|
Diego
Gelmírez. Célebre arzobispo de la Iglesia del apóstol Santiago
(Nota de ECCLESIA DIGITAL: proseguimos la
serie de entregas de artículos de nuestro colaborador José Barros Guede a
propósito de su reciente libro sobre el apóstol Santiago, el Camino de Santiago
y la tradición Xacobea. Esta es la octava entrega) 
Enrique Flórez
escribe en el tomo XX de su obra, España
Sagrada: “Diego Gelmírez fue un esclarecido varón para gloria de la Iglesia
y honor de todo el Reino de Galicia, uno de los mayores hombres que deben ser
aplaudidos en la Historia Eclesiástica, que logró el Palio, la Metrópoli, la Legacía Apostólica
y un cúmulo de proezas que le inmortalizan como héroe”.
En 1087, el rey Alfonso VI de León y Castilla
el Bravo da el gobierno de Galicia con el título de conde a Ramón, hijo de
Guillermo, conde de Borgoña, emparentado con la familia real francesa y con la
reina Constanza, segunda esposa dicho rey. Muerto el rey García de Galicia en
la cárcel, el 22 de marzo de 1090, don Ramón se une en matrimonio con Urraca,
hija del rey Alfonso VI, quien nombra a ambos condes de Galicia.
Llegados a Santiago
de Compostela, por consejo del cabildo compostelano, el conde Ramón nombra, en
dicho año, secretario y notario de su curia a Diego Gelmírez, un joven clérigo,
nacido en el año 1070, afable, de suaves maneras, de vivo ingenio, de grandes
condiciones y habilidades políticas, pero sagaz, audaz y tenaz. Era hijo de
Delmiro, administrador del castillo de Oeste o de Honesto y de las tierras de
Amaia y Postmarcos de la Iglesia del apóstol Santiago, y educado, según él
confiesa, “apud sedem santi. Jacobi” como familiar del obispo Diego Peláez.
El conde Ramón
destituye de la administración de la tierra y señorío de la Iglesia del Apóstol
Santiago al tirano Pedro Vimáraz y nombra en su lugar a Arias Díaz. Fallecido éste y vista su mala
administración y la miseria en que se encontraban los canónigos, que ni
siquiera tenían alimentos para comer ni recursos para vestir en el coro,
convoca a todos los obispos de Galicia y a las personas más significativas y
representativas del clero y del pueblo compostelano con el fin de elegir a la
persona más adecuada para el gobierno y administración de la Iglesia del
Apóstol Santiago. Reunidos convienen que esa persona era Diego Gelmírez que ya
era secretario y notario de su curia.
En 1093, el rey Alfonso VI el Bravo y su yerno
el conde Ramón nombran administrador de las tierras y señorío de la Iglesia del
Apóstol Santiago a Diego Gelmírez, en sede vacante, hasta la elección canónica
del nuevo obispo, continuando, a la vez, de canciller y secretario de la curia
condal con el consentimiento de los canónigos. Durante esta etapa, Diego
Gelmírez comienza con gran esfuerzo la labor de restaurar lo destruido, de
conservar lo restaurado y de mejorar lo conservado, ayudado por el prudente
consejo de nobles varones compostelanos.
En 1094, el monje
cluniacense Dalmacio, persona virtuosa, es nombrado obispo de la Iglesia del
apóstol Santiago, quien provee de recursos económicos al clero catedralicio,
regulariza el servicio del coro y del altar y corta ciertos abusos ocasionados
por el abandono y la penuria económica de los canónigos. Por su parte, Diego
Gelmírez, en calidad de canciller secretario, acompaña al conde Ramón de
Galicía en sus incursiones y conquistas por tierras lusitanas llegando hasta
Lisboa.
El papa Urbano II, monje cluniacense, convoca
en Clemont un concilio general para librar a los Santos Lugares del dominio
islámico, a celebrar el 18 de noviembre de 1095. Asisten 225 obispos y 90
abades, entre ellos, el obispo Dalmacio, quien aprovechando la ocasión solicita
al Papa la exención de la Iglesia del Apóstol Santiago de la Iglesia
Metropolitana de Braga. Por la bula del 5 de diciembre de 1095, dicho Papa
concede que los obispos compostelanos queden sujetos solamente al Romano
Pontífice y en posesión de los territorios y parroquias pertenecientes a la
Iglesia del Apóstol Santiago, tanto en Galicia como en Portugal.
El obispo Dalmacio muere el 13 de diciembre de
1095. El clero y el pueblo compostelano piden al rey Alfonso VI, el Bravo y a
su yerno el conde Ramón nombren vicario
capitular de la Iglesia del Apóstol Santiago y gobernador y señor de sus
tierras y vasallos a Diego Gelmírez. Acceden a dicha petición, y Diego Gelmírez es nombrado para dicho cargo
desempañando el de vicario capitular eclesiástico y el de canciller y notario
de la curia condal de Ramón.
En esta etapa de vicario capitular, Diego
Gelmírez restaura y docta convenientemente el antiguo hospital de peregrinos y
prosigue las obras de la Tercera y Actual Iglesia del Apóstol Santiago,
iniciadas por el obispo Diego Peláez, en el año 1075.
El 15 de julio de 1099, fallecen el papa
Urbano II y Rodrigo Díaz de Vivar, llamado el Cid Campeador. El 13 de agosto de
este año, es elegido Papa, el cardenal Rayniero, con el nombre de Pascual II, que había sido
legado pontificio en España y conocía bien el estado de la Iglesia del Apóstol
Santiago.
En vista de ello, el 29 de diciembre 1099, el
papa Urbano II expide dos bulas, en una dirigida al rey Alfonso VI el Bravo
manifestándole, que visto el deterioro que durante quince años había padecido
la Iglesia del Apóstol Santiago: “es necesario elegir una persona conveniente a
la religión y al buen régimen episcopal, nos sea enviada para ser consagrada, y le concedas al que fue obispo
Diego Peláez tanto honor en tu reino, cuanto le sea suficiente para su sustento”.
En la otra bula dirigida al clero y pueblo de
la diócesis compostelana y a los obispos de provincia eclesiástica, les expresa
el estado calamitoso y notorio en que se encuentra la Iglesia del Apóstol
Santiago por la ausencia de su pastor; y que por ello, les encarga elijan rápidamente a su pastor conveniente a la religión y al régimen
episcopal, excluyendo al hermano Diego Peláez depuesto por sentencia sinodal.
En 1100, Diego
Gelmírez acude en peregrinación al sepulcro del Apóstol san Pedro. Con fecha 1
de julio de este año, el papa Pascual II
le ordena de subdiácono y le nombra obispo de la Iglesia del Apóstol Santiago,
siendo consagrado en Compostela, el 21
de abril de 1101, cuando sólo contaba 31 años.
El obispo Diego Gelmírez inicia, entonces, una
ardua labor de reorganización moral y material de la diócesis compostelana. Al
finalizar el otoño de 1101, manda a Roma como legados suyos al canónigo Munio
Alfonso y al archidiácono Gaufrido con las finalidades de conseguir la exención
de la Iglesia del Apóstol Santiago como sufragánea de la Iglesia Metropolitana
de Braga, de consultar la validez de los matrimonios celebrados por el rito
gótico, de recibir las medidas necesarias y convenientes sobre los monasterios
dúplices de frailes y monjas y de obtener el reglamento que debía dar a los
canónigos compostelanos en el servicio del altar de la Iglesia del Apóstol
Santiago.
El 31 de diciembre
de 1101, el papa Pascual II firma dos importantísimas bulas. En una, declara
que la Iglesia del Apóstol Santiago quede exenta de la Iglesia metropolitana de
Braga, y sus obispos serán consagrados solamente por el Romano Pontífice.
Ratifica todas las donaciones hechas a la misma y manda instituir un personal fijo de canónigos presbíteros y de
canónigos diáconos, señalándole a cada uno sus funciones y estipendios.
En la otra bula, ordena que los matrimonios
celebrados según la costumbre de la patria y anteriores al rito romano
establecido no sean molestados, y que conviene que los monjes y monjas de monasterios dúplices sean
separados en habitaciones alejadas y no se perpetúe esta costumbre de estos
monasterios. En Galicia había muchos, eran de origen familiar que seguían la
regla de san Fructuoso.
En el año de 1102,
Diego Gelmírez, fortalecido por el prudente consejo de personas religiosas,
prosigue una serie de grandes obras en la Tercera y Actual Iglesia del Apóstol
Santiago. Concretamente, termina la planta principal, los muros, las bóvedas y
las capillas que su antecesor, el obispo Diego Peláez, había iniciado, en 1075,
y había dejado sin terminar por haber cesado en su cargo episcopal. Amplía y
pavimenta la capilla mayor del apóstol Santiago que era muy reducida contra la
voluntad del cabildo.
Coloca un frontal de plata al altar mayor y un
baldaquino de oro y plata en honor del Apóstol Santiago. Construye el recinto
para las confesiones de peregrinos en la
parte posterior de la capilla mayor. Consagra todos los altares y entrega el antiguo altar, construido en tiempos del
rey Alfonso III el Magno y del obispo Sisnando, al abad del monasterio de Antealtares para su custodia.
Edifica la iglesia del santo Sepulcro en el
cerro de Compostela, donde deposita las reliquias de santa Susana traídas de
Portugal, y ordena que todos los años, al día siguiente del domingo de Pascua,
el clero y el pueblo vayan procesionalmente a ella. Derriba y reedifica de
nuevo la iglesia de la venerable Cruz en el monte del Gozo, y ordena que el
clero y el pueblo compostelano acudan en procesión todos los años a este lugar,
celebrando el prelado una misa por la fiesta de san Marcos cuyas reliquias allí
se veneran.
Construye el
palacio episcopal de triple bóveda sobre planta baja con una torre, sito entre
la muralla de la ciudad y la Iglesia del Apóstol Santiago. Edifica la casa de
los canónigos, llamada canónica, con una preciosa capilla pintada, amplio
refectorio, oficinas y con un gran pilón circular en el medio, procurando no
les falte el sustento todo el año, y les pone un maestro de retórica y de
ciencia para instruirlos.
Se rodea de un
cabildo de canónigos competentes e ilustrados para que le ayuden en el gobierno
y administración de su diócesis compostelana. Elige y nombra a setenta y dos
canónigos en recuerdo de los setenta y dos discípulos del Señor, a quienes exige juramento de obediencia y fidelidad. Entre ellos, figuraban Gundesindo abad y prior de la
canónica, Arias Muñiz futuro obispo de León, Hugo futuro obispo de Oporto,
Munio Alfonso futuro obispo de Mondoñedo, Pedro Elias futuro arzobispo de
Santiago de Compostela, Giraldo futuro arzobispo de Braga, Diego futuro obispo
de Ourense y Alfonso futuro obispo de Tuy.
Da al cabildo de canónigos la regla de san
Isidoro de Sevilla, los ritos y el reglamento de las iglesias francesas,
concretamente, los del monasterio benedictino de Cluny, prohibiéndoles entrar
en el coro a los que vinieren sin afeitar la barba, sin sobrepelliz y sin capa
coral. Les hace un dormitorio común y
les constituye la mesa capitular proporcionándoles los medios económicos
necesarios para su decorosa sustentación por medio de rentas y por la
participación en las ofrendas del altar del apóstol Santiago.
Por concesión de la Santa Sede, nombra siete canónigos presbíteros, llamados
cardenales, a imitación de la Sede Romana, con la obligación de celebrar la
misa conventual y hacer las funciones religiosas, y sesenta y cinco diaconales
que debían servir al altar del Apóstol Santiago. Así mismo, nombra notario de
la curia diocesana al canónigo Pedro, abad de Cuntis.
Diego Gelmírez no
solo organiza y termina la Iglesia del Apóstol Santiago, sino que también la
dignifica interesándose por la cultura de los canónigos y del pueblo compostelano. A este fin, amplía la enseñanza
escolar de la religión y de la gramática, limitada hasta entonces a lo más
elemental y establece y docta a un maestro de oratoria y lógica. El local de la
escuela se hallaba entre la catedral y el palacio episcopal, comunicando dichos
edificios por una puerta, llamada la de los gramáticos.
Manda estudiar filosofía y teología a los
clérigos compostelanos a Francia, y trae clérigos y monjes sabios a Compostela.
Encarga al canónigo cardenal, Munio Alfonso, anote por escrito todos los
principales hechos y sucesos de su gobierno y administración, quien cumple su
deseo registrándolos por escrito, y que los canónigos presbíteros cardenales
Hugo, Girardo y Pedro Gundesindo completarán, constituyendo la famosa Historia
Compostelana.
Diego Gelmírez se interesa por la
independencia y grandeza de la Iglesia del Apóstol Santiago. Para ello, viaja,
regala y manda personas de su confianza a Roma para conseguir el Palio, la
Metrópoli y Legacía papal. Se rodea de personas competentes y hábiles. Paga
muchos sueldos a caballeros y señores de su séquito, y emplea en el servicio de
su persona y casa a un capellán, un
médico, un mayordomo, un repostero y un escanciador. Construye naves nuevas
para defender el territorio gallego de las invasiones inglesas y árabes, y se
pone al frente de sus gentes y mesnadas al servicio leal de los reyes de León y
Castilla y de los condes de Galicia para combatir a sus enemigos.
Diego Gelmírez, persona de cultura litúrgica
eclesiástica cluniacense, celebra con
gran pompa y solemnidad las funciones religiosas en honor del apóstol Santiago.
Concretamente, el Codex Calixtinus, o Liber Santi Jacobi, escrito en la primera
mitad del siglo XII, por Aymeric Picaud, nos describe la procesión de la fiesta
de la traslación del apóstol Santiago, celebrada el día 30 de diciembre de
1128, de la siguiente manera:
“El rey iba vestido de insignias reales
rodeado de muchos caballeros, condes y adalides, llevaba en su mano derecha el
cetro de plata adornado de flores de oro y de piedras preciosas, su cabeza
ceñida con un diadema de oro, esmaltes y piedras preciosas, y delante de él iba
un caballero portando una espada de dos filos, adornada de flores y letras de
oro, y con un pomo de oro y cruz de plata; y detrás, el obispo Diego Gelmírez y
el cabildo de canónigos vestidos de preciosos ornamentos seguido por el
pueblo”.
Diego Gelmírez,
amigo de los abades y monjes benedictinos de Cluny, promueve la liturgia
romana, la cultura eclesiástica cluniacense y la construcción de numerosas
obras de iglesias, parroquias, monasterios y conventos en Compostela y en
Galicia. Erige y restaura numerosas iglesias parroquiales, monasterios y
castillos. Adquiere un inmenso
patrimonio de propiedades inmobiliarias rústicas y urbanas para la Iglesia del
Apóstol Santiago por medio de donaciones de reyes, condes, caballeros y magnates.
Amplía y consagra la iglesia del monasterio de
san Martín Pinario, cuyas obras había iniciado el abad Adulfo y continuado su
primo el abad Leovigildo. En Padrón, derriba la antigua ermita que se había
levantado para conmemorar la memoria del lugar donde había desembarcado el
cuerpo del Apóstol Santiago, edifica desde sus cimientos la iglesia de Santiago
con la ayuda de un piadoso presbítero, llamado Pelayo, y restaura el altar
dedicado a santa Eulalia en la antigua catedral de Iria.
Reedifica y consagra las iglesias de santa
Cruz de Lexón, de santa Eulalia de Boiro, de santa María de Nebra y de santa
Leocracia que se hallaban totalmente destruidas y construye viviendas para
clérigos a su alrededor. Realiza obras importantes de limpieza, población y
cultivo de tierras en la villa o granja de Godegildo, hoy, Redondela, después
de reivindicar la propiedad de la iglesia de Elva, cerca de Pontevedra, en
manos de usurpadores.
Reconstruye el
castillo de Honesto (torre del Oeste), dobla sus murallas y hace nuevas torres
y reductos. Reedifica y consagra las iglesias de santa María de Barbeiros, de
san Esteban de Piadela, de santa Eulalia de Abegondo, de san Martín de Tiobre,
de santa María de Mantas y de san Esteban de Morás. En Padrón, junto a la
Iglesia de Santiago, edifica un palacio para poder hospedarse en sus frecuentes viajes a este lugar.
Reedifica las casas
arruinadas y casi inhabitables que los obispos de la Iglesia del Apóstol Santiago tenían en el Camino
francés, y repara muchas hospederías que estaban en muy mal estado a lo largo
del mismo. Concretamente, en Cacabelos repara y consagra solemnemente su
iglesia parroquial y construye casas para repoblar dicha villa que se hallaba
casi desierta.
No olvidaba los
asuntos civiles por los eclesiásticos, ni los eclesiásticos por los civiles, ni
los generales por los domésticos y personales, ni estos por aquellos, en un
tiempo en que la lealtad, la probidad, la honradez, la justicia y otras
virtudes iban desapareciendo ocupando su lugar el dolo, el fraude y la
violencia y apoderándose de todos la ambición y la avaricia.
Reedifica la
iglesia del monasterio de Antealtares que el abad san Fagildo había levantado,
y construye las iglesias parroquiales de san Miguel, san Benito y san Félix en
Compostela. Arregla los altares de san Pablo, san Nicolás, san Benito y san
Antonio abad, y reconstruye su palacio episcopal y compra dos campanas grandes
y dos más pequeñas que los rebeldes compostelanos sublevados contra él y contra
la reina Urraca, en 1117, habían destruido.
Adquiere diverso mobiliario e indumentaria
para la Iglesia del apóstol Santiago. Concretamente, dieciséis capas, cuatro
pontificales, cuatro juegos completos de ornamentos para la celebración
pontifical de la misa, dos dalmáticas,
dos evangelios de tapas de plata, otro de tapas de oro que manda arreglar,
diversas cajas de plata, otra de marfil, otra de metal dorado esculpida con
vidrio, otra de oro que le había costado tres mil sueldos y que después
regalará al papa Calixto II, un “lignum crucis” que le había regalado la reina
Urraca y una cruz de oro que regalará al cardenal Besón.
Compra tres cálices
de plata, uno de oro que regalará a dicho Papa, dos incensarios de oro, tres
vinajeras, un antifonal, un misal, tres breviarios, un cuadragesimario, el
libro pastoral de san Gregorio, llamado “Vita Episcoporum”, un libro de
colección de cánones, otro “De fide Sce. Trinitatis”, otro de sentencias y otro
grande del oficio divino para todo el
año.
Manda construir al
maestro Bernardo Estévez, el Nieto, una piscina y una fuente delante de la
puerta Norte y de la fachada del Paraíso o de la Azabachería para refrigerio y
servicio de los peregrinos y de los vecinos de Compostela. Estaba formada por
una alta y hueca columna de bronce y de plata coronada en el centro con cuatro
leones, de cuyas bocas salían cuatro chorros de agua que caía sobre su base
cerrada siendo consumida por un agujero.
Debajo de los pies de los leones, alrededor de
la columna, se leía una inscripción escrita en latín que traducida al
castellano decía: “yo Bernardo, tesorero del beato Santiago, conduje esta agua
y compuse la presente obra para remedio de mi y de las almas de mis parientes.
11 de abril de 1122”.
Los papas Urbano
II, Pascual II, Gelasio II, Calixto II, Honorio II e Inocencio II aprecian
considerablemente a Diego Gelmírez, a pesar de sus muchos y grandes
enemigos. El sagaz, audaz y tenaz
arzobispo Diego Gelmírez consigue defenderse ante los reyes y cardenales legados papales en España, con la
ayuda de los abades benedictinos del monasterio de Cluny cuna de la renovación
eclesiástica y litúrgica, ante las acusaciones de codicia y ambición que los
revoltosos conspiradores y los sediciosos clérigos y caballeros compostelanos
presentaron contra él. La reina Urraca,
fallecida el 8 de marzo de este año de 1126, a la edad de 46 años, en unas
circunstancias extrañas, y su hijo el rey Alfonso VII le llaman: “padre,
protector y gobernador de Galicia”
Diego Gelmírez por medio de largas gestiones
y grandes amistades suyas consigue que el papa Calixto II, por dos Bulas de 27
y 28 de febrero de 1120, le concede la dignidad de Arzobispo Metropolitano para
la Iglesia del Apóstol Santiago, perteneciente a Mérida, y la Legacía
apostólica sobre las diócesis de Braga y la mencionada Mérida, a pesar de la
oposición e informes negativos de los arzobispos de Toledo y Braga. Dichas
Bulas son publicadas y leídas, el 25 de julio de 1120, en la fiesta principal
del Apóstol Santiago.
El arzobispo Diego Gelmírez pone a disposición
de sus foreros Irienses una nueva galera, que le había costado sesenta marcos
de plata, para que defiendan las costas gallegas frente a los sarracenos. Las
dos galeras anteriores que había mandado construir estaban inservibles.
Visita con
frecuencia estas costas para combatir a los sarracenos que saqueaban a sus
habitantes, ordenándoles arrebaten cuanto rapiñen. En una ocasión, se apoderó
de 1700 maravedíes de oro, y en otra, cautivó a un número crecido de
moros, incautando sus riquezas, telas, vestidos y repartiendo
el dinero y el material citado entre todos los participantes.
En 1124, nombra una
comisión de canónigos para construir el claustro catedralicio, prometiendo, a su muerte, dar
cada año de su bolsillo cien marcos y cien vacas, pero por unas cosas y otras,
esta obra se fue demorando. Da unos estatutos al cabildo por los cuales
establece se cumplan religiosamente las últimas voluntades de los canónigos.
Envía constantemente frecuentes embajadas de
canónigos expertos a Roma, al monasterio benedictino de Cluny y a los grandes
centros de cultura para mejorar y dignificar la cultura eclesiástica de los
canónigos compostelanos. Hace importantes obras de mejora en las torres de
Oeste o castillo de Honesto para poder alojar al clero y a su escolta que le acompañe.
Interviene en
numerosos concilios, participando activamente en unos y convocando y presidiendo otros siendo su
relación difícil y complicada con el arzobispo Bernardo de Toledo, primado de
la Santa Sede, quien anteriormente había sido abad del monasterio benedictino
cluniacense de Sahagún y amigo del rey Alfonso VI, promocionándole para la sede
episcopal toledana, ocupándola desde 1086 a 1124, fecha en que muere.
En el mes de
septiembre de 1129, derriba la pequeña iglesia en ruinas de santa María de
Conjo y levanta una nueva más grande y mejor, en la que instala un convento de monjas benedictinas,
proporcionándole todo lo necesario para comer y vestir. Encomienda el inicio de
obras del claustro de la Iglesia del Apóstol Santiago al deán Pedro Elias, al
arcediano Pedro Crescóniz y al canónigo presbítero cardenal Pedro Gundesíndez
al ver a los peregrinos preguntando por él y por sus dependencias como las que
tenían las iglesias francesas a su alrededor.
El 5 de diciembre
de 1135, funda en su diócesis los monasterios de Toxoutos y de Monfero,
consagrando a sus abades, Fruela Alfonso y Pedro Muñiz. Funda el convento de
Canónigos Regulares de san Agustín y consagra su iglesia de santa María del Sar, señalándoles su propio
territorio, desde la rúa de san Pedro a la carretera de Puente Vea. De este
modo, cumple la voluntad de su amigo, Munio Alfonso, que había renunciado al
obispado de Mondoñedo, y con su dinero había adquirido una extensa heredad a
orillas del río Sar, donde había mandado construir dichos edificios a sus
expensas, falleciendo el 26 de junio de 1136.
Autoriza a los canónigos de la Iglesia del
Apóstol Santiago que quieran a retirarse al convento de santa María del Sar
para llevar allí una vida regular, puedan conservar la hebdómada, la ración en
la canónica, la parte de distribuciones y el asiento en el coro y en el
refectorio como los demás canónigos en los domingos y fiestas. Dicha
autorización la firma en compañía del
arzobispo Pelayo de Braga y de Pedro Anáyaz, obispo de León, que eran canónigos
de la Iglesia del apóstol Santiago.
Con arreglo a esta
disposición, los canónigos Vimara, Cipriano, Pelayo, Martín y Fruela ingresan
como canónigos regulares de san Agustín en el convento de santa María del Sar,
en Compostela, sin perder la consideración de canónigos de la Iglesia del
Apóstol Santiago.
El 18 de marzo de
1131, el rey Alfonso VII, a propuesta de Diego Gelmírez, nombra canciller
secretario a Bernardo Estévez, el Nieto, y le otorga ciertos privilegios y
exenciones por la dirección y realización de las obras realizadas en la Iglesia
del Apóstol Santiago, por la redacción e inscripciones de su Libro Tumbo,
iniciado, en 1129, obra importantísima y de gran mérito histórico, y por la
bella fuente de la plazoleta de la puerta Norte y fachada del Paraíso o
Azabachería.
D. Bernardo Estévez
había concebido dicho Libro Tumbo en cinco partes. La primera parte conteniendo
los diplomas de los reyes, la segunda la de los condes, la tercera la de los de
los arzobispos y obispos, la cuarta la
de los documentos de las donaciones de señores, caballeros y burgueses, y la
quinta la de los documentos de los servidores de la Iglesia del apóstol
Santiago. De las cinco partes, solo se conserva la primera parte con bellas
formas y preciosas miniaturas de un valor incalculable. Posteriormente, esta
parte fue ampliada hasta el rey Alfonso el Sabio.
Don Bernardo
Estévez, el Nieto, canónigo tesorero, arquitecto, escultor, pintor y calígrafo,
es una de las grandes personalidades y genios de Galicia, quien, además, había
dirigido numerosas obras arquitectónicas compostelanas, entre ellas, la
terminación de la construcción de la Tercera y Actual Iglesia del Apóstol
Santiago.
Sin embargo, era persona arrogante,
orgullosa, que junto con su pariente Pedro Elias, deán de la Iglesia del
Apóstol Santiago, y más tarde su futuro arzobispo, maquina y conspira contra el arzobispo Diego Gelmírez, a sus
espaldas, el cual le había educado e instruido desde niño, le habia concedido
muchos beneficios y en atención a sus méritos y valía, lo había hecho canciller
y secretario del rey Alfonso VII en sustitución suya.
En 1133, estando el
arzobispo Diego Gelmírez, en Carrión, a despachar ciertos asuntos en la Corte
real sobre la Iglesia del Apóstol Santiago, don Bernardo Estévez le manifiesta
que él es canciller y secretario del rey Alfonso VII por derecho propio. Diego
Gelmírez le contesta que lo es por delegación suya. Llega a tal punto la
disputa entre ambos, que el arzobispo le aconseja, primero y luego le ordena
que entregue el empleo de canciller y secretario, y regrese a Compostela. Don
Bernardo se opone y pide tres días de plazo.
Ambos acuden al rey Alfonso VII. El 15 de
marzo de 1133, oye a las dos partes, y vistos los favores y gracias que Diego
Gelmírez había hecho a don Bernardo Estévez, da la razón al arzobispo
reconociéndole su derecho de canciller-secretario de su corte real. Entonces,
Diego Gelmírez delega dicho empleo en
don Bernardo Estévez que no acepta. Renuncia al mismo y regresa a Compostela.
El Rey, viendo la ingratitud de don Bernardo
Estévez e instigado por algunos envidiosos, manda a Fernando Yáñez, conde de
Puente Sampayo, para que le despoje de las torres de Oeste y de todos los
beneficios que tenía de la Iglesia del Apóstol Santiago, e intime al arzobispo
Diego Gelmírez para que le prenda y se apodere de todo su dinero y del de su
hermano, Pedro Estévez, que gozaban de ser personas muy ricas.
Diego Gelmírez contesta al rey Alfonso VII que
eso desdice de su cargo, pero el rey insiste tres veces más. El arzobispo se
niega por quinta vez a ejecutar dicha orden. Entonces, el rey le amenaza con
quitarle tanto dinero cuanto podía hallarse en las manos de don Bernardo
Estévez y con otras cosas más graves. Ante tal intimidación, Diego Gelmírez
prende a don Bernardo y a su pariente el deán Pedro Elias, dejando a este último
en libertad a cabo de unos días y restituyéndole en su cargo y en todas sus
posesiones.
En estas
circunstancias, el cardenal Guido, legado de la Santa Sede, que había llegado a
Compostela reprende a Diego Gelmírez por haber ejecutado las órdenes tan injustas
del rey y por sentar un precedente que podía tener funestas consecuencias. El
arzobispo le contesta altivo que fue obligado por rey, que es quien tiene que
dar explicaciones. Acuerdan ambos ir verle para solicitarle la libertad de don
Bernardo Estévez. El rey los recibe muy indignado y manda ponerlo en poder del
obispo de Mondoñedo.
Al poco tiempo, en
el concilio de León, los obispos y magnates acuerdan poner en libertad a don
Bernardo Estévez, restituirle todo lo que era suyo, y que el arzobispo lo juzgue
canónicamente. Diego Gelmírez no solo no ejecuta los acuerdos del concilio,
sino que le perdona y le ofrece su amor y afecto, pero don Bernardo Estévez no
olvida el pasado. Al verse libre, se encamina a Burgos, y por todas partes por
donde pasa desacredita al arzobispo, falleciendo al poco tiempo.
El 1 de abril de 1133, Diego Gelmírez obtiene
un diploma real por el cual se ordena que nadie falte al respeto debido a los
canónigos, ni se atrevan a allanar sus casas, ni su patrimonio, ni los demás
bienes de la canónica so pena de quinientos sueldos, y que ningún alguacil
entre en las heredades y posesiones de ningún canónigo, aunque sea deudor o fiador, a no ser que sea
citado dos veces.
Sin embargo,
ciertos canónigos envidiosos y desagradecidos, viendo que el arzobispo Diego
Gelmírez está enfermo y lleva mucho tiempo ocupando la sede compostelana,
tratan de obligarle a renunciar al arzobispado; y en el caso de no avenirse a
ello, están dispuestos a gestionar su deposición y destierro. Para ello, le
ofrecen al rey Alfonso VII tres mil marcos de plata, quien, necesitado de
dinero para costear sus campañas contra los moros, no lo desprecia.
El rey, después de consultar este asunto con
los magnates y obispos de su Corte real, escribe al papa Inocencio II para que le envíe de nuevo como legado al
cardenal romano Guido. Llegado a España, el rey Alfonso VII, que había sido
coronado fastuosamente emperador de Castilla en León, el 26 de mayo de 1135,
mantiene diversas conversaciones con él con el fin de deponer al arzobispo
Diego Gelmírez. El cardenal legado Guido le responde que no hay méritos ni
razones para hacerlo, en todo caso, y aunque los hubiese sin autorización del
Papa no puedo hacerlo.
Esta solución no
satisfizo al emperador. Entonces, el cardenal legado papal, Guido, le propone
enviar al clérigo Bosón para que exponga el caso al Papa. El emperador accede,
pidiéndole que mientras no regrese dicho clérigo de Roma, visite las Iglesias
de España. El legado papal Guido visita la Iglesia del Apóstol Santiago permaneciendo
quince días en Compostela, durante los cuales Diego Gelmírez le obsequia
espléndidamente. Aprovechando su estancia en Compostela, determinados
canónigos, a quienes tanto él había favorecido y beneficiado, le difaman y
calumnian ante dicho legado papal, de tal manera, que la ciudad de Compostela
era un volcán de sedición y conspiración contra el arzobispo.
En el verano de
1136, ciertos canónigos compostelanos en contacto con determinados laicos
revoltosos se reúnen todos los viernes en el monte de santa Susana donde
acuerdan hacer nuevas ordenanzas y reglamentos y derogar las antiguas y
anteriores. Amenazan al corregidor con terribles castigos y penas obligándole a
prestar juramento a los decretos que ellos
hagan, a mantenerlos en su vigor y erigirse en tribunal de justicia.
El 10 de agosto de
1136, los familiares del arzobispo Diego Gelmírez, que se hallaba descansando
en su lecho, le avisan que una turba de conspiradores y sediciosos capitaneados
por Guillermo Seguín y Juan Lombardo habían penetrado en la Iglesia del Apóstol
Santiago con gritos y amenazas manifestando que apedrean y matan a cuantos
defiendan al arzobispo. Intentan entrar en el palacio episcopal cuya puerta
estaba cerrada. Pretenden echarla abajo a golpes de hacha y con otras herramientas,
pero al no poder hacerlo, dado que era de madera gruesa y fuerte, penetran en
el palacio episcopal por el interior de la puerta de dicha Iglesia que da
acceso al mismo en su búsqueda para
asesinarlo.
Entonces, Diego
Gelmírez intenta refugiarse en el altar de la Iglesia del Apóstol Santiago. Sus
enemigos al verlo le lanzan piedras destrozando el coro, y con una piedra le hieren en un hombro cayendo al
suelo. Unos canónigos le levantan y le llevan en brazos poniéndolo bajo el
baldaquino del altar mayor y corren los cerrojos de las rejas que rodeaban la
capilla mayor para protegerlo.
Los conspiradores sediciosos no desisten.
Entran en la capilla mayor, rompen el ara y parte del baldaquino, destrozan los
paños del altar y hieren a Diego Gelmírez y a varios canónigos, quienes
consiguen huir por los tejados de la Iglesia y refugiarse en el monasterio de
Antealtares. Al conocer que intentaban prenderle en dicho monasterio, de noche sale disfrazado, se refugia en la
casa de Pedro Gundestéiz, y de allí huye a tierras de Padrón.
El clero y el pueblo compostelano, viendo que
todo esto era una verdadera canallada y una grave injusticia, acuden en masa al
interior de la Iglesia del Apóstol Santiago. Las mujeres con lágrimas y
oraciones, y los hombres con ruegos, súplicas, protestas, amenazas e
imprecaciones obligan a estos conspiradores sediciosos y amotinados a dejarle
libre. Los canónigos fieles le llevan a su palacio, donde Diego Gelmírez se
repuso de tanto dolor y sufrimiento a
los pocos días.
En octubre de 1136, Diego Gelmírez viaja
enfermo, acompañado de un gran séquito de dignidades y canónigos fieles, al
concilio de Burgos, al que le había invitado el cardenal legado papal Guido. En
la primera sesión conciliar, un canónigo compostelano denuncia el sacrílego y
horrible atentado contra el arzobispo Diego Gelmírez, cometido por Guillermo Seguín y demás
compañeros. El legado papal, los obispos y abades horrorizados dan cuenta de
ello al emperador Alfonso VII, rogándole
haga castigar a los culpables con justas penas, y excomulgan a Guillermo Seguín
presente en dicho concilio.
Al día siguiente,
en la segunda sesión conciliar, llega a Burgos el prior de Cluny con cartas de
su abad, Pedro el Venerable, para emperador Alfonso VII y para el cardenal
legado papal, Guido, en las que les suplica traten con respeto y consideración
que merece al arzobispo Diego Gelmírez. En caso contrario, se vería en la
necesidad de poner todo ello en conocimiento del Papa. Ambos reciben las cartas
con indignación.
Pero en este mismo día, el clérigo Bosón le
entrega otras cartas del papa Inocencio II al emperador, donde le dice que se
abstenga de molestar al arzobispo de Santiago de Compostela y le escuche. El
emperador Alfonso VII envía dos emisarios al arzobispo Diego Gelmírez para que
les manifieste las acusaciones que contra él habían hecho los conspiradores
sediciosos amotinados. Indignado se presenta ante emperador, quien le dice que
ellos le ofrecieron tres mil reales de plata para que le destituyese y
desterrase.
Sin embargo, el emperador Alfonso VII le sigue
diciendo, que él había negado aceptarlos, a pesar de hallarse sin dinero para
pagar a los soldados en sus campañas contra los sarracenos. Le suplica le ayude
con algún dinero más sobre el que anualmente le daba. Diego Gelmírez le promete
darle cuatrocientos marcos de plata. Queda complacido y le pide consagre en el
concilio de Zaragoza a su obispo electo.
Estos conspiradores
y sediciosos clérigos y laicos son excomulgados, humillados y reprobados por
todos los asistentes al concilio en la última sesión conciliar. Unos canónigos
suplican al emperador y al legado papal para que intercedan ante Diego Gelmírez
y les perdone. Ante tales intercesores, el arzobispo les perdona con la
condición de que no vuelvan cometer semejante atentado.
El emperador Alfonso VII manda ejecutar
severos castigos contra ellos, a unos los destierra, y a otros les confisca sus
bienes, e impone una multa a todos los vecinos compostelanos por no impedir
este atentado, pero a ruegos de Diego Gelmírez no la ejecuta. De nuevo, los
conspiradores y sediciosos compostelanos emprenden una campaña de intrigas,
infamias y calumnias contra el arzobispo Diego Gelmírez sobre las limosnas y
donativos que recibía.
El emperador les llama a la corte, les oye y habla con ellos.
Envía un delegado suyo para saber a cuanto ascendían las limosnas y donativos
que se recibían en el altar del Apóstol
Santiago. El delegado regio, que era amigo de Diego Gelmírez, acompañado de los
jefes conspiradores y sediciosos viene a Compostela, facultado para abrir las
arcas de la Iglesia del Apóstol Santiago y pedir una cantidad de dinero para
las necesidades del reino de León y Castilla, dejando el resto para las
personas que trabajan en el claustro y a disposición del arzobispo.
La mayoría del cabildo aconseja al arzobispo
que no debe tolerar por más tiempo la esclavitud que sufre la Iglesia del
Apóstol Santiago, y que debía excomulgar a y poner entredicho a la ciudad de
Compostela y a toda la tierra de Santiago, pues ellos están dispuestos a
abandonar todo y seguirle a Roma o a donde sea. El arzobispo Diego Gelmírez
opta por enviar emisarios al emperador prometiéndole quinientos marcos de
plata, quien queda satisfecho, contestándole con una carta de afecto, estima y
con el deseo de venir a Compostela tan pronto pueda.
El 9 octubre de
1138, el cardenal romano Guido, legado papal, llega de nuevo a Compostela para
invitar al arzobispo Diego Gelmírez a asistir al concilio general de Letrán, si
su enfermedad no se lo impedía. Este concilio
tenía por finalidad remediar los males que el Cisma papal había ocasionado
durante ocho años. El emperador Alfonso VII viene por estas fechas a Compostela
y encuentra al arzobispo gravemente enfermo.
En el mes de
diciembre de 1138, el arzobispo suscribe unos diplomas reales sobre unas
donaciones hechas a dos monasterios y a la iglesia de Tuy. Posteriormente, en los meses de abril y junio de 1139
suscribe otros para la iglesia de Tuy y para los monasterios benedictinos de
Poboeiro y Hoya.
El 15 de enero de
1140, Diego Gelmírez fallece en Compostela tras una larga y penosa enfermedad.
Sus restos mortales son depositados en el ángulo del claustro más próximo a la
Iglesia del Apóstol Santiago, cerca donde se hallaba el tesoro. En su memoria,
en dicha fecha, el cabildo compostelano celebra el aniversario de su muerte.
El sagaz, audaz y
tenaz Digo Gelmírez, arzobispo de la
Iglesia del Apóstol Santiago, fue acusado de guerrero y político por ser leal y
fiel los reyes de León y Castilla y al
Papa. De codicioso y ambicioso por
adquirir tanto patrimonio para la Iglesia del Apóstol Santiago, pero murió sin
dejar nada para él ni para los suyos. De
orgulloso por engrandecer Compostela y Galicia, pero perdonó siempre a sus enemigos,
conspiradores sediciosos, que pretendieron en muchos ocasiones acabar con su
vida y arrebatar los bienes de la Iglesia del Apóstol Santiago.
Ambrosio de
Morales, cronista del rey Felipe II, escribe en su libro, Viaje a los Reinos de
León y Galicia: “Diego Gelmírez, primer arzobispo de Santiago de Compostela,
fue un gran príncipe que en guerra y paz, sufrió mucho, y pasaron por su mano grandes importancias en estos
Reinos”.
Claudio Sánchez Albornoz escribe en su libro,
España, un enigma histórico: “Diego Gelmírez es el más inteligente y audaz de
los prelados jacobeos”. Manuel R. Murguía escribe en su libro, Diego Gelmírez:
“el pueblo de Compostela, que nada tenía que ver con las ambiciones de los
poderosos ni esperaba nada de los que
anhelaban su puesto vacante, lloró su muerte mientras los demás repartían sus
despojos”.
José Barros Guede
A Coruña, 14 de
abril del 2010
|