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Queridos hermanos y hermanas
El sacramento es el centro del
culto de la
Iglesia. Sacramento significa, en primer lugar, que no somos
los hombres los que hacemos algo, sino que es Dios el que se anticipa y viene a
nuestro encuentro con su actuar, nos mira y nos conduce hacia él. Pero hay algo
todavía más singular: Dios nos toca por medio de realidades materiales, a
través de dones de la creación, que él toma a su servicio, convirtiéndolos en
instrumentos del encuentro entre nosotros y él mismo.

Los elementos de la
creación, con los cuales se construye el cosmos de los sacramentos, son cuatro:
el agua, el pan de trigo, el vino y el aceite de oliva. El agua, como elemento
básico y condición fundamental de toda vida, es el signo esencial del acto por
el que nos convertimos en cristianos en el bautismo, del nacimiento a una vida
nueva. Mientras que el agua, por lo general, es el elemento vital, y representa
el acceso común de todos al nuevo nacimiento como cristianos, los otros tres
elementos pertenecen a la cultura del ambiente mediterráneo. Nos remiten así al
ambiente histórico concreto en el que el cristianismo se desarrolló. Dios ha
actuado en un lugar muy determinado de la tierra, verdaderamente ha hecho
historia con los hombres. Estos tres elementos son, por una parte, dones de la
creación pero, por otra, están relacionados también con lugares de la historia
de Dios con nosotros. Son una síntesis entre creación e historia: dones de Dios
que nos unen siempre con aquellos lugares del mundo en los que Dios ha querido
actuar con nosotros en el tiempo de la historia, y hacerse uno de nosotros.
En estos tres
elementos hay una nueva gradación. El pan remite a la vida cotidiana. Es el don
fundamental de la vida diaria. El vino evoca la fiesta, la exquisitez de la
creación y, al mismo tiempo, con el que se puede expresar de modo particular la
alegría de los redimidos. El aceite de oliva tiene un amplio significado. Es
alimento, medicina, embellece, prepara para la lucha y da vigor. Los reyes y
sacerdotes son ungidos con óleo, que es signo de dignidad y responsabilidad, y
también de la fuerza que procede de Dios. El misterio del aceite está presente
en nuestro nombre de "cristianos". En efecto, la palabra
"cristianos", con la que se designaba a los discípulos de Cristo ya
desde el comienzo de la Iglesia
que procedía del paganismo, viene de la palabra "Cristo" (cf. Hch 11,20-21), que es la traducción griega
de la palabra "Mesías", que significa "Ungido". Ser
cristiano quiere decir proceder de Cristo, pertenecer a Cristo, al Ungido de
Dios, a Aquel al que Dios ha dado la realeza y el sacerdocio. Significa
pertenecer a Aquel que Dios mismo ha ungido, pero no con aceite material, sino
con Aquel al que el óleo representa: con su Santo Espíritu. El aceite de oliva
es de un modo completamente singular símbolo de cómo el Hombre Jesús está
totalmente colmado del Espíritu Santo.
En la Misa crismal del Jueves Santo
los óleos santos están en el centro de la acción litúrgica. Son consagrados por
el Obispo en la catedral para todo el año. Así, expresan también la unidad de la Iglesia, garantizada por
el Episcopado, y remiten a Cristo, el verdadero «pastor y guardián de nuestras
almas», como lo llama san Pedro (cf. 1
P 2,25). Al mismo tiempo, dan
unidad a todo el año litúrgico, anclado en el misterio del Jueves santo. Por
último, evocan el Huerto de los Olivos, en el que Jesús aceptó interiormente su
pasión. El Huerto de los Olivos es también el lugar desde el cual ascendió al
Padre, y es por tanto el lugar de la redención: Dios no ha dejando a Jesús en
la muerte. Jesús vive para siempre junto al Padre y, precisamente por esto, es
omnipresente, y está siempre junto a nosotros. Este doble misterio del monte de
los Olivos está siempre "activo" también en el óleo sacramental de la Iglesia. En cuatro
sacramentos, el óleo es signo de la bondad de Dios que llega a nosotros: en el
bautismo, en la confirmación como sacramento del Espíritu Santo, en los
diversos grados del sacramento del orden y, finalmente, en la unción de los
enfermos, en la que el óleo se ofrece, por decirlo así, como medicina de Dios,
como la medicina que ahora nos da la certeza de su bondad, que nos debe
fortalecer y consolar, pero que, al mismo tiempo, y más allá de la enfermedad,
remite a la curación definitiva, la resurrección (cf. St 5,14). De este modo, el óleo, en sus
diversas formas, nos acompaña durante toda la vida: comenzando por el
catecumenado y el bautismo hasta el momento en el que nos preparamos para el
encuentro con Dios Juez y Salvador. Por último, la Misa crismal, en la que el
signo sacramental del óleo se nos presenta como lenguaje de la creación de
Dios, se dirige, de modo particular, a nosotros los sacerdotes: nos habla de
Cristo, que Dios ha ungido Rey y Sacerdote, de Aquel que nos hace partícipes de
su sacerdocio, de su "unción", en nuestra ordenación sacerdotal.
Quisiera brevemente
explicar el misterio de este signo santo en su referencia esencial a la
vocación sacerdotal. Ya desde la antigüedad, en la etimología popular se ha
unido la palabra griega "elaion", aceite, con la palabra
"eleos", misericordia. De hecho, en varios sacramentos, el
óleo consagrado es siempre signo de la misericordia de Dios. Por tanto, la
unción para el sacerdocio significa también el encargo de llevar la
misericordia de Dios a los hombres. En la lámpara de nuestra vida nunca debería
faltar el óleo de la misericordia. Obtengámoslo oportunamente del Señor, en el
encuentro con su Palabra, al recibir los sacramentos, permaneciendo junto a él
en oración.
Mediante la historia
de la paloma con el ramo de olivo, que anunciaba el fin del diluvio y, con
ello, el restablecimiento de la paz de Dios con los hombres, no sólo la paloma,
sino también el ramo de olivo y el aceite mismo, se transformaron en símbolo de
la paz. Los cristianos de los primeros siglos solían adornar las tumbas de sus
difuntos con la corona de la victoria y el ramo de olivo, símbolo de la paz.
Sabían que Cristo había vencido a la muerte y que sus difuntos descansaban en
la paz de Cristo. Ellos mismos estaban seguros de que Cristo, que les había
prometido la paz que el mundo no era capaz de ofrecerles, estaba esperándoles.
Recordaban que la primera palabra del Resucitado a los suyos había sido: «Paz a
vosotros» (Jn 20,19). Él
mismo lleva, por así decir, el ramo de olivo, introduce su paz en el mundo.
Anuncia la bondad salvadora de Dios. Él es nuestra paz. Los cristianos deberían
ser, pues, personas de paz, personas que reconocen y viven el misterio de la
cruz como misterio de reconciliación. Cristo no triunfa por medio de la espada,
sino por medio de la cruz. Vence superando el odio. Vence mediante la fuerza
más grande de su amor. La cruz de Cristo expresa su "no" a la
violencia. Y, de este modo, es el signo de la victoria de Dios, que anuncia el
camino nuevo de Jesús. El sufriente ha sido más fuerte que los poderosos. Con
su autodonación en la cruz, Cristo ha vencido la violencia. Como sacerdotes
estamos llamados a ser, en la comunión con Jesucristo, hombres de paz, estamos
llamados a oponernos a la violencia y a fiarnos del poder más grande del amor.
Al simbolismo del
aceite pertenece también el que fortalece para la lucha. Esto no contradice el
tema de la paz, sino que es parte de él. La lucha de los cristianos consistía y
consiste no en el uso de la violencia, sino en el hecho de que ellos estaban y
están todavía dispuestos a sufrir por el bien, por Dios. Consiste en que los
cristianos, como buenos ciudadanos, respetan el derecho y hacen lo que es justo
y bueno. Consiste en que rechazan lo que en los ordenamientos jurídicos
vigentes no es derecho, sino injusticia. La lucha de los mártires consistía en
su "no" concreto a la injusticia: rechazando la participación en el
culto idolátrico, en la adoración del emperador, no aceptaban doblegarse a la
falsedad, a adorar personas humanas y su poder. Con su "no" a la falsedad
y a todas sus consecuencias han realzado el poder del derecho y la verdad. Así
sirvieron a la paz auténtica. También hoy es importante que los cristianos
cumplan el derecho, que es el fundamento de la paz. También hoy es importante
para los cristianos no aceptar una injusticia, aunque sea retenida como
derecho, por ejemplo, cuando se trata del asesinato de niños inocentes aún no
nacidos. Así servimos precisamente a la paz y así nos encontramos siguiendo las
huellas de Jesús, del que san Pedro dice: «Cuando lo insultaban, no devolvía el
insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del
que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que,
muertos al pecado, vivamos para la justicia» (1 P 2,23s.).
Los Padres de la Iglesia estaban fascinados
por unas palabras del salmo 45 [44], según la tradición el salmo nupcial de
Salomón, que los cristianos releían como el salmo de bodas de Jesucristo, el
nuevo Salomón, con su Iglesia. En él se dice al Rey, Cristo: «Has amado la
justicia y odiado la impiedad: por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido con
aceite de júbilo entre todos tus compañeros» (v.8). ¿Qué es el aceite de júbilo
con el que fue ungido el verdadero Rey, Cristo? Los Padres no tenían ninguna
duda al respecto: el aceite de júbilo es el mismo Espíritu Santo, que fue
derramado sobre Jesucristo. El Espíritu Santo es el júbilo que procede de Dios.
Cristo derrama este júbilo sobre nosotros en su Evangelio, en la buena noticia
de que Dios nos conoce, de que él es bueno y de que su bondad es más poderosa
que todos los poderes; de que somos queridos y amados por Dios. La alegría es
fruto del amor. El aceite de júbilo, que ha sido derramado sobre Cristo y por
él llega a nosotros, es el Espíritu Santo, el don del Amor que nos da la
alegría de vivir. Ya que conocemos a Cristo y, en Cristo, a Dios, sabemos que
es algo bueno ser hombre. Es algo bueno vivir, porque somos amados. Porque la
verdad misma es buena.
En la Iglesia antigua, el aceite
consagrado fue considerado de modo particular como signo de la presencia del
Espíritu Santo, que se nos comunica por medio de Cristo. Él es el aceite de
júbilo. Este júbilo es distinto de la diversión o de la alegría exterior que la
sociedad moderna anhela. La diversión, en su justa medida, es ciertamente buena
y agradable. Es algo bueno poder reír. Pero la diversión no lo es todo. Es sólo
una pequeña parte de nuestra vida, y cuando quiere ser el todo se convierte en
una máscara tras la que se esconde la desesperación o, al menos, la duda de que
la vida sea auténticamente buena, o de si tal vez no habría sido mejor no haber
existido. El gozo que Cristo nos da es distinto. Es un gozo que nos proporciona
alegría, sí, pero que sin duda puede ir unido al sufrimiento. Nos da la
capacidad de sufrir y, sin embargo, de permanecer interiormente gozosos en el
sufrimiento. Nos da la capacidad de compartir el sufrimiento ajeno, haciendo
así perceptible, en la mutua disponibilidad, la luz y la bondad de Dios.
Siempre me hace reflexionar el episodio de los Hechos de los Apóstoles, en el
que los Apóstoles, después de que el sanedrín los había mandado flagelar,
salieron «contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús» (Hch 5,41). Quien ama está siempre
dispuesto a sufrir por el amado y a causa de su amor y, precisamente así,
experimenta una alegría más profunda. La alegría de los mártires era más grande
que los tormentos que les infligían. Este gozo, al final, ha vencido y ha
abierto a Cristo las puertas de la historia. Como sacerdotes, como dice San
Pablo, «contribuimos a vuestro gozo» (2 Co 1,24). En el fruto del olivo, en el
óleo consagrado, nos alcanza la bondad del Creador, el amor del Redentor.
Pidamos que su júbilo nos invada cada vez más profundamente y que seamos
capaces de llevarlo nuevamente a un mundo que necesita urgentemente el gozo que
nace de la verdad. Amén.
[00450-04.01] [Texto
original: Italiano]
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