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Homilía en la Misa Crismal - Catedral de Ciudad Rodrigo Imprimir E-Mail
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Escrito por + Atilano Rodríguez, obispo de Ciudad Rodrigo   
martes, 30 de marzo de 2010

Este año la misa Crismal está enmarcada en la celebración del  año sacerdotal, especialmente convocado por el Papa Benedicto XVI, al cumplirse el ciento cincuenta aniversario de la muerte del Cura de Ars, San Juan María Vianney. Con esta convocatoria, el Santo Padre nos invita a todos los sacerdotes a progresar en nuestra renovación interior para avanzar hacia la perfección espiritual de la que depende la eficacia de nuestro ministerio. Esta debe ser siempre una tarea permanente para cada uno de nosotros, pues cada día estrenamos la llamada del Señor y cada día tenemos que responder a su envío, entregándole nuestra vida para que se cumpla en nosotros su voluntad.

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Al mismo tiempo esta celebración coincide también con la dolorosa noticia de los abusos sexuales a menores por parte de algunos miembros del clero católico en distintos países. En la mayor parte de los casos estas denuncias se remontan a situaciones ocurridas hace ya bastantes años, aunque esto no disminuya la gravedad de los hechos. Las consecuencias de estos pecados están afectando a toda la Iglesia y por ello es necesario, como nos ha recordado el Santo Padre, reconocerlo y reparar en la medida de lo posible el daño causado a las víctimas. Si se reconoce el daño causado, será posible avanzar en el restablecimiento de la justicia y en la purificación de la memoria.

Este reconocimiento ayudará también a toda la Iglesia a mirar hacia el futuro con un renovado compromiso evangelizador, actuando siempre desde la humildad, desde el reconocimiento de los propios pecados y desde la confianza en el Señor. A la preparación de este futuro ha de contribuir en buena medida la reciente carta del Papa a los católicos de Irlanda en la que se ofrecen caminos para la curación de las heridas, para la reparación de las ofensas y para la renovación espiritual de todos.

Ahora bien, detrás de estas acusaciones y de las manipulaciones interesadas de la noticia por parte de algunos, hemos de ver también un ataque claro contra la autoridad del Papa y contra el catolicismo por parte de un laicismo hostil a la Iglesia, que no consiente la existencia de valores absolutos y de fundamentos sólidos en los comportamientos humanos, sino que pretende basarlo todo en el relativismo y en la defensa de la libertad absoluta sin referencia alguna a la verdad y al bien. En comunión con el dolor y el sufrimiento del Santo Padre y de tantos millones de sacerdotes y de católicos ejemplares, en esta celebración eucarística pedimos al Señor, que sufre y resucita por la salvación de todos, misericordia y gracia.

Las lecturas de la Palabra de Dios que acabamos de proclamar nos presentan a Jesús en la sinagoga de Nazaret manifestando a todos los hombres la verdadera identidad de su misión. Ungido por el Espíritu Santo, el Señor viene al mundo para ofrecer liberación, curación, salvación y perdón a quienes lo acepten como el enviado del Padre. Jesús, con la clara conciencia de haber sido ungido por el Espíritu Santo y con la confianza de quien se sabe enviado por el Padre, durante los años de su vida pública, ofrecerá curación a los enfermos, liberación a los oprimidos, perdón a los  pecadores y proclamara el año de gracia, es decir, la salvación de Dios.

Cristo es el único Sacerdote de la nueva alianza. Todos nosotros participamos de su único sacerdocio. Por eso nuestra realización personal como sacerdotes debe consistir siempre en la contemplación de los gestos y comportamientos del único Sacerdote y en la identificación con Él. En virtud de la ordenación sacerdotal se ha realizado en cada uno de nosotros esta unificación y configuración con Cristo pero, ahora, tenemos que vivir en la verdad del sacramento recibido. Cada día, cada instante de nuestra vida, estamos llamados a ser testigos del Eterno en medio de un mundo cerrado a la trascendencia. En este sentido, yo quiero agradeceros a todos el que sigáis con la mano puesta en el arado a pesar de la dureza del terreno y de las inclemencias del tiempo presente.

Precisamente, porque queréis seguir el camino iniciado el día de la ordenación sin volver la vista atrás, dentro de unos instantes, en la renovación de las promesas sacerdotales, manifestaremos una vez más nuestra voluntad de unirnos más fuertemente a Cristo y configurarnos con él, renunciando a nosotros mismos para cumplir los sagrados deberes contraídos el día de la ordenación al servicio del pueblo de  Dios. Esto quiere decir que nuestra voluntad debe estar constantemente orientada a Cristo y, consecuentemente, exige renuncia a nosotros mismos y a los criterios del mundo. En definitiva, lleva consigo el abandono en las manos de Dios para Él actúe y se sirva de nosotros, de nuestras personas, para mostrarse a los hermanos.

Como bien sabemos todos por experiencia no son las palabras humanas y los criterios del mundo los que han de modelar nuestra personalidad, sino que es la Palabra de Dios la que debe purificar nuestros criterios. En la oración sacerdotal, el Señor pide al Padre que atraiga a los discípulos y a sus sucesores hacía sí para que sean santificados en la verdad (Jn. 17, 17), para que, ungidos por el Espíritu Santo, sean suyos y para que puedan llevar a cabo el ejercicio del ministerio al servicio de todos los hombres.

Como Jesús, nosotros hemos sido ungidos por el Espíritu Santo en el día de nuestra ordenación y somos ungidos cada día para vivir en Cristo y en sus palabras de vida. El apóstol Pablo nos recuerda que esta es nuestra realidad y nuestra identidad más profunda y verdadera: "Vivo, pero no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mi" (Gal. 2, 20). En el sí de nuestra ordenación sacerdotal hemos renunciado a vivir para nosotros mismos y para el mundo para vivir totalmente en Cristo y para Cristo. Pero este sí primero debemos renovarlo en los constantes síes que debemos dar en cada momento de la vida. De este modo, podremos realizarnos sin amarguras, aceptando que Cristo sea siempre el centro de nuestra vida y de nuestra misión.

La oración tiene que formar siempre parte de este proceso de identificación con Cristo. En ella podemos escuchar constantemente la voz del amigo. En la oración crecemos en la amistad con Él para poder ser amigos de todos los hombres. En la oración aprendemos a conocer los pensamientos, los sentimientos y los criterios del Señor para identificarnos en el ejercicio del ministerio con su estilo de vida y con su forma de actuar. La oración nos ayuda a peregrinar con Cristo, exponiéndole nuestros gozos, nuestros fracasos y nuestros sufrimientos para seguir actuando en todo momento con la ayuda de su gracia.

Pero esta unción del Espíritu y esta llamada a la identificación con Cristo mediante la oración y la participación en los sacramentos, no son solamente para nosotros. Todos los presbíteros somos ungidos y enviados para servir y ungir a los demás. En la consagración del crisma y en la bendición de los óleos pediremos al Señor que se digne bendecir y santificar el aceite perfumado para que todos aquellos hermanos que sean ungidos por ellos experimenten interiormente la unción de la bondad, de la belleza y de la santidad de Dios.

Cuando somos ungidos o ungimos a los demás en el sacramento del bautismo, de la confirmación o de la ordenación sacerdotal, el Espíritu nos hace sentir y gustar la caricia y la dulzura de la bondad del Padre, rico en misericordia, y la cercanía y amor de Jesucristo, nuestro amigo y  Buen Pastor. Somos enviados a ungir a todos los miembros del pueblo de Dios, a quienes ama el Señor, para que experimenten la bondad, el perdón y la santidad de Dios.

La contemplación de la realidad de los miembros de nuestras comunidades pone en evidencia que todos necesitan esta caricia amable de Dios. Los ancianos, los que experimentan la soledad por la pérdida de sus seres queridos o por el olvido de estos, los que dicen no creer en nada, los tristes y abatidos por el peso de la enfermedad, los que no acaban de confiar en Dios, los que viven únicamente preocupados por la posesión de bienes materiales, los niños que crecen sin cariño aunque tengan muchas cosas. Todos necesitan encontrarse con la bondad y el amor de Dios. Esta tiene que ser nuestra responsabilidad y nuestra misión, que hemos de vivir con profunda alegría y entrega. En la medida en que acompañemos a los demás, ofreciéndoles la dulzura y la bondad de Dios, nosotros mismos experimentaremos también la liberación y la cercanía de Dios.
 
Renovemos en este día nuestra unción sacerdotal y sintamos sobre nosotros la mano bondadosa del Señor que nos unge una vez más. Sintamos la fuerza y la ternura de su mirada que una vez más nos llama a seguirle de cerca. La celebración de la Eucaristía nos ayuda a penetrar en la profundidad de la Palabra de Dios para dejarnos iluminar, guiar y transformar por ella. En la celebración eucarística acogemos al mismo Cristo bajo las especies del pan y del vino para que nos identifique con Él en la verdad y el amor. La comunión sacramental, para que no se quede en un puro ritualismo, debe transformar todo nuestro ser y debe ayudarnos a pasar a la propiedad del Dios santo. Al ofrecernos con Cristo al Padre, renovamos también nuestro servicio generoso a todo el pueblo de Dios, aunque muchos no reconozcan ni valoren el don de nuestra vida o el impagable servicio que prestamos a la Iglesia y a la sociedad. 
+ Atilano Rodríguez, obispo de Ciudad Rodrigo

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