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“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de
padecer”
(Lc 22, 15).
Este es el sentimiento del Corazón
de Cristo, al convocarnos esta mañana para celebrar con nosotros la Misa Crismal antes del Triduo
Pascual del Señor crucificado, sepultado y resucitado. 
Significado de la Misa Crismal
“La Misa Crismal, que el Obispo
celebra con su presbiterio[…], es como una manifestación de comunión de los
presbíteros con el propio Obispo” (OGMR, 203). En esta Misa Crismal se bendicen
los Óleos de los enfermos y de los catecúmenos, y se consagra el Santo Crisma.
Los Santos Óleos forman parte de los signos sacramentales que luego se
realizarán en las diferentes parroquias de la Diócesis: la unción
prebautismal en el pecho de los bautizados; la unción en la frente o en las
manos de los enfermos; la crismación en
la cabeza de los bautizados, en la frente de los confirmados, y en las manos o
en la cabeza de los presbíteros u obispos; o de las paredes y del altar en la
dedicación de las iglesias. Estos Óleos simbolizan la acción misteriosa del
Espíritu Santo y el “buen olor de Cristo” que debemos irradiar los cristianos.
Participan en esta celebración los
seminaristas, que se están formando en el Seminario de Monte Corbán para ser
los futuros pastores de nuestra Iglesia. Ellos son el presbiterio en gestación.
Están también con nosotros bastantes consagrados y fieles laicos, que se unen a
nuestra acción de gracias a Dios por el don inmenso del sacerdocio ministerial,
nacido a la vez que la institución de la Eucaristía en el calor del Cenáculo el Jueves
Santo. Sé que de vuestros corazones de consagrados y laicos surge espontánea la
gratitud a vuestros sacerdotes, que siguen con la mano puesta en el arado, a
pesar de la dureza de la tierra y de la inclemencia del tiempo y siguen remando
“mar adentro” y echando las redes, porque han sido elegidos para ser pescadores
de hombres.
Como Obispo, padre, hermano y amigo
os agradezco vuestra presencia aquí esta mañana, queridos sacerdotes, venidos
de los cuatro puntos cardinales de la Diócesis, desde Castro Urdiales hasta Unquera y
desde Santander hasta Campóo; también recuerdo a los sacerdotes enfermos, a los
ancianos y a los que por diversas causas
no han podido venir; a los sacerdotes misioneros y a los difuntos en este
último año. A todos os tengo presentes en mi oración y doy gracias a Dios por
todos vosotros: “por el don de vuestra vocación, que es regalo del Señor, y por
vuestra tarea, respuesta en fidelidad. Una fidelidad que manifestáis a diario
con el testimonio de vuestra vida y con la dedicación de cada uno al anuncio
del Evangelio, a la edificación de la Iglesia en la administración de los Sacramentos y
al servicio permanente de los hombres y mujeres de nuestro tiempo” (CEE, Mensaje a los sacerdotes con
motivo del Año Sacerdotal, Madrid 27 de noviembre de 2009, pág. 9).
En el Año Sacerdotal
Celebramos la Misa Crismal en el Año
Sacerdotal, siguiendo la estela ejemplar del Santo Cura de Ars, patrono y
modelo de todos los sacerdotes, especialmente de los párrocos. Él es espejo,
guía y faro luminoso que nos orienta hacia Cristo, el Buen Pastor. Teniendo
delante el testimonio de santidad del Cura de Ars, este año os ofrezco unas
breves consideraciones sobre dos puntos importantes en nuestra vida y
ministerio: la oración del pastor y el
sacramento de la penitencia.
La oración del pastor
La oración de San Juan María
Vianney es quizás lo que más impresionó a sus feligreses a su llegada a la
parroquia de Ars. Tenían un pastor joven, humilde, que no hablaba con facilidad
y que perecía un poco torpe, pero rezaba mucho. Desde las primeras horas del
día hasta el anochecer, se pasaba largas horas de rodillas ante el sagrario. He
aquí su testimonio: “El hombre tiene un
hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la
felicidad en este mundo. La oración no es otra cosa que la unión con Dios […].
Nuestra oración es el incienso que más le agrada… en la oración hecha
debidamente se funden las penas como la nieve ante el sol” (De una Catequesis
de San Juan María Vianney, presbítero, sobre la oración. Segunda lectura del
Oficio de lectura del día de su fiesta).
La oración del sacerdote pastor es
el verdadero camino de santificación y
el alma de todo apostolado. No es difícil entenderlo, porque la oración cultiva
la intimidad del discípulo con su Maestro Jesucristo, que nos dice: “Sin mí no
podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Todos sabemos por experiencia que, cuando falla
la oración, la fe se debilita y el ministerio sacerdotal pierde contenido y
sentido. La consecuencia existencial para el sacerdote será tener menos alegría
y menos felicidad en el ministerio de cada día.
Sin oración padecemos anemia
espiritual y se enfría el ardor evangelizador y misionero. La oración sitúa al
sacerdote en órbita evangélica y le dispone para actuar apostólicamente. Sin
avivar la fe por la oración, la realidad viviente de Dios se hace distante a la
persona del sacerdote con el riesgo de que se reduzca su predicación a
reflexión teológica, a exigencia moral, a ideología, sin aliento místico y
profético.
La oración “es el secreto de un
cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque
vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas” (Juan Pablo II, NMI 32). “Hace falta que la educación en
la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda
programación pastoral” (Juan Pablo II, NMI
34).
Un aspecto, ciertamente no secundario,
de la misión del sacerdote es el de ser “maestro de oración”. Pero el sacerdote
podrá formar a los demás en la escuela de Jesús orante, si él mismo se ha
formado y continúa formándose en la misma escuela. Esto es lo que piden los
hombres al sacerdote: que sea el hombre
de Dios. Los fieles esperan encontrar en el sacerdote no sólo un hombre que
los acoge, que los escucha con gusto y les muestra una sincera amistad, sino
también y sobre todo un hombre que les
ayuda a mirar a Dios, a subir hasta él. Es preciso que el sacerdote esté
formado en una profunda intimidad con Dios.
El Papa Benedicto XVI dice que:
“la oración es el primer compromiso, el verdadero camino de santificación de
los sacerdotes y el alma de la auténtica ‘pastoral vocacional’ Sigamos la invitación
de Jesús: “la mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al dueño
de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37-38).
El sacerdote,
ministro del
sacramento de la Penitencia
El Santo Cura de Ars, además de
orar, “ejerció de forma heroica y fecunda el ministerio de la reconciliación […].
Del Santo Cura de Ars, nosotros, sacerdotes, podemos aprender no solamente una
confianza inagotable en el Sacramento de la Penitencia que nos
lleve a colocarlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también
el método del ‘diálogo de salvación’ que en él debe tener lugar” (Benedicto
XVI, Audiencia a los participantes en un
curso anual para confesores, 11 de marzo de 2010).
“La
conciencia de las limitaciones propias y la necesidad de recurrir a la Misericordia Divina
para pedir perdón, para convertir el corazón y ser sostenidos en el camino de
la santidad son fundamentales en la vida del sacerdote: sólo los que han
experimentado en primera persona su grandeza, pueden anunciar con convicción y
administrar la
Misericordia de Dios” (Ibidem).
“La ‘crisis’ del Sacramento de la Penitencia, de la que
se habla tanto, interpela ante todo a los sacerdotes y a su gran
responsabilidad de educar al Pueblo de Dios en las exigencias radicales del Evangelio”.
Los sacerdotes somos ministros, es
decir, servidores, no dueños y señores del sacramento de la Penitencia. Somos
administradores y lo que se busca en un administrador es que sea fiel. Tenemos
que administrar el sacramento de la Penitencia, según las normas de la Iglesia.
Para que los fieles puedan
satisfacer fácilmente la obligación de la confesión individual, procuremos que
haya en las iglesias confesores disponibles en días y horas determinadas.
“Regatear esfuerzos en el ejercicio de la misericordia, tanto en la vida de
cada día como en la disponibilidad para ofrecer a otros el sacramento de la Reconciliación, es
restarle futuro al mundo. El sacerdote, como Cristo, es icono del Padre
misericordioso” (CEE, Mensaje a los
sacerdotes con motivo del Año Sacerdotal, Madrid 27 de noviembre de 2009,
pág. 17).
Queridos
hermanos sacerdotes: la celebración de esta Misa Crismal nos introduce en el
misterio de la muerte y resurrección de Cristo, conducido por el Espíritu Santo
hasta consumar el plan del Padre en la entrega generosa de su vida por amor a
los hermanos.
Que en este
día, al renovar las promesas de nuestra ordenación sacerdotal, nos
comprometamos a vivir lo que nos dijo el Obispo, al entregarnos la patena y el
cáliz: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera
lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de
la cruz del Señor” .Amén.
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