Escrito por + Juan José Asenjo Pelegrina -Arzobispo de Sevilla
viernes, 09 de abril de 2010
Carta Pastoral del Arzobispo de Sevilla, Mons. Juan José Asenjo,
invitando a peregrinar a Santiago de Compostela.
Queridos hermanos y hermanas:
El pasado 31 de diciembre, el Arzobispo de Santiago abría la Puerta Santa de la
catedral compostelana, inaugurando así el Año Santo Jacobeo, al que todos
estamos convocados. Es una oportunidad de gracia que Dios nos regala poder
peregrinar a la tumba del Apóstol.
El ser humano es
peregrino. Su vida es camino que avanza hacia la meta que es Dios. La
revelación bíblica subraya esta faceta consustancial al cristianismo. Peregrino
fue Abraham, nuestro padre en la fe, que creyó, "esperando contra toda
esperanza "; peregrino fue el Pueblo de Israel hasta llegar a la tierra
prometida; y peregrina en la fe fue la Virgen María. El mismo Jesucristo peregrina desde
el seno del Padre hasta nosotros y, a través de su Misterio Pascual, emprende
el camino de regreso al Padre.
Su ministerio público
estuvo jalonado por sus peregrinaciones a Jerusalén, con motivo de las grandes
fiestas judías. Mientras la
Iglesia camina al encuentro de su Señor, la peregrinación es
un momento privilegiado para el encuentro con Cristo. El sentido religioso del
pueblo cristiano ha encontrado en las peregrinaciones una de las expresiones
privilegiadas de piedad, muy ligada a la vida sacramental de la Iglesia, que es también
pueblo peregrinante.
Los condicionamientos
de la vida actual favorecen más las actitudes de instalación que de
itinerancia. El interés desmedido por las realidades materiales, el olvido de los
bienes espirituales, el afán por lo efímero e inmediato, el debilitamiento de
la esperanza en las promesas de Dios, el desinterés por las grandes preguntas
sobre el sentido de la vida, el afán de confort y comodidad y el rechazo de
todo lo que suponga esfuerzo, hacen más necesaria y urgente que nunca la
peregrinación, sobre todo si se realiza con sacrificio.
El fin primero de toda
peregrinación es la búsqueda de Dios. El hombre y, mucho más el cristiano,
consciente de su condición de criatura, lacerado por el dolor o insatisfecho
por la finitud de los bienes materiales que no le dan la felicidad, busca
consciente o inconscientemente la plenitud, el eje que dé sentido a su vida. Si
Dios sale cada día a nuestro encuentro en su Hijo Jesucristo para curarnos,
perdonarnos, acompañarnos, hacernos crecer e iluminar nuestro camino, en pocas
ocasiones esa cercanía es más palpable que en la peregrinación, en la que
abandonamos las seguridades y apoyos de la vida ordinaria y, a través de la
oración y la penitencia, nos hacemos más receptivos a la gracia de Dios que nos
visita y nos llama a la conversión.
El camino, lugar de
encuentro con Dios, es también para el peregrino ocasión de reencuentro consigo
mismo. Qué duda cabe que las circunstancias que rodean la peregrinación, la
convivencia, el cansancio, las privaciones, las situaciones no previstas...
pueden contribuir a humanizarnos, a encontrarnos con lo mejor de nosotros
mismos, a crecer en cercanía, perdón, fraternidad y servicio a nuestros
hermanos y a redescubrir el sentido y la alegría de la vida que Dios nos ofrece
como don y como tarea, don que hemos de agradecer cada día, y tarea a realizar
en nuestra existencia cotidiana.
La peregrinación ha de
ser además ocasión de evangelización en su decurso y también después, a la
vuelta a los quehaceres ordinarios. La contemplación de la belleza de la
creación y de las obras admirables salidas de las manos del hombre son un
motivo poderoso para alabar y glorificar a Dios. Al mismo tiempo, la
consideración de la obra invisible que Dios ha ido haciendo en el peregrino a
lo largo del camino, la admiración de su misericordia y su perdón en el
sacramento de la penitencia y el redescubrimiento del Señor como plenitud de la
propia vida deben constituir un impulso poderoso para anunciarlo con sencillez,
convicción y valentía.
Lo más peculiar de la
peregrinación a Compostela es el encuentro con nuestras raíces apostólicas.
Nuestra fe está asentada en este cimiento levantado sobre la roca que es
Cristo. La Iglesia
que creemos y a la que amamos es apostólica. Los Apóstoles, entre ellos
Santiago, fueron los testigos oculares de la vida del Señor. Ellos oyeron su
doctrina y nos la han transmitido. Ellos fueron los primeros en experimentar la
vida fecunda que brota de su sangre redentora, vida que llega a nosotros a
través de los sacramentos. Es la sucesión apostólica, uno de cuyos hitos es el
sepulcro de Compostela, la que nos garantiza que el agua viva que nos sana y
purifica en los sacramentos es la misma que mana del costado abierto del Señor.
Termino mi carta
invitándoos a peregrinar a Compostela, bien particularmente, en familia o en
grupo, bien participando en la peregrinación diocesana que tendrá lugar en los
primeros días de julio, en la que participaré personalmente. Que el Señor, por
intercesión del Apóstol Santiago, os conceda en el camino todas gracias que yo
os deseo. Que la Virgen
de los Reyes os acompañe.
Para todos, mi saludo
fraterno y mi bendición.
+ Juan José Asenjo
Pelegrina -Arzobispo de Sevilla