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Misa Crismal 2010 Imprimir E-Mail
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Escrito por + José Sánchez González   
miércoles, 31 de marzo de 2010

 Introducción: Celebramos la denominada Misa Crismal, Eucaristía, en que, como en todas las demás, escucharemos la palabra de Dios, compartiremos el Cuerpo y Sangre de Cristo y, además, bendeciremos los Santos Óleos y consagraremos el Santo Crisma, que serán usados en toda la diócesis, hasta el próximo Martes Santo, para varios Sacramentos y otras acciones litúrgicas, como consagración de templos y altares.

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 Desplazada esta celebración al Martes Santo desde el Jueves Santo, que es su lugar propio, en atención a los sacerdotes encargados de parroquias y de comunidades, que no podrían venir en su día, esta Eucaristía sigue teniendo su significado, propio del Día de Jueves Santo, Día del Amor Fraterno, de la Institución de la Eucaristía y del Sacerdocio. Es, por lo mismo, un día y un momento muy especial para los sacerdotes por una doble razón: por la institución del Sacerdocio en aquel día de la Cena del Señor y por su condición de ministros, en cuyas manos se depositan estos santos Óleos y este Santo Crisma. Ellos, en comunión con el Obispo, que hoy los bendice o consagra y se los entrega, los tratarán dignamente y los administrarán con fidelidad.

 

 Pero tiene esta celebración un significado especial también para los demás cristianos, bautizados y ungidos doblemente con el Óleo de los Catecúmenos y con el Crisma, confirmados y, por tanto, ungidos nuevamente con el Santo Crisma, y para algunos, por razón de enfermedad o de edad, ungidos también con el Óleo de la Unción de enfermos o candidatos a ser ungidos un día.

 

 Dos circunstancia, además, concurren hoy relacionadas con esta celebración: La primea es que estamos dentro de la celebración del Año Santo Sacerdotal, instituido y proclamado por nuestro Santo padre el Papa Benedicto XVI el pasado 19 de junio de 2009, año que afecta principalmente, pero no solamente, a los sacerdotes, sino también a todos los fieles, pues nada propio de los sacerdotes es ajeno o indiferente a los demás miembros del pueblo de Dios.

 

 La otra circunstancia, también muy importante, es que, dentro de nuestro Plan Pastoral Diocesano, con el título de “Para que tengan vida”, dedicamos el presente curso pastoral a intensificar la atención y especial cuidado de los Sacramentos de la Iniciación Cristiana – Bautismo, Confirmación y Primera Eucaristía – dos de ellos íntimamente relacionados con el Óleo de los Catecúmenos y con el Santo Crisma.

 

 Otra circunstancia sobrevenida, que esperemos pase pronto y se resuelva digna y justamente es la actual situación de los sacerdotes en la opinión pública o publicada, ocasionada por los terribles delitos de abusos de menores por parte de algunos sacerdotes, circunstancia lamentable y condenable, a la que se añade la desmesura, extrapolación y, a veces, injusta y falsa atribución a personas inocentes; circunstancia que tiene el peligro de crear un ambiente generalizado, que puede desmoralizar a sacerdotes que tienen un comportamiento correcto y ejemplar.

 

 Hago esta larga introducción para que, aunque no pueda entrar en detalle en todos estos puntos, los tengamos todos muy en cuenta, por lo menos en nuestra oración y en nuestro compromiso con el sacerdocio y con los sacerdotes. Sin más, paso a ofreceros una reflexión sobre algunos puntos relacionados con la palabra de Dios que acaba de ser proclamada y con la Eucaristía y bendiciones que celebramos.

 

1. Ungidos por el Ungido

 

 ¿Qué relación guarda el Año Santo Sacerdotal con los Santos Óleos y, sobre todo con el Crisma que consagramos hoy? Recodamos que el Santo Padre, al establecer el Año Santo Sacerdotal, señaló como lema y título: Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote y escribió una preciosa carta a los sacerdotes, con fecha 19 de junio de 2009, exhortándonos a dejarnos conquistar por Cristo, al estilo de San Pablo y del Santo Cura de Ars, de cuya muerte celebramos el 150º aniversario

 

 El Papa nos señalaba cuatro objetivos para este Año Jubilar Sacerdotal; a saber: Favorecer la tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual; es decir la búsqueda de la santidad. Renovar la fidelidad del sacerdote hacia Cristo en su Iglesia. Ayudar a percibir cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad. Conocer mejor la figura del San Juan María Vianney en el 150º Aniversario de su muerte como modelo de santidad sacerdotal.

 

 No se trataría ahora de hacer un examen de conciencia e intentar rápidamente propósito de la enmienda o un cambio acelerado “para aprobar el curso”, antes que termine el próximo 11 de Junio, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Pero sí que nos ofrece la celebración de la Misa Crismal la oportunidad de hacernos la doble pregunta: ¿Que significa para nosotros Cristo, el Ungido y el que nos ha ungido y qué significa nuestra unción?

 

 El Evangelio de San Lucas, según el cual Jesús hace suyas las palabras de Isaías en la Sinagoga de Nazaret, nos revela la naturaleza y la misión de Jesús, ungido, es decir constituido por la unción por el Espíritu en el verdadero Mesías, el Cristo, que significa lo mismo; el Profeta, que habla en nombre de Dios, Palabra de Dios; el Enviado a proclamar la Buena Noticia, el Evangelio de Dios y que ha de acreditar su misión sanando, curando y liberando a los hombres de toda esclavitud y dolencia Para terminar diciendo Jesús: “Hoy se cumple esta palabra que acabáis de oír”.

 

 Este hoy para todos nosotros comenzó en el Bautismo y para los presbíteros tomó una especial relevancia el día de nuestra Ordenación sacerdotal. Esta nuestra especial relación con Cristo, con el Ungido, no es una vestidura “de quita y pon”, ni un encargo, al estilo de una profesión, que se ejerce, mientras uno, en realidad, es otro: padre, madre, esposo, esposa, en su identidad personal, mientras el oficio es algo añadido, que un día acaba. Lo nuestro es una nueva configuración del ser, no solo del quehacer; no hay dualidad entre el ser y el oficio. Somos sacerdotes, no sólo ejercemos de sacerdotes. Estamos configurados con Cristo por la unción sacramental y la imposición de manos, que significan y transmiten el Espíritu y por él el ministerio de ser y actuar en la persona de Cristo Cabeza de su Iglesia.

 

 La tensión espiritual, señalada por el Papa como primer objetivo para este año sacerdotal significa precisamente la exigencia inherente a nuestra condición de sacerdotes de tender permanentemente a la identificación con Cristo, Sacerdote, Maestro, Pastor y Esposo de la Iglesia, en nuestro obrar y en nuestro ser.

 

 No nos es permitido fabricarnos el sacerdocio en su ser y en el ministerio a nuestra medida, capricho o según las exigencias del momento. Hemos recibido un don que tiene en sí y en el dador inscrito y expreso el programa y la medida

 San Juan María Vianney expresaba esta realidad con frecuencia diciendo: "El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús". Frase que recoge el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (n.1589). También decía: "¡Oh, qué cosa tan grande es el sacerdocio! No se comprenderá bien más que en el cielo... Si se entendiera en la tierra, se moriría, no de susto, sino de amor". Otra frase suya es: "Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina".

 2. Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote

 Sólo desde una concepción así del sacerdote puede entenderse la expresión que el Papa utiliza como lema para este Año Jubilar Sacerdotal: Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote. Parece a primera vista exagerado exigir al sacerdote una fidelidad como la de Cristo, siendo Él el Hijo de Dios y nosotros unos pobres pecadores, frágiles y limitados. Se trata, más que de una comparación, que nunca se adecuará plenamente, de una meta a la que hay que aspirar, conscientes, además de que la fidelidad de Cristo será la causa y la fuente de inspiración de nuestra fidelidad, cuya adquisición constituirá tarea de por vida y cuya medida siempre será incomparablemente menor que la fidelidad de Cristo, pero es de la misma naturaleza, porque es don de Dios, que hay que pedir constante e insistentemente.

 La fidelidad se siente permanentemente acechada por la infidelidad, al estilo del pueblo de Israel, siempre tentado por la afición a los ídolos y dioses extraños y por la fácil tendencia a romper la Alianza, faltando a la palabra dada.

 También pone Dios a nuestro alcance los medios para mantenernos fieles. En definitiva, son todos aquellos que nos mantienen cerca y en permanente contacto con la fuente y el modelo perfecto de fidelidad, que es el mismo Señor. De ahí la necesidad de ser asiduos en la oración, fieles en la lectura y contemplación de la palabra de Dios, en la recepción de los Sacramentos, en la devoción a la Madre de Dios y nuestra Madre, en el esmerado ejercicio de nuestro ministerio, en el servicio a nuestros hermanos como si del mismo Cristo se tratara, porque así nos lo ha dicho Él.

 En definitiva, se trata de que nos mantengamos en comunión con el Señor; comunión que no es separable, sino que va necesariamente unida, por nuestra condición sacramental con la comunión en la Iglesia, es decir, con el Obispo y, por él, con el Papa, con los hermanos presbíteros y con todo el pueblo de Dios, especialmente con la comunidad que nos ha sido encomendada

 3. Enviados a anunciar el Evangelio de la Soberanía de Dios y a sanar y liberar

 Siguiendo con el Evangelio de San Lucas, Jesús, el Ungido por el Espíritu, se siente enviado a proclamar el Evangelio y a curar y liberar a los hermanos. Se ponen de relieve dos aspectos esenciales del ministerio del Mesías, de Cristo, que son también esenciales en nuestro ministerio; a saber la importancia primordial de la palabra de Dios y la verificación de esa palabra en los signos que habrán de acompañarla.

 Poniendo en correlación la segunda lectura y el Evangelio, lo primero que aparece es que somos ministros de la palabra de Dios, que la recibimos del que es el Principio y Fin, el Alfa y la Omega y que esta palabra y nuestro encargo de actuar han de estar siempre inspirados y encaminados a la instauración de la Soberanía de Dios y de su Cristo.

 Otra consecuencia que se deduce, confirmada por las escenas del Envío del Señor a sus discípulos, tanto antes como después de la Resurrección, es la íntima conexión, relación y equilibrio entre el servicio de la palabra y la acción sanante y liberadora, que se transparenta en la propia vida del profeta o del sacerdote.

 No olvidemos que es palabra de Dios, en cuyo servicio hemos de poner un especial empeño, y no sólo en nuestro ministerio como maestros, catequistas, predicadores, consejeros, sino también cuando ejercemos como sacerdotes de los sagrados misterios, que tienen siempre los aspectos: la palabra pronunciada y el signo, que también tiene la función de la palabra, es decir manifestar de modo perceptible lo que sucede.

 También es palabra nuestra acción percibida como la manifestación de Dios por la acción de sus discípulos y ministros y también puede ser palabra muy elocuente nuestro silencio, cuando escuchamos, cuando oramos y cuando sabemos callar a tiempo.

 4. Ministerio y testimonio de vida

 Basten, como cometario, las palabras de tres Papas: La conocida cita de Pablo VI, recogida y comentada por Benedicto XVI en su citada Carta a los Presbíteros y otra cita de Juan XXIII.

 Dice Benedicto XVI: “En la actualidad, como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes, con su vida y obras, se distingan por un rigoroso testimonio evangélico. Pablo VI ha observado oportunamente:"El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan, es porque dan testimonio".

 Para que no nos quedemos existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro ministerio, debemos preguntarnos constantemente: "¿Estamos realmente impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma nuestro pensamiento?". Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros días los sacerdotes están llamados a asimilar el "nuevo estilo de vida" que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo. La identificación sin reservas con este "nuevo estilo de vida" caracterizó
la dedicación al ministerio del Cura de Ars.

 El Papa Juan XXIII en su Carta encíclica "Sacerdotii nostri primordia” publicada en 1959, primer centenario de la muerte de centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su fisonomía
ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos,
considerados como necesarios también para los presbíteros. Dice así: "Y, si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud del
estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a
él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real
de la santificación cristiana. El Cura de Ars supo vivir los "consejos evangélicos "de acuerdo a su condición de presbítero” Termino aquí la cita por no alargarme demasiado.

 

 Finalmente, el Papa Benedicto XVI, en su Discurso a Sacerdotes en el Congreso de Congregación del Clero, el 12de Marzo de 2010, escribe: “Queridos sacerdotes, los hombres y las mujeres de nuestro tiempo sólo nos piden que seamos sacerdotes de verdad y nada más. Los fieles laicos encontrarán en muchas otras personas aquello que humanamente necesitan, pero sólo en el sacerdote podrán encontrar la Palabra de Dios que siempre deben tener en los labios (cf. Presbyterorum ordinis, 4); la misericordia del Padre, abundante y gratuitamente dada en el sacramento de la Reconciliación; y el Pan de vida nueva, "alimento verdadero dado a los hombres" (cf. Himno del Oficio en la solemnidad del Corpus Christi del Rito romano)

 5. Ayudar a percibir cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad

 Esta llamada del Papa me da pie para tratar muy someramente el objetivo formulado por el Papa como “Ayudar a percibir cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad”. Son necesarias, tanto la propia estima, como la estima de los demás para con el sacerdote. No se trata de una tonta vanidad o presunción; pero, para el propio equilibrio y como testimonio para que los demás valoren al sacerdote, es necesario que el propio sacerdote tenga un aprecio justo y agradecido al don y al misterio recibido: Que valore justamente su importancia y su papel en la iglesia y par la sociedad. ¿Quién, si no, va a provocar en niños, jóvenes y adultos la pregunta: Y yo, por qué no?

 Precisamente en el momento que estamos viviendo, en que la exposición detallada y reiterativa, en muchos medios de comunicación social, de casos de abusos de menores por parte de algunos sacerdotes está dejando tan en mal lugar a los sacerdotes, llegando hasta el extremo de querer, por las buenas o por las malas, implicar al mismo Papa por sus supuestos silencios, que es necesaria, no precisamente una defensa corporativa a ultranza del sacerdote y de todos los sacerdotes indiscriminadamente; pero si una justa valoración y defensa del sacerdote, de su misión y de su papel, empezando por uno mismo; lo cual exige, obviamente, responder con la vida a la imagen que queremos transmitir.

 Como es necesario también estar bien informados para condenar el delito, para no defender lo indefendible, para ayudar a las victimas, tener compasión con el pecador, que siempre podrá acogerse a la misericordia de Dios, y defender a los sacerdotes, que son mayoría, que cumplen con su deber y son personas honradas, muchos de ellos con un grado notable de santidad.

 En la Carta apostólica del Santo Padre Benedicto XVI a los católicos del Irlanda, del pasado 19 de Marzo, cuya lectura recomiendo encarecidamente, encontramos un modelo perfecto para nuestro comportamiento en las actuales circunstancias

 6. Ayuda e invocación de la Virgen María

 Encomendémonos y encomendemos a nuestros sacerdotes a la Virgen María, por la que el Santo Cura deArs sentía una devoción tan filial que ya en 1836, antes de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, había consagrado su parroquia a María "concebida sin pecado". Mantuvo la costumbre de renovar a menudo esta ofrenda de la parroquia a la santísima Virgen, enseñando a los fieles que "basta con dirigirse a ella para ser escuchados", porque  ella "desea sobre todo vernos felices". En otro momento dice: "Jesucristo, cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más precioso que tenía, es decir, de su santa Madre". Comenta a este respecto el Santo Padre Benedicto XVI: “Esto vale para todo cristiano, para todos nosotros, pero de modo especial para los sacerdotes”.

  Concusión

 Participemos en la Eucaristía con la misma devoción y emoción como lo hacía el Santo Cura de Ars y como lo haría si hoy estuviera concelebrando con nosotros. Amen

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