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Presidido por el Papa Benedicto XVI y con meditaciones escritas por el cardenal Camilo Ruini, vicario
general emérito de la diócesis de Roma
Cuando el Apóstol Felipe dijo a Jesús: "Señor,
muéstranos al Padre", él respondió: "Hace tanto tiempo que estoy con
vosotros, ¿y no me conoces...? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre" (Jn 14,
8-9). Esta noche, mientras acompañamos en nuestro corazón a Jesús, que camina
bajo el peso de la cruz, no nos olvidemos de estas palabras suyas. También
cuando lleva la cruz y cuando muere en ella, Jesús sigue siendo el Hijo de Dios
Padre, una misma cosa con él.
Mirando su rostro desfigurado por
los golpes, la fatiga, el sufrimiento interior, vemos el rostro del Padre. Más
aún, precisamente en ese momento, la gloria de Dios, su luz demasiado fuerte
para el ojo humano, se hace más visible en el rostro de Jesús. Aquí, en ese
pobre ser que Pilato ha mostrado a los judíos, esperando despertar en ellos
piedad, con las palabras "Aquí lo tenéis" (Jn19, 5), se
manifiesta la verdadera grandeza de Dios, la grandeza misteriosa que ningún
hombre podía imaginar.
En Jesús crucificado se revela
además otra grandeza, la nuestra, la grandeza que pertenece a todo hombre por
el hecho mismo de tener un rostro y un corazón humano. Escribe san Antonio de
Padua: "Cristo, que es tu vida, está colgado delante de ti, para que tú te
mires en la cruz como en un espejo... Si te miras en él, podrás darte cuenta de
cuán grandes son tu dignidad... y tu valor... En ningún otro lugar el hombre
puede darse mejor cuenta de cuánto vale, que mirándose en el espejo de la
cruz" (Sermones Dominicales et Festivi III,
pp. 213-214). Sí, Jesús, el Hijo de Dios, ha muerto por ti, por mí, por cada
uno de nosotros, y de este modo nos ha dado la prueba concreta de cuán grandes
y cuán valiosos somos a los ojos de Dios, los únicos ojos que, superando todas
las apariencias, son capaces de ver en profundidad la realidad de las cosas.
Al participar en el Via Crucis, pidamos a Dios que
nos dé también a nosotros esa mirada suya de verdad y de amor para que, unidos
a él, seamos libres y buenos.
PRIMERA ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte
Lectura del Evangelio según San Juan. 19, 6 - 7. 12. 16
Cuando lo vieron los sacerdotes y los guardias gritaron:
¡Crucifícalo, crucifícalo! Pilato les dijo: "Lleváoslo vosotros y
crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él". Los judíos le
contestaron: "Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir,
porque se ha declarado Hijo de Dios"...
Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los
judíos gritaban: "Si sueltas a ése, no eres amigo del César. Todo el que
se declara rey está contra el César"...Entonces se lo entregó para que lo
crucificaran.
MEDITACIÓN
¿Por qué Jesús fue condenado a muerte, él, que "pasó
haciendo el bien"? (Hch 10, 38). Esta pregunta nos acompañará a
lo largo del Via
Crucis como
nos acompaña durante toda la vida.
En los Evangelios encontramos una respuesta verdadera: los
jefes de los judíos quisieron su muerte porque comprendieron que Jesús se
consideraba el Hijo de Dios. Y hallamos también una respuesta que los judíos
utilizaron como pretexto para obtener de Pilato su condena: Jesús habría
pretendido ser un rey de este mundo, el rey de los judíos.
Detrás de estas respuestas se abre un abismo, que los
mismos Evangelios y toda la Sagrada Escritura nos permiten contemplar: Jesús ha
muerto por nuestros pecados. Y aún más profundamente, ha muerto por nosotros,
ha muerto porque Dios nos ama, y nos ama tanto que entregó a su Hijo único,
para que el mundo se salve por él (cf. Jn 3,
16-17).
Debemos, por tanto, mirar a nosotros mismos: al mal y al
pecado que habitan dentro de nosotros y que con excesiva frecuencia fingimos
ignorar. Pero aún más debemos dirigir la mirada al Dios rico en misericordia
que nos ha llamado amigos (cf. Jn 15,
15). Así, el camino del Via Crucis y
todo el camino de la vida se convierte en un itinerario de penitencia, de dolor
y de conversión, pero también de gratitud, fe y alegría.
SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús con la cruz a cuestas
Lectura del Evangelio según San Mateo. 27, 27 - 31
Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al
pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le
pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la
ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando la
rodilla, se burlaban de él diciendo: "¡Salve, rey de los judíos!".
Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y
terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a
crucificar.
Del Evangelio según san Juan. 19, 17
Y Jesús, cargando con la cruz, salió al sitio llamado
"de la Calavera", que en hebreo se dice Gólgota.
MEDITACIÓN
Después de la condena viene la humillación. Lo que los
soldados hacen a Jesús nos parece inhumano. Más aún, es ciertamente inhumano:
son actos de burla y desprecio en los que se expresa una oscura ferocidad, sin
preocuparse del sufrimiento, incluso físico, que sin motivo se causa a una persona
condenada ya al suplicio tremendo de la cruz. Sin embargo, este comportamiento
de los soldados es también, por desgracia, incluso hasta demasiado humano.
Miles de páginas de la historia de la humanidad y de la crónica cotidiana
confirman que acciones de este tipo no son en absoluto extrañas al hombre. El
Apóstol Pablo puso bien de manifiesto esta paradoja: "Sé muy bien que no
es bueno eso que habita en mí... El bien que quiero hacer no lo hago; el mal
que no quiero hacer, eso es lo que hago" (Rom 7,
18-19).
Así es, precisamente: en nuestra conciencia se enciende la
luz del bien, una luz que en muchos casos se hace evidente y por la cual,
afortunadamente, nos dejamos guiar en nuestras opciones. En cambio, a menudo,
sucede lo contrario: esa luz queda oscurecida por los resentimientos, por
deseos inconfesables, por la perversión del corazón. Y entonces nos hacemos
crueles, capaces de las peores cosas, incluso de cosas increíbles.
Señor Jesús, también yo soy de los que se han burlado de
ti y te han golpeado. En efecto, tú has dicho: "cada vez que hicisteis eso
con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis" (Mt 25,
40). Señor Jesús, perdóname.
TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez
Lectura del profeta Isaías. 53, 4 - 6
¡Eran nuestras dolencias las que él llevaba, y nuestros
dolores los que soportaba! Nosotros lo tuvimos por azotado, herido de Dios y
humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras
culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus llagas hemos sido
curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y
el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros.
MEDITACIÓN
Los Evangelios no nos hablan de las caídas de Jesús bajo
el peso de la cruz, pero esta antigua tradición es muy verosímil. Recordemos
tan sólo que, antes de cargar con la cruz, Jesús había sido flagelado por orden
de Pilato. Después de todo lo que le había sucedido desde la noche en el huerto
de los olivos, sus fuerzas debían de estar prácticamente agotadas.
Antes de detenernos en los aspectos más profundos e
interiores de la pasión de Jesús, consideremos simplemente el dolor físico que
tuvo que soportar. Un dolor enorme y tremendo, hasta el último respiro en la
cruz, un dolor que asusta.
El sufrimiento físico es lo más fácil de vencer, o al
menos de atenuar, con nuestras actuales técnicas y metodos, con la anestesia y
otras terapias del dolor. Si bien, una masa gigantesca de sufrimientos físicos
sigue presente en el mundo, debido a muchas causas naturales o dependientes de
comportamientos humanos.
De todas formas, Jesús no rechazó el dolor físico y así se
solidarizó con toda la familia humana, en especial con aquella parte más
numerosa cuya vida, todavía hoy, está marcada por esta forma de dolor. Mientras
lo vemos caer bajo el peso de la cruz, le pedimos humildemente el valor de
agrandar con una solidaridad hecha no sólo de palabras la pequeñez de nuestro
corazón.
CUARTA ESTACIÓN: Jesús encuentra a su Madre
Lectura del Evangelio según san Juan 19, 25 - 27
Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de
su Madre, María la de Cleofás, y María la Magdalena. Jesús, al ver a su Madre,
y cerca al discípulo que tanto quería, dijo a su Madre: "Mujer, ahí tienes
a tu hijo". Luego dijo al discípulo: "Ahí tienes a tu madre". Y
desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa.
MEDITACIÓN
En los Evangelios no se habla directamente de un encuentro
de Jesús con su Madre a lo largo del camino de la cruz, sino de la presencia de
María al pie de la cruz. Y allí Jesús se dirige a ella y al discípulo amado,
Juan el evangelista. Sus palabras tienen un sentido inmediato: encomendar María
a Juan, para que se ocupe de ella. Y un sentido mucho más amplio y profundo: al
pie de la cruz María ha sido llamada a pronunciar un segundo "sí",
después del sí de la Anunciación, con el cual se convierte en Madre de Jesús,
abriéndonos así la puerta de la salvación.
Con este segundo sí, María se convierte en madre de todos
nosotros, de todo hombre y de toda mujer por los cuales Jesús ha derramado su
sangre. Una maternidad que es signo viviente del amor y de la misericordia de
Dios por nosotros. Por eso, los vínculos de afecto y confianza que unen a María
con el pueblo cristiano son tan profundos y fuertes; por eso acudimos espontáneamente
a ella, sobre todo en las circunstancias más difíciles de la vida.
María, sin embargo, ha pagado un precio muy elevado por su
maternidad universal. Como profetizó de ella Simeón en el templo de Jerusalén,
"una espada te traspasará el corazón" (Lc 2,
35).
María, Madre de Jesús y madre nuestra, ayúdanos a
experimentar en nuestras almas, en esta noche y siempre, ese sufrimiento lleno
de amor que te unió a la cruz de tu Hijo.
QUINTA ESTACIÓN: El Cirineo ayuda a Jesús a llevar
la cruz
Lectura
del Evangelio según San Lucas. 23, 26
Mientras lo conducían, echaron mano de un cierto Simón de
Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevase detrás
de Jesús.
MEDITACIÓN
Jesús debía de estar verdaderamente agotado; por eso los soldados
intentan remediarlo tomando al primer desventurado que encuentran y lo cargan
con la cruz. También en la vida de cada día, la cruz, bajo muchas formas
diversas -como una enfermedad o un accidente grave, la pérdida de una persona
querida o del trabajo- cae sobre nosotros a menudo sin esperarlo. Y nosotros
sólo vemos en ella una mala suerte o en el peor de los casos una desgracia.
Pero Jesús dijo a sus discípulos: "El que quiera
venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga"
(Mt 16,
24). No son palabras fáciles; más aún, en el contexto de la vida concreta son
las palabras más difíciles del Evangelio. Todo nuestro ser, todo lo que existe
dentro de nosotros, se revela contra semejantes palabras.
Sin embargo, Jesús sigue diciendo: "Si uno quiere
salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará" (Mt 16,
25). Detengámonos en este "por mí": aquí está toda la pretensión de
Jesús, la conciencia que él tenía de sí mismo y la petición que nos dirige a
nosotros. Él está en el centro de todo, él es el Hijo de Dios que es una sola
cosa con Dios Padre (cf. Jn 10,
30), él es nuestro único Salvador (cf. Hch 4,
12).
En efecto, con frecuencia sucede que lo que al comienzo
sólo parecía una mala suerte o una desgracia, luego se ha revelado como una
puerta que se ha abierto en nuestra vida llevándonos a un bien mayor. Pero no
siempre es así: a menudo, en este mundo, las desgracias no son más que pérdidas
dolorosas. Aquí de nuevo Jesús tiene algo que decirnos. O mejor, algo que le
sucedió: después de la cruz, resucitó de entre los muertos, y resucitó como
primogénito de muchos hermanos (cf. Rm 8,
29; 1 Co 15,
20). Sí, su cruz no se puede separar de su resurrección. Sólo creyendo en la
resurrección podemos recorrer de manera sensata el camino de la cruz.
SEXTA ESTACIÓN: La Verónica enjuga el rostro de
Jesús
Lectura del profeta Isaías. 53, 2 - 3
Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por
los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el
cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado.
MEDITACIÓN
Cuando la Verónica enjugó el rostro de Jesús con un paño,
ese rostro no debía ser ciertamente atractivo: era un rostro desfigurado. Sin
embargo, ese rostro no podía dejar indiferente, turbaba. Podía provocar burla y
desprecio, aunque también compasión e incluso amor, deseo de ayudarlo. La
Verónica es el símbolo de esos sentimientos.
A pesar de estar muy desfigurado, el rostro de Jesús es
siempre el rostro del Hijo de Dios. Es un rostro desfigurado por nosotros, por
el cúmulo enorme de la maldad humana. Pero es también un rostro desfigurado en
favor nuestro, que expresa el amor y la donación de Jesús y es espejo de la
misericordia infinita de Dios Padre.
En el rostro sufriente de Jesús vemos, además, otro cúmulo
gigantesco, el de los sufrimientos humanos. Y así el gesto de piedad de la
Verónica se convierte para nosotros en una provocación, en una exhortación
urgente: en la petición, dulce pero imperiosa, de no volver la cabeza hacia otra
parte, de mirar también nosotros a los que sufren, estén cerca o no. Y no sólo
mirar, sino ayudar. El Via Crucis de esta noche no será baldío si nos
lleva a realizar gestos concretos de amor y de solidaridad activa.
SÉPTIMA ESTACIÓN: Jesús cae
por segunda vez
Lectura del libro de los Salmos. 41, 6 - 10
Mis enemigos me desean lo peor: "A ver si se muere, y
se acaba su apellido". El que viene a verme, habla con fingimiento,
disimula su mala intención , y, cuando sale afuera, la dice. Mis adversarios se
reúnen a murmurar contra mí, hacen cálculos siniestros: "Padece un mal sin
remedio, se acostó para no levantarse". Incluso mi amigo, de quien yo me
fiaba, que compartía mi pan, es el primero en traicionarme.
MEDITACIÓN
Jesús cae de nuevo bajo el peso de la cruz. Cierto que
estaba agotado físicamente, pero estaba también herido mortalmente en su
corazón. Pesaba sobre él el rechazo de los que, desde el principio, se habían
opuesto obstinadamente a su misión. Pesaba el rechazo que, al final, le había
mostrado aquel pueblo que parecía estar lleno de admiración e incluso de
entusiasmo por él. Por eso, mirando a la ciudad santa que tanto amaba, Jesús
había exclamado: "¡Jerusalén, Jerusalén, ... cuántas veces quise reunir a
tus hijos a la manera que la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no
quisiste!" (Mt 23, 37). Pesaba terriblemente la
traición de Judas, el abandono de los discípulos en el momento de la prueba
suprema, pesaba en particular la triple negación de Pedro.
Sabemos bien que pesaba también sobre él la masa
innumerable de nuestros pecados, de las culpas que acompañan a la humanidad a
lo largo de los milenios.
Por eso, supliquemos a Dios, con humildad, pero también
con confianza: ¡Padre rico en misericordia, ayúdanos a no hacer todavía más
pesada la cruz de Jesús! En efecto, como escribió Juan Pablo II, de quien esta
noche se celebra el quinto aniversario de su muerte: "el límite impuesto
al mal, del que el hombre es artífice y víctima, es en definitiva la Divina
Misericordia" (Memoria e identità, p. 70).
OCTAVA ESTACIÓN: Jesús encuentra a las mujeres
de Jerusalén
Lectura del Evangelio según San Lucas. 23, 27 - 29. 31
Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se
daban golpes y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió a ellas y les dijo:
«Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros
hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: "Dichosas las
estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han
criado"...
Porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el
seco?».
MEDITACIÓN
En efecto, es Jesús quien tiene compasión de las mujeres
de Jerusalén, y de todos nosotros. Incluso llevando la cruz, Jesús sigue siendo
el hombre que tiene compasión de las multitudes (cf. Mc 8,
2), que prorrumpe en llanto ante la tumba de Lázaro (cf. Jn 11,
35), que proclama bienaventurados a los que lloran, porque serán consolados
(cf. Mt 5,
5).
Jesús se muestra como el único que conoce realmente el
corazón de Dios Padre y que por lo mismo nos lo puede dar a conocer a nosotros:
"nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera
revelar" (Mt 11, 27).
Desde los tiempos más remotos, la humanidad se ha
preguntado, a menudo con angustia, cuál es realmente la actitud de Dios hacia
nosotros: ¿una actitud de solicitud providencial, o por el contrario de
soberana indiferencia, o incluso de desdén y de odio? No podemos responder con
certeza a una pregunta de este tipo con el único recurso de nuestra
inteligencia, de nuestra experiencia y ni siquiera de nuestro corazón.
Por esto, Jesús -su vida y su palabra, su cruz y su
resurrección- es con mucho la realidad más importante de toda la existencia
humana, la luz que ilumina nuestro destino.
NOVENA ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez
Lectura del la segunda carta del apóstol San Pablo a los
Corintios. 5, 19-21
Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo
consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado el
mensaje de la reconciliación... En nombre de Cristo os pedimos que os
reconciliéis con Dios. Al que no había pecado, Dios lo hizo expiar nuestros
pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la salvación de Dios.
MEDITACIÓN
He aquí el motivo más profundo de las repetidas caídas de
Jesús: no sólo los sufrimientos físicos y las traiciones humanas, sino la
voluntad del Padre. Esa voluntad misteriosa y humanamente incomprensible, pero
infinitamente buena y generosa, por la cual Jesús se hizo "pecado por
nosotros"; todas las culpas de la humanidad recaen sobre él, realizándose
ese misterioso intercambio que hace de nosotros pecadores "justicia de
Dios".
Mientras tratamos de ensimismarnos en Jesús que camina y
cae bajo el peso de la cruz, es justo que experimentemos en nosotros
sentimientos de arrepentimiento y de dolor. Pero más fuerte aún debe ser la
gratitud que invade nuestra alma.
Sí, oh Señor, tú nos has rescatado, nos has librado, con
tu cruz nos has hecho justos ante Dios. Es más, nos has unido tan íntimamente
contigo, que has hecho de nosotros, en ti, los hijos de Dios, sus familiares y
amigos. Gracias, Señor, haz que la gratitud hacia ti sea la nota dominante de
nuestra vida.
DÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es
despojado de sus vestiduras
Lectura del Evangelio según San Juan. 19, 23 - 24
Los soldados... cogieron su ropa, haciendo cuatro partes,
una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura,
tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron: "No la rasguemos,
sino echemos a suertes a ver a quién le toca". Así se cumplió la Escritura:
"Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica".
MEDITACIÓN
Jesús es despojado de sus vestiduras: estamos en el acto
final de aquel drama, iniciado con la detención en el huerto de los olivos, a
través del cual Jesús es despojado de su dignidad de hombre, antes incluso que
de la de Hijo de Dios.
Muestran a Jesús desnudo a la vista de la gente de
Jerusalén y de toda la humanidad. En un sentido profundo, es justo que sea así:
él en efecto se despojó totalmente de sí mismo, para sacrificarse por nosotros.
Por eso el gesto de despojarlo de las vestiduras es también el cumplimiento de
la Sagrada Escritura.
Viendo a Jesús desnudo en la cruz, percibimos dentro de
nosotros una necesidad imperiosa: mirar sin velos dentro de nosotros mismos;
pero, antes de desnudarnos espiritualmente ante nosotros mismos, hacerlo ante
Dios y ante nuestros hermanos los hombres. Despojarnos de la pretensión de
aparecer mejores de lo que somos, para tratar en cambio de ser sinceros y
transparentes.
El comportamiento que, más que ningún otro indignaba a
Jesús era, en efecto, la hipocresía. Cuántas veces dijo a sus discípulos: no
hagáis "como los hipócritas" (Mt 6,
2.5.16), o a los que desacreditaban sus buenas acciones: "¡Ay de vosotros
hipócritas!" (Mt 23, 13.15.23.25.27.29).
Señor Jesús, desnudo en la cruz, ayúdame a estar yo
también desnudo ante ti.
UNDÉCIMA ESTACIÓN: Jesús
es clavado en la cruz
Lectura del Evangelio según San Marcos. 15, 25 - 27
Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de
la acusación estaba escrito: "El rey de los judíos". Crucificaron con
él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda.
MEDITACIÓN
Jesús es clavado en la cruz. Una tortura tremenda. Y
mientras está colgado en la cruz hay muchos que se burlan de él e incluso lo
provocan: «A otros ha salvado y él no se puede salvar... ¿No ha confiado en
Dios? Si tanto lo quiere Dios, que lo libere ahora. ¿No decía que era Hijo de
Dios?» (Mt 27,
42-43). Así se mofaban no sólo de su persona, sino también de su misión de
salvación, la misión que Jesús estaba llevando a cumplimiento precisamente en
la cruz.
Pero, en su interior, Jesús experimenta un sufrimiento
incomparablemente mayor, que le hace prorrumpir en un grito: "Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15,
34). Se trata, en verdad, de las palabras inciales de un salmo, que se concluye
con la reafirmación de la plena confianza en Dios. Y, sin embargo, son palabras
que hay que tomar totalmente en serio, ya que expresan la prueba más grande a
la que fue sometido Jesús.
Cuántas veces, frente a una prueba, pensamos que hemos
sido olvidados o abandonados por Dios. O incluso estamos tentados a concluir
que Dios no existe.
El Hijo de Dios, que bebió hasta el fondo su amargo cáliz
y luego resucitó de entre los muertos, nos dice, en cambio, con todo su ser,
con su vida y su muerte, que debemos fiarnos de Dios. En él sí que podemos
creer.
DUODÉCIMA ESTACIÓN: Jesús muere en la cruz
Lectura del Evangelio según San Juan. 19, 28 - 30
Sabiendo Jesús que todo había llegado a su término, para que
se cumpliera la Escritura dijo: "Tengo sed". Había allí un jarro
lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de
hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
"Está cumplido". E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
MEDITACIÓN
Cuando la muerte llega después de una dolorosa enfermedad,
se suele decir con alivio: "Ha terminado de sufrir". En cierto
sentido, estas palabras sirven también para Jesús. Sin embargo, frente a la
muerte de cualquier hombre y mucho más de ese hombre que es el Hijo de Dios,
son palabras demasiado limitadas y superficiales.
Efectivamente, cuando Jesús muere, el velo del templo de
Jerusalén se rasga en dos mientras tienen lugar otros signos, que hacen
exclamar al centurión romano que estaba de guardia en la cruz: "Realmente
éste era Hijo de Dios" (cf. Mt 27,
51-54).
En realidad, nada hay tan oscuro y misterioso como la
muerte del Hijo de Dios, que junto con Dios Padre es la fuente y la plenitud de
la vida. Pero, tampoco hay nada tan luminoso, porque aquí resplandece la gloria
de Dios, la gloria del Amor omnipotente y misericordioso.
Frente a la muerte de Jesús, nuestra respuesta es el
silencio de la adoración. Así nos encomendamos a él, nos ponemos en sus manos,
pidiéndole que nunca nada, tanto en la vida como en la muerte, nos pueda
separar de él (cf. Rom 8,
38-39).
DECIMOTERCERA ESTACIÓN: Jesús es bajado de la
cruz y entregado a su Madre
Lectura del
Evangelio según San Juan. 2, 1 - 5
Había una boda en Caná de Galilea y la madre de Jesús
estaba allí; Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó
el vino y la madre de Jesús le dijo: "No les queda vino". Jesús le
contestó: "Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora". Su madre
dijo a los sirvientes: "Haced lo que él diga".
MEDITACIÓN
La hora de Jesús ya se ha cumplido y Jesús es depuesto de
la cruz. Los brazos de su Madre están prontos para acogerlo. Después de haber
gustado hasta el final la soledad de la muerte, Jesús encuentra enseguida -en
su cuerpo exánime- al más fuerte y dulce de sus vínculos humanos, el calor del
afecto de su Madre. Los mejores artistas, pensemos en la Piedad de Miguel
Ángel, han sabido captar y expresar la profundidad y la fuerza indestructible
de este vínculo.
Recordando que María, al pie de la cruz, se ha convertido
en madre de cada uno de nosotros, le pedimos que ponga en nuestro corazón los
sentimientos que la unen a Jesús. En efecto, para ser verdaderamente
cristianos, para poder seguir de verdad a Jesús, hay que estar unidos a él con
todo lo que hay dentro de nosotros: la mente, la voluntad, el corazón, nuestras
pequeñas y grandes opciones cotidianas.
Sólo así Dios podrá ocupar el centro de nuestra vida, sin
quedar reducido a una consolación que, aunque esté siempre a mano, no
interfiera con los intereses concretos que nos impulsan a actuar.
DECIMOCUARTA ESTACIÓN: Jesús es colocado en el
sepulcro
Lectura del Evangelio según San Mateo. 27, 57-60
Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado
José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el
cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo
de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se
había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y
se marchó.
MEDITACIÓN
Con la piedra que cierra la entrada del sepulcro, parece
que todo haya acabado realmente. ¿Pero podía quedar prisionero de la muerte el
Autor de la vida? Por eso, el sepulcro de Jesús, desde entonces hasta hoy, no
sólo se ha convertido en el objeto de la más conmovedora devoción, sino que
también ha provocado la más profunda división de las inteligencias y de los
corazones: aquí se divide el camino que separa a los que creen en Cristo de los
que, por el contrario, no creen en él, aunque a menudo lo consideren un hombre
maravilloso.
Efectivamente, aquel sepulcro quedó vacío muy pronto y
jamás se ha podido encontrar una explicación convincente de por qué quedó
vacío, excepto la que dieron María Magdalena, Pedro y los otros Apóstoles, los
testigos de Jesús resucitado de entre los muertos.
Ante el sepulcro de Jesús detengámonos en oración,
pidiendo a Dios esos ojos de la fe que nos permitan unirnos a los testigos de
la resurrección. Así, el camino de la cruz se convertirá también para nosotros
en fuente de vida.
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