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No os llamo ya
siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo;
a vosotros os he
llamado amigos
(Jn 15,15).
Había comido Jesús con
ellos; también había comido con otros, pecadores o no. Habían andado juntos
muchos caminos; otros también anduvieron, aunque fueran sólo tramos. Habían
orado juntos, Él les había enseñado y les había hecho llamar al Padre Abba. Eran sus seguidores, sus
discípulos, "los suyos". Pero sólo cuando les confía su sufrimiento
son amigos, sólo cuando saben lo que le sucede salen de la ignorancia del
siervo, y al poder compartir el dolor, se hacen amigos. Cuántas, cuántas veces
los sucesos trascendentales se entienden mirando hacia atrás, y a menudo
demasiado tarde. 
Jesús, el Maestro, no es el
amo, sino el Amigo. La mayor prueba de ello es permitir que conozcan su dolor,
que sufran su mismo sufrimiento. Dejar que otro beba del cáliz del dolor propio
es la mayor comunión, las arras de la amistad, lazo de amor que no se desanuda.
Delicioso es beber con el amigo el vino de la fiesta, pero me parece más
embriagador -ebriedad de amor- beber la copa del dolor. Y quizá no sea igual el
amigo que pudiera pedir: "Déjame beber de tu alegría" que el que
dijera: "Dame del cáliz de tu sufrimiento". Sufro porque sufres,
déjame saber tu dolor no para consolarte, que hay dolor que no tiene consuelo
ni lo quiere, como el llanto de Raquel, sino para tener tu misma herida, para
poder llevar la marca de tu sufrimiento.
El Maestro hace el regalo
de desvelar su padecer. Sabe que cuando llegue la aflicción más profunda, ese
conocimiento trocará la amargura en dulzura y será tesoro para abrazar en lo
más íntimo del ser como prenda del amor más callado, más hondo, más
inconmovible; que será el único alivio cuando arrecie tanto la angustia que lo
anegue todo: Me dejó compartir su dolor y por eso sé que me quiere.
¡Cuánta fuerza da creerlo!
¡Cuánta derrota, incluso sin combate, darlo por perdido! Mientras no nos den
del cáliz del dolor, mientras no demos del nuestro, somos simples conocidos que
simpatizan más o menos; en el mejor de los casos, estamos en la honrosa
condición de siervo. Pero no de amigo.
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