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Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor.
La celebración de la
Misa Crismal, donde se bendice el Santo Crisma y los óleos de
los catecúmenos y de los enfermos, nos une a los sacerdotes, a los presbíteros
con su obispo, en una gran y simbólica celebración a la que este año se suman
el Señor Nuncio de Su Santidad, nuestros señores Obispos Auxiliares, un señor
obispo misionero emérito que vive en Madrid y nos acompaña en el ejercicio de
nuestra misión episcopal aquí, en Madrid, y también en una concelebración que
nos vemos rodeados por tantos fieles (consagrados, padres, hijos…) y que
representan, en torno al altar del Señor, y con nosotros, el nuevo Pueblo de
Dios: la Iglesia.
La que vive del don del Espíritu Santo; el pueblo sacerdotal
ungido todo Él por el don del Espíritu Santo y que, en sus sacerdotes, pone una
unción especialísima, que los consagra para ser ministros del Señor. Para ser,
como decía San Juan María Vianney, “el amor del corazón de Jesús en medio de la Iglesia”.
El Espíritu Santo es el que centra hoy la visión
del sacerdocio, pero en relación estrecha con ese corazón de Jesús, con ese
Cristo y con el misterio de su Pascua, del que surge esa efusión del Espíritu
que invade la Iglesia
y nos configura a todos como creaturas de Dios, Hijos adoptivos de Dios con una
vocación, que es la de la santidad y la de la gloria.
Hoy, nos conviene de nuevo ante el momento actual
que vive la Iglesia
y que vive la consideración de nuestro sacerdocio, volver la mirada en este Año
Sacerdotal, junto al Santo Padre al que nos sentimos muy unidos precisamente en
estos días en que es tan ofendido y tan atacado, mirar a la figura del
sacerdote tal y como la ha querido el Señor. Y como instrumento de su amor y de
su espíritu.
Sacerdote, en la más novísima teología y en el
magisterio que la ha alentado e iluminado desde el Vaticano II, pasando después
por todos los documentos, aparece como el servicio que reciben algunos hijos de
la Iglesia
por vocación y llamada que, después, encuentra firmeza y don en el Sacramento
del Orden, en la consagración recibida, para representar a Cristo como cabeza y
sacerdote y pastor de la
Iglesia. De una forma visible… esa forma visible nos obliga a
todos los sacerdotes a vivir nuestro sacerdocio como si fuere expresión visible
y permanente del amor de Cristo o, de lo que es lo mismo, de la efusión del
Espíritu Santo.
Somos ministros de la Palabra del Señor, somos
ministros de sus sacramentos, somos los encargados de llevar a los fieles por
el camino de la gracia y de la santidad. Y todo esto tenemos que llevarlo a
cabo, vivirlo y realizarlo en medio del mundo; en medio del combate del mal que
nos afecta a nosotros mismos y nos tienta como a todos los hijos de Dios y como
a toda la humanidad. Que nos invita, por lo tanto, una y otra vez, a mirar a
nuestras debilidades, a nuestros pecados y a nuestras infidelidades, y a saber
acudir a Ese que lleva, desde la cruz, un corazón traspasado por la lanza del
soldado y del que brota sangre y agua y, por lo tanto, amor misericordioso,
sobreabundante, que inunda al mundo, anima al corazón de los hombres a pedirle
perdón, a arrepentirnos, a cambiar de vida, a convertirnos y a emprender
decididamente el camino de la santidad.
El Santo Padre nos recomienda vivamente en la
carta que nos dirigió a todos con motivo del aniversario de San Juan María
Vianney, a profundizar en nuestra vida espiritual a no descuidarla, a mimarla.
Y lo vuelve a hacer en la carta que ha dirigido a los católicos de Irlanda. Es
la clave para que nuestra vida sea una vida en la que el amor de Cristo quede
reflejado y servido por nuestro testimonio y el ejercicio de nuestro
sacerdocio.
La práctica de la confesión sacramental –un grupo
bueno de nuestros hermanos lo ha hecho ahora en la Cripta-, la dirección
espiritual, la oración diaria, el rezo del breviario transido de piedad
personal y de afecto y de amor personal a Cristo, son la clave de nuestra
fecundidad. Y también son la clave para que, después, esa fecundidad interior que
se expresa en la Palabra
y en los Sacramentos llegue a los fieles de una forma también personal y
subjetiva mente convincente, porque le servimos; les servimos también a ellos
para que encuentren el camino de la misericordia de Cristo, del perdón, del perdón,
de la penitencia, de la gracia y de la santidad. Todos estamos llamados a vivir
nuestra vida con una vocación a la santidad. Y todos padecemos la misma
condición, aún después de nuestro Bautismo: la de sentirnos tentados y
combatidos por los poderes del mal, por el misterio de la iniquidad. Y todos
necesitamos sentir muy cerca y muy visiblemente el amor de Cristo para poder
caminar por el camino de la vida hacia la gloria y la salvación. Y con nosotros
el mundo.
No es el caso de que nadie se pueda enorgullecer
de ninguna cualidad o poder humano más allá del poder y del amor de Cristo. Y
tampoco no es el caso de pensar que el destino de la sociedad puede apartarse
del amor de Cristo. Si así lo hace, el camino de la historia será malo, estará
empedrado de dificultades y de dolor como lo vemos constantemente en nuestro
tiempo, los problemas del paro, de la familia, de la infancia, de la juventud,
del hambre en el mundo… en tantos problemas que afligen a la humanidad de
nuestro tiempo. Sí, todos necesitamos caminar hacia el Cristo de la Cruz y hacia el Cristo de la Gloria.
Los jóvenes de Madrid han llevado, desde
septiembre, la Cruz
de Cristo por todo el territorio de nuestra archidiócesis. Mañana, en el Vía
Crucis de la noche, llegará la cruz portada por miembros de la comunidad
castrense de España desde la
Iglesia del arzobispado Castrense hasta la plaza de Oriente,
para entregarla después del Vía Crucis a los jóvenes de Getafe. La Cruz de Cristo caminará y
peregrinará por toda España teniendo como momento culminante el segundo domingo
de agosto en la peregrinación a Santiago de Compostela. Y luego, el momento
final, en la Jornada
Mundial de la
Juventud de la tercera semana de agosto del año 2011.
Es una peregrinación, más que un paseo triunfal.
Es un camino, un itinerario pastoral en el que la oración, la plegaria y la súplica
marcan la actitud de los jóvenes e invitan a toda la iglesia a seguirlo. Son
como una invitación que el Papa pone en nuestro camino y la iglesia con él,
para recordarnos que no hay ni cambio, ni vida, ni conversión, sin abrazo a la
cruz; que no hay renovación ni regeneración a fondo de la vida cristiana y, por
lo tanto, camino de santidad, si no bebemos del amor de Cristo y si no lo
hacemos a través de su palabra y de sus sacramentos. El sacramento de la
penitencia, de una forma muy especialmente necesaria para toda la iglesia,
también para todos los sacerdotes y los obispos, si no hacemos siendo testigos
de la caridad que se acerca a los pecadores como lo hacía el Señor, que se
acerca a los niños, a los jóvenes, a los enfermos, a los necesitados, a los
pobres… con un corazón inmensamente misericordioso e inmensamente próximo a
nuestro dolor y a nuestra esperanza.
La Virgen Santísima ha sido la primera ungida
plenamente por el Espíritu Santo de entre los hijos de los hombres. Por esa
unción del Espíritu Santo pudo ella ser Madre del Hijo de Dios y pudo decir
“sí” a lo que le pedía el Padre. Y, también, acompañó después al Hijo, y de
cuya unción de su humanidad brota toda la gozosa infusión del Espíritu sobre el
hombre y sobre nosotros hasta el momento de la cruz, cuando definitivamente
nace para el hombre y para la historia el tiempo de la misericordia y de la
gracia, el tiempo del Espíritu Santo.
No hay dos épocas distintas en la era de la Iglesia; la de Cristo, la
del Hijo y la del Espíritu Santo… no, sólo hay una: la del Hijo, a través del
cual nos viene el don del Espíritu Santo, el don del amor. Y no hay ya más
capítulos definitivos para la historia de la humanidad que este capítulo del
combate final entre el amor de Dios y el egoísmo del hombre. El amor de Dios y
el amor del hombre de sí mismo, que se encorva y mira hacia lo alto y, de ese
alto, de ese crucificado en la
Cruz, bebe la fuente del amor, la fuente de la vida, la
gracia de Dios, la gracia del Padre a través del don del Espíritu Santo.
Tenemos que pedir a la Virgen que nos mantengamos
firmes nosotros, los sacerdotes, al lado de Cristo nuestro “sí” el día de
nuestra ordenación, primero sacerdotal y luego sacerdotal –aquí hay mucho
diáconos y seminaristas-. A todos nos pide el Señor fidelidad sí, una fidelidad
de amir y un sí de amor. Y nos lo pide a través de la fórmula del celibato
sacerdotal… nadie está obligado a prometerlo desde el punto de vista humano, de
las presiones humanas, y todos, bien los consagrados que lo hacen ya desde una
teología que nadie puede objetar, como también lo hacemos los sacerdote del
clero secular, a los que nos vincula la ley del celibato, pero libremente
aceptada, gloriosamente acogida y siempre intentando ser vivida fielmente como
una expresión de nuestra entrega y como un medio y una fórmula para hacer, de
nuestra vida, una vida de caridad pastoral, de caridad de pastores de la Iglesia que llevan a los
hombres el amor y la caridad de ese Supremo Pastor, que es Cristo.
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