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Beatísimo Padre:
En el día en que el Presbiterio de
la Diócesis
de Jaén celebra, junto con un numeroso grupo de consagrados, seminaristas y
fieles laicos, la Misa
Crismal y la renovación de las promesas hechas el día de su
ordenación, en su nombre, junto con mi hermano Mons. José Manuel Estepa
Llaurens, Arzobispo emérito Castrense, y en el mío propio, como Pastor de esta
Iglesia particular, deseamos expresarle, Santo Padre, nuestro dolor y repulsa
por la campaña difamatoria e injusta desencadenada en esta fechas contra su
Persona. 
Pedimos a Jesucristo, Buen Pastor,
y ofrecemos la Hora
Sacerdotal ante el Monumento, en el Jueves Santo, por sus
intenciones como signo de apoyo incondicional a Su Santidad en todas las
Iglesias y Comunidades de esta Diócesis.
Seguros de que siempre la cruz es
árbol que da vida, donde sigue clavada la salvación del mundo, le expresamos
nuestro afecto filial y firme adhesión a su Magisterio y enseñanzas.
De Vuestra Santidad devotísimo
hijo.
X RAMÓN DEL HOYO LÓPEZ
OBISPO
DE JAÉN
A SU SANTIDAD BENEDICTO
XVI
HOMILÍA MISA CRISMAL
Catedral de Jaén,
30 de marzo de 2010
Textos: Is 61, 1-3a. 8b-9; Sal 88. Ap 1, 5-8. Lc 4,
16-21
Saludos.
1. Dos motivos muy importantes nos reúnen
en esta solemne celebración anual a la mayor parte del presbiterio diocesano
con su Obispo, a buen número de personas consagradas y una numerosa
representación de seglares de nuestra Iglesia de Jaén.
El primer motivo es la
celebración, anticipada, de la institución del sacerdocio en aquella Última
Cena del Cenáculo de Jerusalén. Hacemos presente la institución por Jesucristo
del Sacramento de la
Santísima Eucaristía y el mandato a sus discípulos de hacerlo
para siempre en conmemoración suya. Recordamos y celebramos también los
sacerdotes nuestra ordenación por la que fuimos constituidos ministros del
Señor, para representarlo como cabeza y esposo de la Iglesia, maestro,
sacerdote y pastor.
El segundo motivo que nos reúne es
la celebración de la Misa
Crismal en la que el Obispo bendice los óleos y consagra el
crisma, que serán distribuidos y utilizados en esta Catedral y en las
Parroquias de la Diócesis
hasta el martes santo del año 2011, en las celebraciones, como bien sabemos, de
determinados sacramentos y otras celebraciones litúrgicas.
2. Su
Santidad, Benedicto XVI, no ha querido dejar pasar la oportunidad del
aniversario de los ciento cincuenta años de la muerte del Santo Cura de Ars,
San Juan María Vianney, y convocar el año
sacerdotal, que estamos celebrando, con el fin de recordar a sacerdotes y
fieles la importancia del sacerdote en
la vida de la Iglesia,
en medio de la cultura del relativismo, secularizado y laicista.
Este
año no puede quedar para nosotros, queridos sacerdotes y fieles, en un grato
recuerdo de un acontecimiento, o en la culminación de unos actos programados,
sino llegar hasta el núcleo de los
objetivos que nos señalaba el Papa en su convocatoria: que todas las
celebraciones de este año contribuyeran a la renovación interior del sacerdote
y a ofrecer un verdadero testimonio evangelizador (cf. Carta de convocatoria del
año sacerdotal, de 16 de junio de 2009); lograr que se perciba cada vez más la
importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad
contemporánea (cf. Discurso a la Congregación para el Clero, de 16 de marzo de
2009); que las familias cristianas se conviertan en pequeñas Iglesias, en las
que se puedan acoger y valorar las vocaciones y todos los carismas regalados
por el Espíritu Santo (cf. Oración para el Año Sacerdotal, de Benedicto XVI).
Hoy
es una fecha muy apropiada, y la del próximo Jueves Santo, para orar y dar
gracias por el sacerdocio en la
Iglesia y por sus sacerdotes. Decía el Santo Cura de Ars que “el sacerdote no podrá comprenderse bien,
sino en el cielo”.
“Es un hombre, decía también, que ocupa el puesto de Dios, un hombre que
está revestido con todos los poderes de Dios.”
3. El
Señor, por medio del profeta Isaías,
en la primera lectura de esta liturgia nos anuncia y promete “vendar los corazones desgarrados”, “consolar a los afligidos”, “cambiar su
traje de luto en perfume de fiesta”, “su abatimiento, en cánticos”.
Por
su parte, Jesús, nos narra el Evangelista San
Lucas, que a la vista de las mismas palabras de Isaías, se proclamó el
Ungido y Enviado: “El Espíritu del Señor
está sobre mí, porque él me ha ungido y enviado para dar la Buena Noticia a los
pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista. Para
dar la libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor... Y
él se puso a decirles: Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír.”
Cada
uno de nosotros, hermanos y amigos sacerdotes, podemos aplicarnos, con toda
verdad y en todo su alcance, estas palabras que acabamos de proclamar.
Un
día lejano ya para algunos y más o menos próximo para otros, todos fuimos consagrados
por el Espíritu Santo y hechos partícipes de la consagración y misión de
Jesucristo. El obispo, que nos impuso las manos y pronunció la fórmula
consecratoria, nos introdujo en el
Santuario del sacerdocio ministerial. Desde entonces podemos anunciar el
Evangelio con la autoridad de Jesucristo, renovar en su Nombre y Persona el
sacrificio de la redención, perdonar los pecados, edificar la comunidad.
Gracias
a esta consagración del Espíritu, nuestro sacerdocio no es una realidad
transitoria, sino configuración imborrable y eterna, ontológica de todo nuestro
ser con Cristo. Todo ello nos capacita y confiere una “potestas sacra” para ejercer la misma misión de Jesucristo, Sumo y
Eterno Sacerdote. Independientemente de nuestra fidelidad y correspondencia, el
sacerdote “es” y “no puede dejar de serlo”, sacerdote de Jesucristo.
Recordemos
las palabras que se nos dijeron en el rito de ordenación: “Date cuenta de lo que haces, imita lo que celebras y conforma tu vida
con el misterio de la cruz de Cristo Señor”.
4.
¡Gracias, Señor, por el don del sacerdocio! Decía el Santo Cura de Ars que “si el sacerdote estuviera verdaderamente
penetrado de la grandeza de su ministerio, difícilmente podría vivir...”. “No
hay nada en el mundo, decía asimismo, más
feliz que un sacerdote. Pasa su vida viendo que se ofrece a Dios. El sacerdote
sólo ve esto.”
¡Ojalá
vivamos siempre los sacerdotes como lo hizo San Juan María Vianney! Invocamos
para ello su intercesión, pero seamos cada día más conscientes del don de
nuestro sacerdocio, de que, sin ser los únicos, ni los mejores, Jesucristo nos
llamó porque él así lo quiso. Cuando se fijó en nosotros, y, de mil formas nos
invitó a seguirle conscientes de nuestras limitaciones y pobrezas, él ya sabía
de antemano que la calidad de nuestra respuesta no sería tan grande ni tan
digna como era el don. Aun así, confió en nosotros y quiso contar con nosotros.
Conscientes de todo ello, esta celebración y la jornada del Jueves Santo, son
buenas ocasiones para entonar, desde lo más profundo del corazón, nuestro
personal Magnificat y el Te Deum laudamus.
Dijo
el Santo Padre Benedicto XVI al clero romano hace pocos días: “Nadie se hace sacerdote a sí mismo; sólo
Dios puede traerme, puede autorizarme, puede introducirme en la participación
del misterio; sólo Dios puede entrar en mi vida y llevarme de la mano”
(Audiencia al Clero romano, 18 de febrero de 2010)
Puede
el tentador acercarse en algún momento o situación para decirnos: pero, ¿aún
crees que vale la pena seguir siendo sacerdote con todas las consecuencias?
¿Por qué empeñarte en algo en lo que cada vez menos hacen caso? Sería la misma
tentación que tantas veces se le presentó a Jesús, en el desierto, en su vida
pública, en el Huerto de Getsemaní y hasta en la Cruz: “si eres Hijo de Dios... di que estas piedras... baja de la cruz y
creeremos en ti.” Un Mesías temporal, acogido y coreado por la opinión
pública de su tiempo. Pero optó por el camino de la cruz, y pasó por la muerte
para unirlas a su triunfo redentor. Nuestros caminos y recorrido son idénticos,
si queremos ser consecuentes.
5. En
este día, juntos, renovamos nuestros compromisos e ilusiones sacerdotales. Los
que tenemos más años sabemos que la vida del sacerdote no es siempre un mar
tranquilo y placentero, sino más bien lo contrario. Una y otra vez aparecen las
olas de la incomprensión, los fracasos personales, el desaliento, la crítica y
hasta la calumnia. Sufrimos todos el zarpazo progresivo de la secularización,
difamación a nuestro ministerio, el empeño constante por desprestigiar al
sacerdote.
¡Cómo
se me va a ocurrir pensar en ser sacerdote!, decía no hace mucho un joven, “si no les quiere nadie”. Ha penetrado
en el entramado social, ciertamente, un sentido muy acusado de su irrelevancia
e insignificancia, de su no necesidad para nadie o para muy pocos.
Somos
también testigos de la deserción de no pocos cristianos en nuestras comunidades
y observamos, con dolor, que no acertamos a que germine la semilla en los
corazones, como deseamos e intentamos.
Por
todo ello, con más fuerza y esperanza que nunca, debemos caminar, cada día que
amanece, íntimamente unidos a quien nos llamó y de quien nos fiamos por
completo. Es la hora de la fidelidad: “Fidelidad
a Cristo y fidelidad del sacerdote”. Es el lema que con sumo acierto, nos proponía
Benedicto XVI a los sacerdotes como de permanente reflexión en este año.
Es
hora de saber esperar, de entregarnos con máximo empeño al ministerio; de
actualizar y revisar nuestro espíritu misionero; de ser testigos sencillos y
transparentes de Jesucristo; de celebrar la Eucaristía cada día con
más amor, preparación y acción de gracias; de pasar largos ratos mirando al
Sagrario; de caminar con alegría en el corazón, pase lo que pase; de esperar en
el confesonario; de buscar con más ahínco vocaciones sacerdotales; de visitar a
los enfermos, acompañar al que sufre, acoger a todos los que se acerquen a
nosotros...
Es la
hora también de acrecentar con hechos y respuestas la cercanía y comunión entre
nosotros, desde la íntima fraternidad sacramental que nos mueve a querernos y
apoyarnos con cariño humano y sobrenatural. Somos verdadera familia.
Para
que nuestro sacerdocio nos llene por completo y nos haga felices no hay otro
camino que vivirlo con pasión, sin medias tintas y no huyendo de
responsabilidades. Quien regatea esfuerzos, quien vive para sus comodidades y
egoísmos, no puede ser feliz. ¿Cómo va a contagiar alegría y felicidad para que
otros le sigan?
6. En
nuestras acciones y en nuestras palabras nos manifestamos como somos. El
lenguaje, comportamientos y acciones de cada uno revelan nuestra identidad y
esta identidad en el sacerdote será siempre y en todos los sitios “ser sacerdote”, “modelo del rebaño que se
le ha confiado”.
“Aquel que nos amó, hemos escuchado
en el libro del Apocalipsis, nos ha librado de nuestros pecados por su
sangre, nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre.”
Nos ha transformado ¡hecho sacerdotes de Dios! No nos cansemos de entonar: “A Él la gloria y el poder por los siglos de
los siglos. Amén.”
Lo
sabemos bien todos. Sólo desde el trato constante y amoroso con Jesucristo, se
alcanza ese estilo nuevo en nuestro ser sacerdotal. “Dejarse conquistar totalmente por Cristo”, nos decía Benedicto XVI
en su homilía el día de la inauguración de este año sacerdotal. “Para ser ministros al servicio del
Evangelio, nos decía también en aquella ocasión, es ciertamente útil y necesario el estudio, una esmerada y permanente
formación teológica y pastoral, pero más necesaria aún es la ciencia del amor,
que sólo se aprende de corazón a corazón.”
7.
Dentro de unos momentos, en presencia de Dios y ante su Iglesia, renovaremos
los compromisos siempre vivos que pronunciamos el día de nuestra ordenación.
Me
emociona profundamente escuchar la convicción, el fervor y la fuerza con que lo
hacéis año tras año. Es un acto siempre nuevo y, si cabe, este año lo haremos
con renovada entrega. Si os sirve de algo, sabed que cada día rezo por vosotros
y que tengo la clara conciencia de que sois mis manos y pies en el desempeño del
ministerio episcopal que Cristo me ha confiado. Gracias de corazón a todo el
presbiterio. Rezad también por mí, como suplicaré a todos los presentes dentro
de unos momentos.
La Iglesia necesita
sacerdotes santos, testigos convencidos de su amor, para hacer de Cristo el
corazón del mundo. Vamos a repetir con nuestras promesas: ¡Estamos dispuestos!
¡Ayúdanos!
8.
Decíamos antes que el segundo motivo de esta celebración anual en la Catedral era la bendición
de los óleos y consagración del Crisma, como materia de varios sacramentos y de
otras acciones litúrgicas, a saber:
- Óleo para ungir a los catecúmenos que
se preparan para recibir el sacramento del Bautismo y, por lo mismo, en su
lucha contra el mal, como lo hizo nuestro Señor en su vida mortal. Esta unción
enseña que la fuerza en esta lucha nos llega del Espíritu, al que hemos de
invocar en el recorrido de la vida y permanecer unidos a él.
- El Óleo para la Unción de enfermos es
bálsamo para las heridas que deja la vida, alivio en el dolor, medicina en la
enfermedad, curación de los males del cuerpo y del espíritu. La Unción de los enfermos es
un sacramento necesitado de catequesis que ayude a los fieles a descubrir su
gran valor de sanación, sobre todo espiritual, y para infundir confianza en el
creyente, ante su debilidad o enfermedad.
- El Santo Crisma, es la materia que se usa
para los sacramentos del Bautismo, de la Confirmación y del
Orden sacerdotal, así como para la consagración de Templos y mesas de Altar.
Suplicamos
ante el Señor que el presente acceso a los santos óleos y al santo crisma, que
hoy bendecimos y consagramos, constituya para todos nosotros un permanente
recuerdo de este acto, y una llamada para actuar conforme a lo que significan:
comunión, fortaleza, curación, alimento, suave olor de Cristo.
9.
Siempre la Eucaristía
es acción de gracias y fuente de unidad y comunión en la Iglesia. Hoy lo es,
de forma especial como signo visible en esta magna concelebración del
presbiterio con su Obispo, pero lo es siempre aunque la celebre un solo
sacerdote, aun sin hacerse presente la comunidad. Que su celebración continúe
sellando y acrecentando la comunión del presbiterio y de cada presbítero con su
comunidad, de forma muy especial en este Año Sacerdotal.
Así
se lo pedimos también a nuestra Patrona, la Santísima Virgen
de la Cabeza,
en este año jubilar, guía y ejemplo de respuesta al Señor, primer tabernáculo
de Jesucristo sacerdote y, por eso mismo, Madre especial de los sacerdotes.
Que
ella, presente una vez más ante su Hijo, Buen Pastor, nuestra súplica por los
seminaristas y futuras vocaciones en favor de ésta su Iglesia. Que así sea.
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