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Introducción: Celebramos la denominada
Misa Crismal, Eucaristía, en que, como en todas las demás, escucharemos la
palabra de Dios, compartiremos el Cuerpo y Sangre de Cristo y, además,
bendeciremos los Santos Óleos y consagraremos el Santo Crisma, que serán usados
en toda la diócesis, hasta el próximo Martes Santo, para varios Sacramentos y
otras acciones litúrgicas, como consagración de templos y altares. 
Desplazada
esta celebración al Martes Santo desde el Jueves Santo, que es su lugar propio,
en atención a los sacerdotes encargados de parroquias y de comunidades, que no
podrían venir en su día, esta Eucaristía sigue teniendo su significado, propio
del Día de Jueves Santo, Día del Amor Fraterno, de la Institución de la Eucaristía y del
Sacerdocio. Es, por lo mismo, un día y un momento muy especial para los
sacerdotes por una doble razón: por la institución del Sacerdocio en aquel día
de la Cena del
Señor y por su condición de ministros, en cuyas manos se depositan estos santos
Óleos y este Santo Crisma. Ellos, en comunión con el Obispo, que hoy los
bendice o consagra y se los entrega, los tratarán dignamente y los administrarán
con fidelidad.
Pero tiene
esta celebración un significado especial también para los demás cristianos,
bautizados y ungidos doblemente con el Óleo de los Catecúmenos y con el Crisma,
confirmados y, por tanto, ungidos nuevamente con el Santo Crisma, y para algunos,
por razón de enfermedad o de edad, ungidos también con el Óleo de la Unción de enfermos o candidatos
a ser ungidos un día.
Dos
circunstancia, además, concurren hoy relacionadas con esta celebración: La
primea es que estamos dentro de la celebración del Año Santo Sacerdotal,
instituido y proclamado por nuestro Santo padre el Papa Benedicto XVI el pasado
19 de junio de 2009, año que afecta principalmente, pero no solamente, a los sacerdotes,
sino también a todos los fieles, pues nada propio de los sacerdotes es ajeno o
indiferente a los demás miembros del pueblo de Dios.
La otra
circunstancia, también muy importante, es que, dentro de nuestro Plan Pastoral
Diocesano, con el título de “Para que
tengan vida”, dedicamos el presente curso pastoral a intensificar la
atención y especial cuidado de los Sacramentos de la Iniciación Cristiana
– Bautismo, Confirmación y Primera Eucaristía – dos de ellos íntimamente
relacionados con el Óleo de los Catecúmenos y con el Santo Crisma.
Otra
circunstancia sobrevenida, que esperemos pase pronto y se resuelva digna y
justamente es la actual situación de los sacerdotes en la opinión pública o
publicada, ocasionada por los terribles delitos de abusos de menores por parte
de algunos sacerdotes, circunstancia lamentable y condenable, a la que se añade
la desmesura, extrapolación y, a veces, injusta y falsa atribución a personas
inocentes; circunstancia que tiene el peligro de crear un ambiente
generalizado, que puede desmoralizar a sacerdotes que tienen un comportamiento
correcto y ejemplar.
Hago esta
larga introducción para que, aunque no pueda entrar en detalle en todos estos
puntos, los tengamos todos muy en cuenta, por lo menos en nuestra oración y en
nuestro compromiso con el sacerdocio y con los sacerdotes. Sin más, paso a
ofreceros una reflexión sobre algunos puntos relacionados con la palabra de
Dios que acaba de ser proclamada y con la Eucaristía y bendiciones que celebramos.
1. Ungidos por el Ungido
¿Qué relación guarda el Año Santo Sacerdotal con
los Santos Óleos y, sobre todo con el Crisma que consagramos hoy? Recodamos que
el Santo Padre, al establecer el Año Santo Sacerdotal, señaló como lema y
título: Fidelidad de Cristo, fidelidad
del sacerdote y escribió una preciosa carta a los sacerdotes, con fecha 19
de junio de 2009, exhortándonos a dejarnos conquistar por Cristo, al estilo de
San Pablo y del Santo Cura de Ars, de cuya muerte celebramos el 150º
aniversario
El Papa nos
señalaba cuatro objetivos para este Año Jubilar Sacerdotal; a saber: Favorecer la tensión de los
sacerdotes hacia la perfección espiritual; es decir la búsqueda de la santidad.
Renovar la fidelidad del sacerdote hacia Cristo en su Iglesia. Ayudar a
percibir cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad.
Conocer mejor la figura del San Juan María Vianney en el 150º Aniversario de su
muerte como modelo de santidad sacerdotal.
No se
trataría ahora de hacer un examen de conciencia e intentar rápidamente
propósito de la enmienda o un cambio acelerado “para aprobar el curso”, antes
que termine el próximo 11 de Junio, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.
Pero sí que nos ofrece la celebración de la Misa Crismal la
oportunidad de hacernos la doble pregunta: ¿Que significa para nosotros Cristo,
el Ungido y el que nos ha ungido y qué significa nuestra unción?
El Evangelio
de San Lucas, según el cual Jesús hace suyas las palabras de Isaías en la Sinagoga de Nazaret, nos
revela la naturaleza y la misión de Jesús, ungido, es decir constituido por la
unción por el Espíritu en el verdadero Mesías, el Cristo, que significa lo
mismo; el Profeta, que habla en nombre de Dios, Palabra de Dios; el Enviado a
proclamar la Buena Noticia,
el Evangelio de Dios y que ha de acreditar su misión sanando, curando y
liberando a los hombres de toda esclavitud y dolencia Para terminar diciendo
Jesús: “Hoy se cumple esta palabra que acabáis de oír”.
Este hoy
para todos nosotros comenzó en el Bautismo y para los presbíteros tomó una
especial relevancia el día de nuestra Ordenación sacerdotal. Esta nuestra
especial relación con Cristo, con el Ungido, no es una vestidura “de quita y pon”,
ni un encargo, al estilo de una profesión, que se ejerce, mientras uno, en
realidad, es otro: padre, madre, esposo, esposa, en su identidad personal,
mientras el oficio es algo añadido, que un día acaba. Lo nuestro es una nueva
configuración del ser, no solo del quehacer; no hay dualidad entre el ser y el
oficio. Somos sacerdotes, no sólo ejercemos de sacerdotes. Estamos configurados
con Cristo por la unción sacramental y la imposición de manos, que significan y
transmiten el Espíritu y por él el ministerio de ser y actuar en la persona de
Cristo Cabeza de su Iglesia.
La tensión
espiritual, señalada por el Papa como primer objetivo para este año sacerdotal
significa precisamente la exigencia inherente a nuestra condición de sacerdotes
de tender permanentemente a la identificación con Cristo, Sacerdote, Maestro,
Pastor y Esposo de la Iglesia,
en nuestro obrar y en nuestro ser.
No nos es
permitido fabricarnos el sacerdocio en su ser y en el ministerio a nuestra medida,
capricho o según las exigencias del momento. Hemos recibido un don que tiene en
sí y en el dador inscrito y expreso el programa y la medida
San Juan María Vianney expresaba esta
realidad con frecuencia diciendo: "El sacerdocio es el amor del Corazón de
Jesús". Frase que recoge el nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (n.1589). También decía: "¡Oh, qué cosa
tan grande es el sacerdocio! No se comprenderá bien más que en el cielo... Si
se entendiera en la tierra, se moriría, no de susto, sino de amor". Otra
frase suya es: "Un buen pastor, un pastor según el Corazón de Dios, es el
tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los
dones más preciosos de la misericordia divina".
2.
Fidelidad de Cristo, fidelidad del sacerdote
Sólo desde una concepción así del
sacerdote puede entenderse la expresión que el Papa utiliza como lema para este
Año Jubilar Sacerdotal: Fidelidad de
Cristo, fidelidad del sacerdote. Parece a primera vista exagerado exigir al
sacerdote una fidelidad como la de Cristo, siendo Él el Hijo de Dios y nosotros
unos pobres pecadores, frágiles y limitados. Se trata, más que de una
comparación, que nunca se adecuará plenamente, de una meta a la que hay que
aspirar, conscientes, además de que la fidelidad de Cristo será la causa y la
fuente de inspiración de nuestra fidelidad, cuya adquisición constituirá tarea
de por vida y cuya medida siempre será incomparablemente menor que la fidelidad
de Cristo, pero es de la misma naturaleza, porque es don de Dios, que hay que
pedir constante e insistentemente.
La fidelidad se siente permanentemente
acechada por la infidelidad, al estilo del pueblo de Israel, siempre tentado
por la afición a los ídolos y dioses extraños y por la fácil tendencia a romper
la Alianza,
faltando a la palabra dada.
También pone Dios a nuestro alcance los
medios para mantenernos fieles. En definitiva, son todos aquellos que nos
mantienen cerca y en permanente contacto con la fuente y el modelo perfecto de
fidelidad, que es el mismo Señor. De ahí la necesidad de ser asiduos en la
oración, fieles en la lectura y contemplación de la palabra de Dios, en la
recepción de los Sacramentos, en la devoción a la Madre de Dios y nuestra
Madre, en el esmerado ejercicio de nuestro ministerio, en el servicio a
nuestros hermanos como si del mismo Cristo se tratara, porque así nos lo ha
dicho Él.
En definitiva, se trata de que nos
mantengamos en comunión con el Señor; comunión que no es separable, sino que va
necesariamente unida, por nuestra condición sacramental con la comunión en la Iglesia, es decir, con el
Obispo y, por él, con el Papa, con los hermanos presbíteros y con todo el
pueblo de Dios, especialmente con la comunidad que nos ha sido encomendada
3. Enviados a anunciar el Evangelio de la Soberanía de Dios y a
sanar y liberar
Siguiendo con el Evangelio de San
Lucas, Jesús, el Ungido por el Espíritu, se siente enviado a proclamar el
Evangelio y a curar y liberar a los hermanos. Se ponen de relieve dos aspectos
esenciales del ministerio del Mesías, de Cristo, que son también esenciales en
nuestro ministerio; a saber la importancia primordial de la palabra de Dios y
la verificación de esa palabra en los signos que habrán de acompañarla.
Poniendo en correlación la segunda
lectura y el Evangelio, lo primero que aparece es que somos ministros de la
palabra de Dios, que la recibimos del que es el Principio y Fin, el Alfa y la Omega y que esta palabra y
nuestro encargo de actuar han de estar siempre inspirados y encaminados a la
instauración de la Soberanía
de Dios y de su Cristo.
Otra consecuencia que se deduce,
confirmada por las escenas del Envío del Señor a sus discípulos, tanto antes
como después de la
Resurrección, es la íntima conexión, relación y equilibrio
entre el servicio de la palabra y la acción sanante y liberadora, que se
transparenta en la propia vida del profeta o del sacerdote.
No olvidemos que es palabra de Dios, en
cuyo servicio hemos de poner un especial empeño, y no sólo en nuestro
ministerio como maestros, catequistas, predicadores, consejeros, sino también
cuando ejercemos como sacerdotes de los sagrados misterios, que tienen siempre
los aspectos: la palabra pronunciada y el signo, que también tiene la función
de la palabra, es decir manifestar de modo perceptible lo que sucede.
También es palabra nuestra acción
percibida como la manifestación de Dios por la acción de sus discípulos y
ministros y también puede ser palabra muy elocuente nuestro silencio, cuando
escuchamos, cuando oramos y cuando sabemos callar a tiempo.
4.
Ministerio y testimonio de vida
Basten, como cometario, las palabras de
tres Papas: La conocida cita de Pablo VI, recogida y comentada por Benedicto
XVI en su citada Carta a los Presbíteros y otra cita de Juan XXIII.
Dice Benedicto XVI: “En la actualidad,
como en los tiempos difíciles del Cura de Ars, es preciso que los sacerdotes,
con su vida y obras, se distingan por un rigoroso testimonio evangélico. Pablo
VI ha observado oportunamente:"El hombre contemporáneo escucha más a gusto
a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan,
es porque dan testimonio".
Para que no nos quedemos
existencialmente vacíos, comprometiendo con ello la eficacia de nuestro
ministerio, debemos preguntarnos constantemente: "¿Estamos realmente
impregnados por la palabra de Dios? ¿Es ella en verdad el alimento del que
vivimos, más que lo que pueda ser el pan y las cosas de este mundo? ¿La
conocemos verdaderamente? ¿La amamos? ¿Nos ocupamos interiormente de esta
palabra hasta el punto de que realmente deja una impronta en nuestra vida y forma
nuestro pensamiento?". Así como Jesús llamó a los Doce para que estuvieran
con Él (cf. Mc 3, 14), y sólo después los mandó a predicar, también en nuestros
días los sacerdotes están llamados a asimilar el "nuevo estilo de
vida" que el Señor Jesús inauguró y que los Apóstoles hicieron suyo. La
identificación sin reservas con este "nuevo estilo de vida"
caracterizó
la dedicación al ministerio del Cura de Ars.
El Papa Juan XXIII en su Carta encíclica
"Sacerdotii nostri primordia” publicada en 1959, primer centenario de la
muerte de centenario de la muerte de san Juan María Vianney, presentaba su
fisonomía
ascética refiriéndose particularmente a los tres consejos evangélicos,
considerados como necesarios también para los presbíteros. Dice así: "Y,
si para alcanzar esta santidad de vida, no se impone al sacerdote, en virtud
del
estado clerical, la práctica de los consejos evangélicos, ciertamente que a
él, y a todos los discípulos del Señor, se le presenta como el camino real
de la santificación cristiana. El Cura de Ars supo vivir los "consejos
evangélicos "de acuerdo a su condición de presbítero” Termino aquí la cita
por no alargarme demasiado.
Finalmente, el Papa Benedicto XVI, en
su Discurso a Sacerdotes en el Congreso
de Congregación del Clero, el 12de
Marzo de 2010, escribe: “Queridos sacerdotes, los hombres y las mujeres de
nuestro tiempo sólo nos piden que seamos sacerdotes de verdad y nada más. Los
fieles laicos encontrarán en muchas otras personas aquello que humanamente
necesitan, pero sólo en el sacerdote podrán encontrar la Palabra de Dios que
siempre deben tener en los labios (cf. Presbyterorum
ordinis, 4); la misericordia del Padre, abundante y gratuitamente dada
en el sacramento de la
Reconciliación; y el Pan de vida nueva, "alimento
verdadero dado a los hombres" (cf. Himno del Oficio en la solemnidad del Corpus
Christi del Rito romano)
5. Ayudar a percibir cada vez más la
importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad
Esta llamada del Papa me da pie
para tratar muy someramente el objetivo formulado por el Papa como “Ayudar a
percibir cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad”.
Son necesarias, tanto la propia estima, como la estima de los demás para con el
sacerdote. No se trata de una tonta vanidad o presunción; pero, para el propio
equilibrio y como testimonio para que los demás valoren al sacerdote, es
necesario que el propio sacerdote tenga un aprecio justo y agradecido al don y
al misterio recibido: Que valore justamente su importancia y su papel en la
iglesia y par la sociedad. ¿Quién, si no, va a provocar en niños, jóvenes y
adultos la pregunta: Y yo, por qué no?
Precisamente en el momento que estamos
viviendo, en que la exposición detallada y reiterativa, en muchos medios de
comunicación social, de casos de abusos de menores por parte de algunos
sacerdotes está dejando tan en mal lugar a los sacerdotes, llegando hasta el
extremo de querer, por las buenas o por las malas, implicar al mismo Papa por
sus supuestos silencios, que es necesaria, no precisamente una defensa
corporativa a ultranza del sacerdote y de todos los sacerdotes
indiscriminadamente; pero si una justa valoración y defensa del sacerdote, de
su misión y de su papel, empezando por uno mismo; lo cual exige, obviamente,
responder con la vida a la imagen que queremos transmitir.
Como es necesario también estar bien
informados para condenar el delito, para
no defender lo indefendible, para ayudar a las victimas, tener compasión con el
pecador, que siempre podrá acogerse a la
misericordia de Dios, y defender a los sacerdotes, que son mayoría, que cumplen
con su deber y son personas honradas, muchos de ellos con un grado notable de
santidad.
En la Carta apostólica del Santo Padre Benedicto XVI a
los católicos del Irlanda, del pasado 19 de Marzo, cuya lectura recomiendo
encarecidamente, encontramos un modelo perfecto para nuestro comportamiento en
las actuales circunstancias
6.
Ayuda e invocación de la
Virgen María
Encomendémonos y encomendemos a
nuestros sacerdotes a la
Virgen María, por la que el Santo Cura deArs sentía una
devoción tan filial que ya en 1836, antes de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción,
había consagrado su parroquia a María "concebida sin pecado". Mantuvo
la costumbre de renovar a menudo esta ofrenda de la parroquia a la santísima
Virgen, enseñando a los fieles que "basta con dirigirse a ella para ser
escuchados", porque ella
"desea sobre todo vernos felices". En otro momento dice: "Jesucristo,
cuando nos dio todo lo que nos podía dar, quiso hacernos herederos de lo más
precioso que tenía, es decir, de su santa Madre". Comenta a este respecto
el Santo Padre Benedicto XVI: “Esto vale para todo cristiano, para todos
nosotros, pero de modo especial para los sacerdotes”.
Concusión
Participemos en la Eucaristía con la misma
devoción y emoción como lo hacía el Santo Cura de Ars y como lo haría si hoy
estuviera concelebrando con nosotros. Amen
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