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Este año la misa
Crismal está
enmarcada en la celebración del año
sacerdotal, especialmente convocado por el Papa Benedicto XVI, al cumplirse
el ciento cincuenta aniversario de la muerte del Cura de Ars, San Juan María
Vianney. Con esta convocatoria, el Santo Padre nos invita a todos los
sacerdotes a progresar en nuestra renovación interior para avanzar hacia la
perfección espiritual de la que depende la eficacia de nuestro ministerio. Esta
debe ser siempre una tarea permanente para cada uno de nosotros, pues cada día
estrenamos la llamada del Señor y cada día tenemos que responder a su envío,
entregándole nuestra vida para que se cumpla en nosotros su voluntad. 
Al mismo tiempo esta celebración coincide también con la
dolorosa noticia de los abusos sexuales a menores por parte de algunos miembros
del clero católico en distintos países. En la mayor parte de los casos estas
denuncias se remontan a situaciones ocurridas hace ya bastantes años, aunque
esto no disminuya la gravedad de los hechos. Las consecuencias de estos pecados
están afectando a toda la
Iglesia y por ello es necesario, como nos ha recordado el
Santo Padre, reconocerlo y reparar en la medida de lo posible el daño causado a
las víctimas. Si se reconoce el daño causado, será posible avanzar en el
restablecimiento de la justicia y en la purificación de la memoria.
Este reconocimiento ayudará también a toda la Iglesia a mirar hacia el
futuro con un renovado compromiso evangelizador, actuando siempre desde la
humildad, desde el reconocimiento de los propios pecados y desde la confianza
en el Señor. A la preparación de este futuro ha de contribuir en buena medida
la reciente carta del Papa a los católicos de Irlanda en la que se ofrecen
caminos para la curación de las heridas, para la reparación de las ofensas y
para la renovación espiritual de todos.
Ahora bien, detrás de estas acusaciones y de las manipulaciones interesadas de
la noticia por parte de algunos, hemos de ver también un ataque claro contra la
autoridad del Papa y contra el catolicismo por parte de un laicismo hostil a la Iglesia, que no consiente
la existencia de valores absolutos y de fundamentos sólidos en los
comportamientos humanos, sino que pretende basarlo todo en el relativismo y en
la defensa de la libertad absoluta sin referencia alguna a la verdad y al bien.
En comunión con el dolor y el sufrimiento del Santo Padre y de tantos millones
de sacerdotes y de católicos ejemplares, en esta celebración eucarística
pedimos al Señor, que sufre y resucita por la salvación de todos, misericordia
y gracia.
Las lecturas de la Palabra
de Dios que acabamos de proclamar nos presentan a Jesús en la sinagoga de
Nazaret manifestando a todos los hombres la verdadera identidad de su misión.
Ungido por el Espíritu Santo, el Señor viene al mundo para ofrecer liberación,
curación, salvación y perdón a quienes lo acepten como el enviado del Padre. Jesús,
con la clara conciencia de haber sido ungido por el Espíritu Santo y con la
confianza de quien se sabe enviado por el Padre, durante los años de su vida
pública, ofrecerá curación a los enfermos, liberación a los oprimidos, perdón a
los pecadores y proclamara el año de gracia, es decir, la salvación de
Dios.
Cristo es el único Sacerdote de la nueva alianza. Todos nosotros participamos
de su único sacerdocio. Por eso nuestra realización personal como sacerdotes
debe consistir siempre en la contemplación de los gestos y comportamientos del
único Sacerdote y en la identificación con Él. En virtud de la ordenación
sacerdotal se ha realizado en cada uno de nosotros esta unificación y
configuración con Cristo pero, ahora, tenemos que vivir en la verdad del sacramento
recibido. Cada día, cada instante de nuestra vida, estamos llamados a ser
testigos del Eterno en medio de un mundo cerrado a la trascendencia. En este
sentido, yo quiero agradeceros a todos el que sigáis con la mano puesta en el
arado a pesar de la dureza del terreno y de las inclemencias del tiempo
presente.
Precisamente, porque queréis seguir el camino iniciado el día de la ordenación
sin volver la vista atrás, dentro de unos instantes, en la renovación de las
promesas sacerdotales, manifestaremos una vez más nuestra voluntad de unirnos
más fuertemente a Cristo y configurarnos con él, renunciando a nosotros mismos
para cumplir los sagrados deberes contraídos el día de la ordenación al
servicio del pueblo de Dios. Esto quiere decir que nuestra voluntad debe
estar constantemente orientada a Cristo y, consecuentemente, exige renuncia a
nosotros mismos y a los criterios del mundo. En definitiva, lleva consigo el
abandono en las manos de Dios para Él actúe y se sirva de nosotros, de nuestras
personas, para mostrarse a los hermanos.
Como bien sabemos todos por experiencia no son las palabras humanas y los
criterios del mundo los que han de modelar nuestra personalidad, sino que es la Palabra de Dios la que
debe purificar nuestros criterios. En la oración sacerdotal, el Señor pide al
Padre que atraiga a los discípulos y a sus sucesores hacía sí para que sean
santificados en la verdad (Jn. 17, 17), para que, ungidos por el Espíritu
Santo, sean suyos y para que puedan llevar a cabo el ejercicio del ministerio
al servicio de todos los hombres.
Como Jesús, nosotros hemos sido ungidos por el Espíritu Santo en el día de
nuestra ordenación y somos ungidos cada día para vivir en Cristo y en sus
palabras de vida. El apóstol Pablo nos recuerda que esta es nuestra realidad y
nuestra identidad más profunda y verdadera: "Vivo, pero no soy yo quien
vive, sino que es Cristo quien vive en mi" (Gal. 2, 20). En el sí de
nuestra ordenación sacerdotal hemos renunciado a vivir para nosotros mismos y
para el mundo para vivir totalmente en Cristo y para Cristo. Pero este sí
primero debemos renovarlo en los constantes síes que debemos dar en cada
momento de la vida. De este modo, podremos realizarnos sin amarguras, aceptando
que Cristo sea siempre el centro de nuestra vida y de nuestra misión.
La oración tiene que formar siempre parte de este proceso de identificación con
Cristo. En ella podemos escuchar constantemente la voz del amigo. En la oración
crecemos en la amistad con Él para poder ser amigos de todos los hombres. En la
oración aprendemos a conocer los pensamientos, los sentimientos y los criterios
del Señor para identificarnos en el ejercicio del ministerio con su estilo de
vida y con su forma de actuar. La oración nos ayuda a peregrinar con Cristo,
exponiéndole nuestros gozos, nuestros fracasos y nuestros sufrimientos para
seguir actuando en todo momento con la ayuda de su gracia.
Pero esta unción del Espíritu y esta llamada a la identificación con Cristo
mediante la oración y la participación en los sacramentos, no son solamente
para nosotros. Todos los presbíteros somos ungidos y enviados para servir y
ungir a los demás. En la consagración del crisma y en la bendición de los óleos
pediremos al Señor que se digne bendecir y santificar el aceite perfumado para
que todos aquellos hermanos que sean ungidos por ellos experimenten
interiormente la unción de la bondad, de la belleza y de la santidad de Dios.
Cuando somos ungidos o ungimos a los demás en el sacramento del bautismo, de la
confirmación o de la ordenación sacerdotal, el Espíritu nos hace sentir y
gustar la caricia y la dulzura de la bondad del Padre, rico en misericordia, y
la cercanía y amor de Jesucristo, nuestro amigo y Buen Pastor. Somos
enviados a ungir a todos los miembros del pueblo de Dios, a quienes ama el
Señor, para que experimenten la bondad, el perdón y la santidad de Dios.
La contemplación de la realidad de los miembros de nuestras comunidades pone en
evidencia que todos necesitan esta caricia amable de Dios. Los ancianos, los
que experimentan la soledad por la pérdida de sus seres queridos o por el
olvido de estos, los que dicen no creer en nada, los tristes y abatidos por el
peso de la enfermedad, los que no acaban de confiar en Dios, los que viven
únicamente preocupados por la posesión de bienes materiales, los niños que
crecen sin cariño aunque tengan muchas cosas. Todos necesitan encontrarse con
la bondad y el amor de Dios. Esta tiene que ser nuestra responsabilidad y
nuestra misión, que hemos de vivir con profunda alegría y entrega. En la medida
en que acompañemos a los demás, ofreciéndoles la dulzura y la bondad de Dios,
nosotros mismos experimentaremos también la liberación y la cercanía de Dios.
Renovemos en este día nuestra unción sacerdotal y sintamos sobre nosotros la
mano bondadosa del Señor que nos unge una vez más. Sintamos la fuerza y la
ternura de su mirada que una vez más nos llama a seguirle de cerca. La
celebración de la
Eucaristía nos ayuda a penetrar en la profundidad de la Palabra de Dios para
dejarnos iluminar, guiar y transformar por ella. En la celebración eucarística
acogemos al mismo Cristo bajo las especies del pan y del vino para que nos
identifique con Él en la verdad y el amor. La comunión sacramental, para que no
se quede en un puro ritualismo, debe transformar todo nuestro ser y debe
ayudarnos a pasar a la propiedad del Dios santo. Al ofrecernos con Cristo al
Padre, renovamos también nuestro servicio generoso a todo el pueblo de Dios,
aunque muchos no reconozcan ni valoren el don de nuestra vida o el impagable
servicio que prestamos a la
Iglesia y a la sociedad.
+ Atilano Rodríguez, obispo de Ciudad Rodrigo
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