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Estos días vamos a encontrar unos contrastes muy fuertes
en las lecturas. Al contemplarlas, descubro el deseo de la Iglesia de consolar y de
acompañar con amor a su Señor, que se dispone para su Pasión y muerte. 
Hoy escuchamos una suave melodía y palabras de ánimo para
avivar en la conciencia de Jesús el recuerdo de que es amado de Dios. “Mirad a
mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, a quien prefiero. Sobre Él he puesto
mi espíritu”.
Paradójicamente, el recuerdo de las profecías entrañables surge
en los momentos más recios. Y se suma también el salmista para afianzar en la
memoria del Siervo la certeza de que no está solo. “El Señor es la defensa de
mi vida ¿Quién me hará temblar? (Sal 26).
Robusti (1565),
Jesús en casa de
Marta y María
Sobre todo la escena de Betania, colocada cronológicamente
seis días antes de la Pascua, da realismo a los pasos de la vida de Jesús,
antes de padecer.
¡Cómo se agradece tener un lugar donde, sin que te
pregunten nada, ni tengas que demostrar nada, te acojan, te quieran, te
acompañen! La elección del pasaje de Betania y la cena que le ofrecen los
amigos a Jesús no son casuales en la revelación evangélica. La fidelidad
necesita apoyarse en la fuerza que presta el amor. “Allí le ofrecieron una
cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María toma una libra de
perfume de nardo, auténtico y costoso, y le ungió a Jesús los pies”.
¿Con qué gesto de amor voy a acompañar estos días a quien
se entrega por mí?
Jesús, sorprendentemente, para que los discípulos se
sientan queridos y puedan mantenerse fuertes, les dará una cena y les lavará
los pies. Es lo mismo que Él recibió en Betania, y que tanto bien le hizo. La
casa de Marta y María es una referencia necesaria en la vida del Maestro. La
Iglesia, al brindarnos la contemplación del pasaje, intenta ser como María de
Betania con su Señor. Pero lo que no imaginábamos es que el mismo Señor va ser
quien nos invite a la cena y, puesto a nuestros pies, nos los lavará, para que,
como dice el salmista: “si me declaran la guerra, me siento tranquilo. Él me
protegerá en su tienda el día del peligro”.
Jesús agradece los gestos, defiende a quienes se los
ofrecen, se deja amar, y manifiesta su naturaleza humana menesterosa de
amistad. Él nos dirá: “Ya no os llamo siervos, sois mis amigos”.
Iniciemos los días santos con gestos de amor.
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