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Entra en Getsemaní, en el Huerto
donde impera la noche, la tristeza, el agotamiento, el desaliento. Pocas
escenas del Evangelio representan con más realismo la experiencia del hombre
moderno y con frecuencia la experiencia de la comunidad cristiana, que el
Huerto de los Olivos en la noche de la traición. 
Tres avisos quedan grabados en la
memoria de los evangelistas como enseñanza del Maestro, que no habla de
memoria, sino que comparte el secreto con los suyos, para que salgan vencedores
en la tentación.
El primer secreto: «Sentaos aquí,
mientras voy allá a orar» (Mt 26, 36). «Mi alma está triste hasta el punto de
morir; quedaos aquí y velad conmigo» (Mt 26, 38).
Jesús ha necesitado la compañía
humana, amiga, aunque ésta se queda a una distancia infranqueable. Nos enseña
que en algunos momentos de la vida es muy importante tener próximos a los
amigos, poder decirles el corazón, expresar
el sentimiento más íntimo.
Jesús no es el invulnerable, el
valiente insensible, el fuerte solitario. Nos ha enseñado que es buena la
amistad, que es necesaria la comunidad, que es mandamiento el amor mutuo. ¡Cómo
ayuda saber que están junto a ti los que te quieren, aunque no pueda ser en
cercanía física!
Jesús invitó a sus discípulos a
acompañarlo. Muchas otras veces se había retirado Él solo al monte, en la
espesura de la noche y en las latitudes del descampado, para orar. Esta noche
nos dice que en los momentos recios es bueno tener cerca a los que amas.
El segundo secreto: «Pedid que no
caigáis en tentación» (Lc 22, 40). «¿Cómo es que estáis dormidos? Levantaos y
orad para que no caigáis en tentación» (Lc 22, 46). «Simón, ¿duermes?, ¿ni una
hora has podido velar? Velad y orad, para que no caigáis en tentación; que el
espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mc 14, 37-38).
Jesús reconoce nuestra
vulnerabilidad, Él se sabe también frágil y comprende muy bien los sentimientos
humanos, las reacciones psicológicas evasivas. El sueño es manifestación de defensa.
No se resuelve el problema evadiéndolo, ni dejando pasar las cosas sin
afrontarlas, ni reaccionando de manera inconsciente.
Jesús recomienda dos actitudes
para el momento de la prueba, la vigilancia y la oración. Hay veces que
acontece lo peor por no estar atentos, porque se descuidan la sensibilidad y la
prudencia. La astucia, la cautela, la vigilia son referencias evangélicas
frente a los que puedan hacernos daño.
Jesús insiste en la oración. Los
humanos consuelan. Los amigos son necesarios, pero el Maestro nos deja como
testamento una llamada apremiante para la hora oscura. En el tiempo de las
tinieblas, la luz proviene de la oración, de la súplica, del grito de socorro,
con la certeza de saberse escuchado. El creyente ora y atraviesa el cerco del abismo
hablando con Dios.
El tercer secreto: «¡Abbá, Padre!
Todo es posible para ti; aparta de mí esta copa, pero no sea lo que yo quiero,
sino lo que quieras tú» (Mc 14, 36). «Padre mío, si es posible, que pase de mí
esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mt 26, 39). «Padre,
si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya»
(Lc 22, 42).
Jesús clama: “¡Abba!” Éste es el
desafío más grande que tiene el cristiano. En cualquier circunstancia, siempre,
el creyente sabe que tiene por Padre a Dios, y desde esta certeza se atreve a
abrazar unos acontecimientos que se muestran terribles.
Jesús nos ha enseñado a orar, y
cuando nos ha apremiado a hacerlo, deberemos recordar su lección. Cuando oréis,
decid: “Padre Nuestro”. Si nosotros, que somos malos, nos compadecemos de los
que sufren, Dios ¿no va a tener compasión de nosotros? El creyente llega a
sentir, en medio de la oscuridad y de las tinieblas, el cayado del Buen Pastor.
En la noche suprema, Jesús se
abrazó a la voluntad de su Padre. Es la sabiduría cristiana por excelencia, que
no se haga mi voluntad, sino la de Dios. Y en la peor encrucijada, no pedir
otra cosa que lo que Dios quiera, y nos sorprenderemos de la fuerza que nos
asiste y de la paz que nos acompaña.
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