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Ante los ataques del
mundo que nos hablan de nuestros pecados, el Papa resalta que la penitencia es
una gracia y una necesidad
En su homilía a los
miembros de la Comisión Bíblica Internacional
Jueves, 15 abr (RV).-
Benedicto XVI ha presidido, a las siete y media de esta mañana, ha presidido en
la Capilla Paulina, del Palacio Apostólico, la concelebración Eucarística con
los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica. Y en su homilía ha reflexionado
sobre la primacía de la obediencia a Dios y el verdadero significado de la
penitencia y del perdón en la vida de los cristianos. 
Evocando las palabras
de san Pedro ante el Sanedrín, el Papa ha recordado que hay que obedecer a Dios
en lugar que a los hombres. Por lo que esta obediencia le da a Pedro la
libertad de oponerse a la suprema institución religiosa. Así como, Sócrates
ante el Tribunal de Atenas, que le ofrece la libertad, a condición de no volver
a buscar a Dios. No debe obedecer a estos jueces, comprar su vida perdiéndose a
sí mismo, sino debe obedecer a Dios. En los tiempos modernos se ha teorizado la
liberación del hombre, también de la obediencia a Dios: el hombre sería libre y
autónomo y nada más:
«Pero esta autonomía
es una mentira. Una mentira ontológica, porque el hombre no existe por sí mismo
y para sí mismo. Es una mentira política y práctica, porque la colaboración y
el compartir libertades es necesario y si Dios no existe, si Dios no es una
instancia accesible al hombre, queda como suprema instancia sólo el consenso de
la mayoría. Luego, el consenso de la mayoría se vuelve la última palabra a la
cual debemos obedecer y este consenso – lo sabemos por la historia del siglo
pasado – puede ser también un consenso en el mal. Así vemos que la denominada
autonomía no libera al hombre»
Benedicto XVI ha
subrayado que «las dictaduras han estado siempre en contra de esta obediencia a
Dios»:
«La dictadura nazi,
así como la marxista no pueden aceptar a un Dios por encima del poder
ideológico y la libertad de los mártires, que reconocen a Dios... es siempre el
acto de la liberación, en el cual llega la libertad de Cristo a nosotros»
Hoy, gracias a Dios –
ha proseguido Benedicto XVI – no vivimos en dictaduras, pero existen formas
sutiles de dictaduras:
«Un conformismo, por
lo que se vuelve obligatorio pensar como piensan todos, actuar como actúan
todos, y la sutil agresión contra la Iglesia, o incluso menos sutil, demuestran
cómo ese conformismo puede realmente ser una verdadera dictadura».
Para los cristianos –
ha reiterado el Santo Padre - obedecer más a Dios que a los hombres, supone,
sin embargo, conocer verdaderamente a Dios y querer verdaderamente obedecer, y
que Dios no sea pretexto para la propia voluntad, sino que sea realmente Dios
el que invita, en caso necesario, también al martirio:
«Nosotros hoy tenemos
a menudo algo de miedo de hablar de la vida eterna. Hablamos de las cosas que
son útiles para el mundo, mostramos que el cristianismo ayuda también a mejorar
el mundo, pero no nos atrevemos a decir que su meta es la vida eterna y que de
la meta vienen luego los criterios de la vida»
Entonces – ha
enfatizado Benedicto XVI – debemos ‘tener la valentía, la alegría, la gran
esperanza de que la vida eterna existe, que es la verdadera vida y que de esta
verdadera vida viene la luz que ilumina también este mundo. En esta
perspectiva, la penitencia es una gracia, una gracia que nosotros reconozcamos
nuestro pecado, que reconozcamos que tenemos necesidad de renovación, de
cambio, de una trasformación de nuestro ser’:
«Debo decir que
nosotros los cristianos, también en los últimos tiempos hemos evitado a menudo
la palabra penitencia, que nos parece demasiado dura. Ahora, ante los ataques
del mundo que nos hablan de nuestros pecados, vemos que el poder hacer
penitencia es una gracia y vemos cómo es necesario hacer penitencia. Es decir,
reconocer lo que está equivocado en nuestra vida. Abrirse al perdón, prepararse
al perdón, dejarse transformar. El dolor de la penitencia, es decir de la
purificación y de la trasformación, este dolor es una gracia, porque es
renovación, es obra de la Misericordia divina»
Benedicto XVI ha
exhortado a rezar para que «nuestro nombre entre en el nombre de Dios y nuestra
vida se vuelva verdadera vida, vida eterna, amor y verdad».
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