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En momentos duros, la memoria de los tiempos luminosos
salva de perecer en las tinieblas. Pocas circunstancias más terribles y oscuras
que las que se conjuran contra Jesús en vísperas de la Cena Pascual, y pocas
profecías más consoladoras que la escogida hoy por la Liturgia para mostrar la
compasión de la Iglesia
por Jesús: “Estaba yo en el vientre, y
el Señor me llamó en las entrañas maternas y pronunció mi nombre. Desde el vientre me formó siervo suyo.”
Si estos pensamientos conceden tanta confianza al que se
acerca a la Palabra
de Dios y la rumia hasta llegar a la contemplación para sacar amor, cuánto más
ánimo no infundirían en Jesús, a medida que se acercaba al momento supremo de
su vida, sabiéndose desde siempre amado y metido en el seno del Padre. El
cuarto Evangelio presenta al Hijo vuelto hacia el Padre, metido en sus pechos.
Sorprendentemente, el Evangelio refiere cómo el discípulo
amado está metido en el pecho del Maestro, detalle que, leído desde el texto
profético, no sólo tiene un sentido cristológico, sino que es una vocación y
ofrecimiento a los discípulos. Desde la profecía de Isaías, la oración del
salmista y el relato de Juan, comprendemos mejor lo que ya había enseñado Jesús
a los suyos: “Os amo con el amor con que soy amado.”
Si intentamos asumir los sentimientos que imaginamos en Jesús, entendemos que el recuerdo del amor
de su Padre lo libraría de sucumbir en la desesperanza. El salmista reitera, como
gota que cae persistente, palabras que confortan. “Mi peña y me alcázar, Dios
mío, eres Tú. Fuiste mi esperanza y mi confianza desde mi juventud. En el
vientre materno, ya me apoyaba en ti” (Sal 70). Y si en las circunstancias más
aciagas traemos a nuestra mente la posibilidad de recostarnos sobre el pecho de
Jesús, también sentiremos la fuerza del amor divino.
Es muy fuerte tener sentado a la mesa a aquel que te va a
traicionar. La noche domina la escena, el drama espanta a los discípulos, y sin
embargo, el Maestro, con una autoridad que admira a los suyos, pronuncia unas
sentencias difíciles de comprender, si no se tiene en cuenta la relación
interior que Él vive. “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es
glorificado en Él. (Si Dios es glorificado en Él, también Dios lo glorificará
en sí mismo: pronto lo glorificará).”
Entremos más adentro, en la espesura. Adentrémonos en el
regazo entrañable de Dios. ¡Qué misterio! La cena de Betania es preludio de la
Última Cena, la profecía de Isaías, no sólo se refiere a Cristo, sino que el
Maestro nos invita a cada uno a entrañarnos en Dios.
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