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La Semana Santa que ahora
comenzamos es el periodo más intenso y significativo de todo el año litúrgico.
Se llama también Semana Grande por los recuerdos y acontecimientos litúrgicos y
de vida cristiana. 
Empieza los días santos, los días grandes,
en que nuestro Señor Jesucristo dio hermosas y admirables pruebas de amor.
Debemos prepararnos para escuchar cada una de sus palabras, para leer sus signos, para contemplar despaciosamente
sus gestos, sus toques, sus detalles.
No se trata simplemente de asistir, desde
fuera, a un espectáculo emocionante, ni se tarta de unas actuaciones folklóricas,
más o menos edificantes. Lo que vamos a contemplar son los hechos más grandes
que han ocurrido en la historia de la humanidad, una historia de amor sin
límites, vencedora de todo mal y todo pecado, y que resultará ser la salvación
del mundo. Y nuestra contemplación ha de ser asimilativa y participativa, desde
dentro. De muchas maneras somos también protagonistas de esta historia. San
Pablo lo llamaba comunión con la pasión y la resurrección de Jesucristo.
Comulgar es adentrarse progresivamente en
el misterio pascual, tratar de comprender y llenarse de los sentimientos del Señor,
no sólo cuando sufría, sino, sobre todo, cuando amaba. Por mucho que nos
acerquemos, nunca lo agotaremos. Como decía San Juan de la Cruz, Cristo es una mina
inagotable, “con muchos senos de tesoros, que por más que ahonden nunca les
hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas
riquezas acá y allá” (C B 37, 49. Y anima a entrar en la espesura de la cruz
para llegar a la espesura de la gloria.
Nos llevamos a casa el ramo bendito que nos
recuerda la victoria de Cristo para ponerlo junto al crucifijo como símbolo de
la aclamación de Cristo y un signo de esperanza: un día alcanzaremos
definitivamente al señor en la
Gloria, El volverá triunfante y nuestra vida es una marcha hacia El hacia la
entrada triunfal en la felicidad eterna. Ahora esta marcha pasa por el
sufrimiento y pasará por la muerte.
Vivamos los pasos diarios del trabajo, del estudio de las faenas de
casa, la amistad, la vida de familia, en unión con Cristo.
Felicito a los cofrades que desean revitalizar sus asociaciones para
que, cargadas de vida cristiana, en medio
de su sencillez, puedan ofrecer un rostro vivo del Evangelio de Cristo y de la
fe en El. Lamento que algunos se limiten a expresar su fe solo en algunas procesiones de Semana Santa.
Felicito a los hermanos y cofrades que buscan ofrecer una catequesis plástica de la pasión, muerte y resurrección del
Señor a través de sus procesiones e imágenes.
Me alegra ver la túnica
y el capirote que dan anonimato a los nazarenos. Felicito a los jóvenes que se
deciden a integrarse en las Hermandades
y Cofradías de Semana Santa a fin de dar más autenticidad a su fe cristiana y
entrar en contacto con lo religioso y hacerlo a través de los símbolos, de los
gestos, de los sentidos, de las emociones…
Como Obispo y Pastor de la Iglesia deseo que estéis
interesados en la pastoral diocesana que cultiva este sentido eclesial, el amor
a la Iglesia,
la pasión por ella, que os sintáis profundamente unidos a la Iglesia.
En la sociedad actual la Semana Santa, en
general, y lo digo con mucha pena, se ha secularizado. Se ha convertido, en muchos casos, en una semana de
vacaciones cortas para hacer turismo o descansar. Es también legítimo, pero no
debemos olvidarnos, especialmente los cristianos que participamos, y debemos hacerlo, con nuestras celebraciones litúrgicas y manifestaciones de la
religiosidad popular que nos introducen en el misterio de Cristo Redentor,
único de todos los hombres, para todo el año y para todos nuestros días.
Vivamos estos días con apretada tensión de fe la pasión y muerte del Señor
para poder llegar a la luz y el gozo de la resurrección.
+ Ángel Rubio Castro - Obispo de Segovia
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