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Escrito por + Vicente Jiménez Zamora - Obispo de Santander   
miércoles, 31 de marzo de 2010

“Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer”

(Lc 22, 15).

Este es el sentimiento del Corazón de Cristo, al convocarnos esta mañana para celebrar con nosotros la Misa Crismal antes del Triduo Pascual del Señor crucificado, sepultado y resucitado.  

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Significado de la Misa Crismal

La Misa Crismal, que el Obispo celebra con su presbiterio[…], es como una manifestación de comunión de los presbíteros con el propio Obispo” (OGMR, 203). En esta Misa Crismal se bendicen los Óleos de los enfermos y de los catecúmenos, y se consagra el Santo Crisma. Los Santos Óleos forman parte de los signos sacramentales que luego se realizarán en las diferentes parroquias de la Diócesis: la unción prebautismal en el pecho de los bautizados; la unción en la frente o en las manos de los enfermos; la crismación en la cabeza de los bautizados, en la frente de los confirmados, y en las manos o en la cabeza de los presbíteros u obispos; o de las paredes y del altar en la dedicación de las iglesias. Estos Óleos simbolizan la acción misteriosa del Espíritu Santo y el “buen olor de Cristo” que debemos irradiar los cristianos.

Participan en esta celebración los seminaristas, que se están formando en el Seminario de Monte Corbán para ser los futuros pastores de nuestra Iglesia. Ellos son el presbiterio en gestación. Están también con nosotros bastantes consagrados y fieles laicos, que se unen a nuestra acción de gracias a Dios por el don inmenso del sacerdocio ministerial, nacido a la vez que la institución de la Eucaristía en el calor del Cenáculo el Jueves Santo. Sé que de vuestros corazones de consagrados y laicos surge espontánea la gratitud a vuestros sacerdotes, que siguen con la mano puesta en el arado, a pesar de la dureza de la tierra y de la inclemencia del tiempo y siguen remando “mar adentro” y echando las redes, porque han sido elegidos para ser pescadores de hombres.

Como Obispo, padre, hermano y amigo os agradezco vuestra presencia aquí esta mañana, queridos sacerdotes, venidos de los cuatro puntos cardinales de la Diócesis, desde Castro Urdiales hasta Unquera y desde Santander hasta Campóo; también recuerdo a los sacerdotes enfermos, a los  ancianos y a los que por diversas causas no han podido venir; a los sacerdotes misioneros y a los difuntos en este último año. A todos os tengo presentes en mi oración y doy gracias a Dios por todos vosotros: “por el don de vuestra vocación, que es regalo del Señor, y por vuestra tarea, respuesta en fidelidad. Una fidelidad que manifestáis a diario con el testimonio de vuestra vida y con la dedicación de cada uno al anuncio del Evangelio, a la edificación de la Iglesia en la administración de los Sacramentos y al servicio permanente de los hombres y mujeres de nuestro tiempo” (CEE, Mensaje a los sacerdotes con motivo del Año Sacerdotal, Madrid 27 de noviembre de 2009, pág. 9).

 

En el Año Sacerdotal

Celebramos la Misa Crismal en el Año Sacerdotal, siguiendo la estela ejemplar del Santo Cura de Ars, patrono y modelo de todos los sacerdotes, especialmente de los párrocos. Él es espejo, guía y faro luminoso que nos orienta hacia Cristo, el Buen Pastor. Teniendo delante el testimonio de santidad del Cura de Ars, este año os ofrezco unas breves consideraciones sobre dos puntos importantes en nuestra vida y ministerio: la oración del pastor y el sacramento de la penitencia.

 

 

La oración del pastor

La oración de San Juan María Vianney es quizás lo que más impresionó a sus feligreses a su llegada a la parroquia de Ars. Tenían un pastor joven, humilde, que no hablaba con facilidad y que perecía un poco torpe, pero rezaba mucho. Desde las primeras horas del día hasta el anochecer, se pasaba largas horas de rodillas ante el sagrario. He aquí su testimonio: “El hombre tiene un hermoso deber y obligación: orar y amar. Si oráis y amáis, habréis hallado la felicidad en este mundo. La oración no es otra cosa que la unión con Dios […]. Nuestra oración es el incienso que más le agrada… en la oración hecha debidamente se funden las penas como la nieve ante el sol” (De una Catequesis de San Juan María Vianney, presbítero, sobre la oración. Segunda lectura del Oficio de lectura del día de su fiesta).

La oración del sacerdote pastor es el verdadero camino de santificación y el alma de todo apostolado. No es difícil entenderlo, porque la oración cultiva la intimidad del discípulo con su Maestro Jesucristo, que nos dice: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5). Todos sabemos por experiencia que, cuando falla la oración, la fe se debilita y el ministerio sacerdotal pierde contenido y sentido. La consecuencia existencial para el sacerdote será tener menos alegría y menos felicidad en el ministerio de cada día.

Sin oración padecemos anemia espiritual y se enfría el ardor evangelizador y misionero. La oración sitúa al sacerdote en órbita evangélica y le dispone para actuar apostólicamente. Sin avivar la fe por la oración, la realidad viviente de Dios se hace distante a la persona del sacerdote con el riesgo de que se reduzca su predicación a reflexión teológica, a exigencia moral, a ideología, sin aliento místico y profético.

La oración “es el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro, porque vuelve continuamente a las fuentes y se regenera en ellas” (Juan Pablo II, NMI 32). “Hace falta que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral” (Juan Pablo II, NMI 34).

Un aspecto, ciertamente no secundario, de la misión del sacerdote es el de ser “maestro de oración”. Pero el sacerdote podrá formar a los demás en la escuela de Jesús orante, si él mismo se ha formado y continúa formándose en la misma escuela. Esto es lo que piden los hombres al sacerdote: que sea el hombre de Dios. Los fieles esperan encontrar en el sacerdote no sólo un hombre que los acoge, que los escucha con gusto y les muestra una sincera amistad, sino también y sobre todo un hombre que les ayuda a mirar a Dios, a subir hasta él. Es preciso que el sacerdote esté formado en una profunda intimidad con Dios.

El Papa Benedicto XVI dice que: “la oración es el primer compromiso, el verdadero camino de santificación de los sacerdotes y el alma de la auténtica ‘pastoral vocacional’ Sigamos la invitación de Jesús: “la mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, por tanto, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37-38).

El sacerdote,

ministro del sacramento de la Penitencia

El Santo Cura de Ars, además de orar, “ejerció de forma heroica y fecunda el ministerio de la reconciliación […]. Del Santo Cura de Ars, nosotros, sacerdotes, podemos aprender no solamente una confianza inagotable en el Sacramento de la Penitencia que nos lleve a colocarlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del ‘diálogo de salvación’ que en él debe tener lugar” (Benedicto XVI, Audiencia a los participantes en un curso anual para confesores, 11 de marzo de 2010).

 “La conciencia de las limitaciones propias y la necesidad de recurrir a la Misericordia Divina para pedir perdón, para convertir el corazón y ser sostenidos en el camino de la santidad son fundamentales en la vida del sacerdote: sólo los que han experimentado en primera persona su grandeza, pueden anunciar con convicción y administrar la Misericordia de Dios” (Ibidem).

“La ‘crisis’ del Sacramento de la Penitencia, de la que se habla tanto, interpela ante todo a los sacerdotes y a su gran responsabilidad de educar al Pueblo de Dios en las exigencias radicales del Evangelio”.

Los sacerdotes somos ministros, es decir, servidores, no dueños y señores del sacramento de la Penitencia. Somos administradores y lo que se busca en un administrador es que sea fiel. Tenemos que administrar el sacramento de la Penitencia, según las normas de la Iglesia.

Para que los fieles puedan satisfacer fácilmente la obligación de la confesión individual, procuremos que haya en las iglesias confesores disponibles en días y horas determinadas. “Regatear esfuerzos en el ejercicio de la misericordia, tanto en la vida de cada día como en la disponibilidad para ofrecer a otros el sacramento de la Reconciliación, es restarle futuro al mundo. El sacerdote, como Cristo, es icono del Padre misericordioso” (CEE, Mensaje a los sacerdotes con motivo del Año Sacerdotal, Madrid 27 de noviembre de 2009, pág. 17).

 

 Queridos hermanos sacerdotes: la celebración de esta Misa Crismal nos introduce en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, conducido por el Espíritu Santo hasta consumar el plan del Padre en la entrega generosa de su vida por amor a los hermanos.

 Que en este día, al renovar las promesas de nuestra ordenación sacerdotal, nos comprometamos a vivir lo que nos dijo el Obispo, al entregarnos la patena y el cáliz: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor” .Amén.

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