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Homilía del cardenal Rouco en la Misa Crismal de la archidiócesis de Madrid Imprimir E-Mail
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Escrito por Ecclesia Digital   
miércoles, 31 de marzo de 2010

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor.

La celebración de la Misa Crismal, donde se bendice el Santo Crisma y los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, nos une a los sacerdotes, a los presbíteros con su obispo, en una gran y simbólica celebración a la que este año se suman el Señor Nuncio de Su Santidad, nuestros señores Obispos Auxiliares, un señor obispo misionero emérito que vive en Madrid y nos acompaña en el ejercicio de nuestra misión episcopal aquí, en Madrid, y también en una concelebración que nos vemos rodeados por tantos fieles (consagrados, padres, hijos…) y que representan, en torno al altar del Señor, y con nosotros, el nuevo Pueblo de Dios: la Iglesia. 
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La que vive del don del Espíritu Santo; el pueblo sacerdotal ungido todo Él por el don del Espíritu Santo y que, en sus sacerdotes, pone una unción especialísima, que los consagra para ser ministros del Señor. Para ser, como decía San Juan María Vianney, “el amor del corazón de Jesús en medio de la Iglesia”. 

El Espíritu Santo es el que centra hoy la visión del sacerdocio, pero en relación estrecha con ese corazón de Jesús, con ese Cristo y con el misterio de su Pascua, del que surge esa efusión del Espíritu que invade la Iglesia y nos configura a todos como creaturas de Dios, Hijos adoptivos de Dios con una vocación, que es la de la santidad y la de la gloria.

Hoy, nos conviene de nuevo ante el momento actual que vive la Iglesia y que vive la consideración de nuestro sacerdocio, volver la mirada en este Año Sacerdotal, junto al Santo Padre al que nos sentimos muy unidos precisamente en estos días en que es tan ofendido y tan atacado, mirar a la figura del sacerdote tal y como la ha querido el Señor. Y como instrumento de su amor y de su espíritu.

Sacerdote, en la más novísima teología y en el magisterio que la ha alentado e iluminado desde el Vaticano II, pasando después por todos los documentos, aparece como el servicio que reciben algunos hijos de la Iglesia por vocación y llamada que, después, encuentra firmeza y don en el Sacramento del Orden, en la consagración recibida, para representar a Cristo como cabeza y sacerdote y pastor de la Iglesia. De una forma visible… esa forma visible nos obliga a todos los sacerdotes a vivir nuestro sacerdocio como si fuere expresión visible y permanente del amor de Cristo o, de lo que es lo mismo, de la efusión del Espíritu Santo.

Somos ministros de la Palabra del Señor, somos ministros de sus sacramentos, somos los encargados de llevar a los fieles por el camino de la gracia y de la santidad. Y todo esto tenemos que llevarlo a cabo, vivirlo y realizarlo en medio del mundo; en medio del combate del mal que nos afecta a nosotros mismos y nos tienta como a todos los hijos de Dios y como a toda la humanidad. Que nos invita, por lo tanto, una y otra vez, a mirar a nuestras debilidades, a nuestros pecados y a nuestras infidelidades, y a saber acudir a Ese que lleva, desde la cruz, un corazón traspasado por la lanza del soldado y del que brota sangre y agua y, por lo tanto, amor misericordioso, sobreabundante, que inunda al mundo, anima al corazón de los hombres a pedirle perdón, a arrepentirnos, a cambiar de vida, a convertirnos y a emprender decididamente el camino de la santidad.

El Santo Padre nos recomienda vivamente en la carta que nos dirigió a todos con motivo del aniversario de San Juan María Vianney, a profundizar en nuestra vida espiritual a no descuidarla, a mimarla. Y lo vuelve a hacer en la carta que ha dirigido a los católicos de Irlanda. Es la clave para que nuestra vida sea una vida en la que el amor de Cristo quede reflejado y servido por nuestro testimonio y el ejercicio de nuestro sacerdocio. 

La práctica de la confesión sacramental –un grupo bueno de nuestros hermanos lo ha hecho ahora en la Cripta-, la dirección espiritual, la oración diaria, el rezo del breviario transido de piedad personal y de afecto y de amor personal a Cristo, son la clave de nuestra fecundidad. Y también son la clave para que, después, esa fecundidad interior que se expresa en la Palabra y en los Sacramentos llegue a los fieles de una forma también personal y subjetiva mente convincente, porque le servimos; les servimos también a ellos para que encuentren el camino de la misericordia de Cristo, del perdón, del perdón, de la penitencia, de la gracia y de la santidad. Todos estamos llamados a vivir nuestra vida con una vocación a la santidad. Y todos padecemos la misma condición, aún después de nuestro Bautismo: la de sentirnos tentados y combatidos por los poderes del mal, por el misterio de la iniquidad. Y todos necesitamos sentir muy cerca y muy visiblemente el amor de Cristo para poder caminar por el camino de la vida hacia la gloria y la salvación. Y con nosotros el mundo. 

No es el caso de que nadie se pueda enorgullecer de ninguna cualidad o poder humano más allá del poder y del amor de Cristo. Y tampoco no es el caso de pensar que el destino de la sociedad puede apartarse del amor de Cristo. Si así lo hace, el camino de la historia será malo, estará empedrado de dificultades y de dolor como lo vemos constantemente en nuestro tiempo, los problemas del paro, de la familia, de la infancia, de la juventud, del hambre en el mundo… en tantos problemas que afligen a la humanidad de nuestro tiempo. Sí, todos necesitamos caminar hacia el Cristo de la Cruz y hacia el Cristo de la Gloria. 

Los jóvenes de Madrid han llevado, desde septiembre, la Cruz de Cristo por todo el territorio de nuestra archidiócesis. Mañana, en el Vía Crucis de la noche, llegará la cruz portada por miembros de la comunidad castrense de España desde la Iglesia del arzobispado Castrense hasta la plaza de Oriente, para entregarla después del Vía Crucis a los jóvenes de Getafe. La Cruz de Cristo caminará y peregrinará por toda España teniendo como momento culminante el segundo domingo de agosto en la peregrinación a Santiago de Compostela. Y luego, el momento final, en la Jornada Mundial de la Juventud de la tercera semana de agosto del año 2011. 

Es una peregrinación, más que un paseo triunfal. Es un camino, un itinerario pastoral en el que la oración, la plegaria y la súplica marcan la actitud de los jóvenes e invitan a toda la iglesia a seguirlo. Son como una invitación que el Papa pone en nuestro camino y la iglesia con él, para recordarnos que no hay ni cambio, ni vida, ni conversión, sin abrazo a la cruz; que no hay renovación ni regeneración a fondo de la vida cristiana y, por lo tanto, camino de santidad, si no bebemos del amor de Cristo y si no lo hacemos a través de su palabra y de sus sacramentos. El sacramento de la penitencia, de una forma muy especialmente necesaria para toda la iglesia, también para todos los sacerdotes y los obispos, si no hacemos siendo testigos de la caridad que se acerca a los pecadores como lo hacía el Señor, que se acerca a los niños, a los jóvenes, a los enfermos, a los necesitados, a los pobres… con un corazón inmensamente misericordioso e inmensamente próximo a nuestro dolor y a nuestra esperanza.

La Virgen Santísima ha sido la primera ungida plenamente por el Espíritu Santo de entre los hijos de los hombres. Por esa unción del Espíritu Santo pudo ella ser Madre del Hijo de Dios y pudo decir “sí” a lo que le pedía el Padre. Y, también, acompañó después al Hijo, y de cuya unción de su humanidad brota toda la gozosa infusión del Espíritu sobre el hombre y sobre nosotros hasta el momento de la cruz, cuando definitivamente nace para el hombre y para la historia el tiempo de la misericordia y de la gracia, el tiempo del Espíritu Santo.

No hay dos épocas distintas en la era de la Iglesia; la de Cristo, la del Hijo y la del Espíritu Santo… no, sólo hay una: la del Hijo, a través del cual nos viene el don del Espíritu Santo, el don del amor. Y no hay ya más capítulos definitivos para la historia de la humanidad que este capítulo del combate final entre el amor de Dios y el egoísmo del hombre. El amor de Dios y el amor del hombre de sí mismo, que se encorva y mira hacia lo alto y, de ese alto, de ese crucificado en la Cruz, bebe la fuente del amor, la fuente de la vida, la gracia de Dios, la gracia del Padre a través del don del Espíritu Santo.

Tenemos que pedir a la Virgen que nos mantengamos firmes nosotros, los sacerdotes, al lado de Cristo nuestro “sí” el día de nuestra ordenación, primero sacerdotal y luego sacerdotal –aquí hay mucho diáconos y seminaristas-. A todos nos pide el Señor fidelidad sí, una fidelidad de amir y un sí de amor. Y nos lo pide a través de la fórmula del celibato sacerdotal… nadie está obligado a prometerlo desde el punto de vista humano, de las presiones humanas, y todos, bien los consagrados que lo hacen ya desde una teología que nadie puede objetar, como también lo hacemos los sacerdote del clero secular, a los que nos vincula la ley del celibato, pero libremente aceptada, gloriosamente acogida y siempre intentando ser vivida fielmente como una expresión de nuestra entrega y como un medio y una fórmula para hacer, de nuestra vida, una vida de caridad pastoral, de caridad de pastores de la Iglesia que llevan a los hombres el amor y la caridad de ese Supremo Pastor, que es Cristo
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