesucristo Nuestro Señor, principal sacerdote y fuente de nuestro
sacerdocio; y es mucha razón que quien le imita en el oficio lo imite en los
gemidos, oración y lágrimas, que en la misa que celebró el Viernes Santo en la
cruz, en el monte Calvario, derramó por los pecados del mundo”. El Santo
recuerda que el sacerdote tiene por oficio “pedir limosna para los pobres,
salud para los enfermos, rescate para los encarcelados, perdón para culpados,
vida para muertos, conservación de ella para los vivos, conversión para los
infieles, y, en fin, que, mediante su oración y sacrificio, se aplique a los
hombres el mucho bien que el Señor en la cruz les ganó”.
Para
San Juan de Ávila “celar el bien de la Iglesia” es un criterio para preferir la
santidad de los candidatos al sacerdocio por encima de sus letras y habilidades
humanas. Desea él que los eclesiásticos
se dediquen con fervor a la oración, que los llevará a Dios sin apartarlos de
las necesidades de los hombres. Los
sacerdotes están llamados a amar a Dios y a Jesucristo y a asumir la cruz del
Señor. El mismo santo refleja sus propios sentimientos y la profundidad de su
espiritualidad sacerdotal, cuando escribe: “Oh cruz, hazme lugar, y recibe mi
cuerpo, y deja el de mi Señor! ¡Ensánchate, corona, para que pueda yo ahí poner
mi cabeza! ¡Dejad, clavos, esas manos inocentes, y atravesad mi corazón, y
llagadlo de compasión y amor”.
Este precioso
testimonio de amor al sacerdocio y de vida sacerdotal sigue siendo válido
también para nuestro tiempo.
José-Román Flecha
Andrés
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