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Siguiendo la
sucesión de los diferentes juicios que se nos han propuesto en las lecturas de
la Liturgia de la Palabra durante toda la semana, en los textos de hoy se narra
la suerte de Jeremías: “Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo. Mis
amigos acechaban mi traspié”. De nuevo se descubren matices proféticos en un
ejemplo del Antiguo Testamento, colocado en paralelo con la situación de Jesús.
“Los judíos agarraron piedras para apedrear a Jesús” e “intentaron, de nuevo,
detenerlo”. 
El profeta, en
medio del asedio, testimonia su confianza en Dios: “El Señor está conmigo, como
fuerte soldado, mis enemigos tropezaron y no pudieron conmigo”. Y Jesús,
acusado de blasfemia, afirma: “El Padre está en mí, y yo en el Padre”.
La certeza y
seguridad que da la fe en el Señor quedan recogidas magistralmente por el
salmista, cuando para describirlas emplea diez términos, con los que afianza la
opción de fiarse de Dios. “El Señor es mi fortaleza, mi roca, mi alcázar, mi
liberador. Peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza, mi baluarte, Dios mío”.
Hoy tenemos un
testigo especial de los que se fían de Dios, y por Él se atreven a seguir el
camino de la obediencia a través de una historia paradójica, dolorosa y un
tanto incomprensible para la razón.
En este día, no
olvidamos la advocación de la Virgen de los Dolores. Ella es la mujer fuerte. Si Susana, los
jóvenes de Babilonia y Jeremías no se arredraron frente a quienes los
perseguían, la madre de Jesús acompañará a su Hijo hasta el pie del madero,
sabiendo también de quién se ha fiado.
¡Qué bien recoge el
salmista la posible experiencia del que, acosado por circunstancias dolorosas,
acude al Señor, y en ello encuentra su fuerza. “En el peligro invoqué al Señor,
grité a mi Dios: desde su templo Él escuchó mi voz, y mi grito llegó a sus
oídos” (Sal 17).
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