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Escrito por Juan Ramon Jiménez Simón   
miércoles, 31 de marzo de 2010

Mateo 26, 57, 59-68 / Marcos 14, 53-62 / Lucas 22, 66-71 / Juan 18, 12-14

“Y le condujeron primero ante Anás pues era suegro de Caifás, Sumo Pontífice aquel año. Caifás fue el que había aconsejado a los judíos: Conviene que un hombre muera por el pueblo. Anás preguntó a Jesús sobre sus discípulos y sobre su doctrina. Jesús se limitó a contestar:

    -“Yo siempre he hablado en público. No me preguntes a mí; pregunta a los que me han oído; ellos saben lo que he dicho.”

Anás lo envió atado a Caifás que lo estaba esperando con los miembros del Senado. Se puso en pie y con solemne autoridad le preguntó:

    -“Dinos bajo juramento si tú eres el Hijo de Dios.”

Jesús respondió:

    -“Yo lo soy.”

No hay que violentar nada la lectura de este pasaje para encontrarnos con la firmeza de Jesús. Basta con contextualizar sus palabras y actos en el ambiente judío de la época. La teocracia judía delimitaba minuciosamente la frontera entre lo sagrado y lo profano, lo puro y lo impuro. En este contexto no conviene olvidar que el “Ego sum” no era únicamente una identificación espiritual, sino que significaba también una designación socioreligiosa. Cuando Jesús afirma ‘Yo soy’ está manifestando al mismo Hijo de Dios que habita en el hondón de las personas, especialmente de aquellas que sufren exclusión y marginación. 

 

La autoridad profética de Jesús, manifestada en su ‘Ego sum’, no se revela en los pensamientos de Caifás, sino en su bien-decir sobre el Sanedrín. Más allá de lo que diga el sistema político – relilgioso de su tiempo, Jesús es ‘hijo de un carpintero’ (Mt. 13, 54-56) que ‘…no vino para ser servido sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos’ (Mc. 10, 45). La mirada y la palabra de Jesús rompe la realidad definida en términos negativos llegando al corazón del ser humano, restituyéndolo en su ser más íntimo, ese lugar escondido del alma de toda persona donde mora Dios. En este sentido, no cabe duda de que Jesús impregnó el ambiente del Sanedrín con la autoridad de su palabra y la persuasión de sus símbolos, tan sugerentes como desconcertantes. Es el ‘Yo lo soy’ de un padre que aguarda la vuelta de su hijo ‘pródigo’, el ‘Yo lo soy’ de una mujer que encuentra una moneda perdida, el ‘Yo lo soy’ de un rey que pide cuentas de los talentos entregados, el ‘Yo lo soy’ de un grano de mostaza que crece hasta cobijar pájaros, el ‘Yo lo soy’ del sembrador que siembra semillas, el ‘Yo lo soy’ del buen samaritano que socorre y ayuda al otro, etc.

 

Jesús, con el ‘Ego sum’, creó una alternativa gozosa y esperanzada al discurso dominante, que permitió romper con la descripción malediciente del juramento ante el poder, con el esnobismo y el establecimiento de un sistema social que oprime al débil. Por ello, el ‘Ego sum’ constituye el fundamento mismo de la objeción de conciencia actual ante los abusos, manipulaciones, falsas justificaciones y desigualdades que se comenten en nombre de la Ley.  Ni que decir que es un aldabonazo a las conciencias más plausibles de una sociedad que camina en crisis de valores y de fe.

 

Hoy día se tiende a vivir la experiencia de la debilidad como estética efímera del miedo y de lo huidizo, y el ejercicio del poder como dominio despótico. Sin embargo, el ‘Ego sum’ de Jesús frente a Caifás revela que el servicio, la entrega y el amor vulnerable son la forma suprema del poder y la expresión de la riqueza y plenitud de su ser, siendo, a la vez, llamada y vocación para la realización plena del ser humano. Es más, es la debilidad misma del Hijo de Dios la que se manifiesta en toda su hondura y profundidad. ¿Acaso no es Jesús cuando manifiesta el ‘Yo soy’ en la mujer maltratada?, ¿el ‘Yo soy’ en el enfermo?, ¿el ‘Yo soy’ en el vecino que sufre?, ¿el ‘Yo soy’ en el anciano que termina?, ¿el ‘Yo soy en el inmigrante?, ¿el ‘Yo soy’ en el niño no nacido y abandonado?, ¿el ‘Yo soy’ en el parado?, ¿el ‘Yo soy’ en el empobrecido?, ¿el ‘Yo soy’ en … tantas realidades humanas donde Jesús es apresado, llevado ante Anás y Caifás, humillado y despreciado, ultrajado y herido, etc.?.

 

El testigo de Jesús es aquel que hace del ‘Yo soy’ una transposición de la suerte del Nazareno en la propia vida. De nada sirve ser cristiano si no nos identificamos, desde la debilidad, con el ‘Yo soy’ de Jesús. Si lo hacemos con Él, hacemos protestación pública de nuestra fe, no únicamente en los areópagos políticos, sociales y culturales, sino en la miseria humana, donde se prueba nuestra identificación con el ‘Ego sum’ de Jesús. Frente a la indiferencia social y la duda existencial, el ‘Yo soy’ supone un atisbo de firmeza que permite reencontrarse con las identidades más verdaderas y profundas.  

 

 

 

Juan Ramon Jiménez Simón

Pedagogo

Dtor. Dpto. Pastoral del Sordo – Archidiócesis de Sevilla

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