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Escrito por Ángel Moreno de Buenafuente   
lunes, 29 de marzo de 2010

En momentos duros, la memoria de los tiempos luminosos salva de perecer en las tinieblas. Pocas circunstancias más terribles y oscuras que las que se conjuran contra Jesús en vísperas de la Cena Pascual, y pocas profecías más consoladoras que la escogida hoy por la Liturgia para mostrar la compasión de la Iglesia  por Jesús: “Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó en las entrañas maternas y pronunció mi nombre. Desde el vientre me formó siervo suyo.”

Joan Abelló, La Última Cena

Si estos pensamientos conceden tanta confianza al que se acerca a la Palabra de Dios y la rumia hasta llegar a la contemplación para sacar amor, cuánto más ánimo no infundirían en Jesús, a medida que se acercaba al momento supremo de su vida, sabiéndose desde siempre amado y metido en el seno del Padre. El cuarto Evangelio presenta al Hijo vuelto hacia el Padre, metido en sus pechos.

Sorprendentemente, el Evangelio refiere cómo el discípulo amado está metido en el pecho del Maestro, detalle que, leído desde el texto profético, no sólo tiene un sentido cristológico, sino que es una vocación y ofrecimiento a los discípulos. Desde la profecía de Isaías, la oración del salmista y el relato de Juan, comprendemos mejor lo que ya había enseñado Jesús a los suyos: “Os amo con el amor con que soy amado.”

Si intentamos asumir los sentimientos que imaginamos  en Jesús, entendemos que el recuerdo del amor de su Padre lo libraría de sucumbir en la desesperanza. El salmista reitera, como gota que cae persistente, palabras que confortan. “Mi peña y me alcázar, Dios mío, eres Tú. Fuiste mi esperanza y mi confianza desde mi juventud. En el vientre materno, ya me apoyaba en ti” (Sal 70). Y si en las circunstancias más aciagas traemos a nuestra mente la posibilidad de recostarnos sobre el pecho de Jesús, también sentiremos la fuerza del amor divino.

Es muy fuerte tener sentado a la mesa a aquel que te va a traicionar. La noche domina la escena, el drama espanta a los discípulos, y sin embargo, el Maestro, con una autoridad que admira a los suyos, pronuncia unas sentencias difíciles de comprender, si no se tiene en cuenta la relación interior que Él vive. “Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en Él. (Si Dios es glorificado en Él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará).”

Entremos más adentro, en la espesura. Adentrémonos en el regazo entrañable de Dios. ¡Qué misterio! La cena de Betania es preludio de la Última Cena, la profecía de Isaías, no sólo se refiere a Cristo, sino que el Maestro nos invita a cada uno a entrañarnos en Dios.

 

 

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