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En
estos días de la Semana Santa las diversas muestras de la religiosidad popular
nos remiten a los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, que
tuvieron lugar en Jerusalén hace casi dos mil años. Celebrar la Semana Santa es
de alguna manera peregrinar con el espíritu a la Ciudad Santa. 
De nuevo volvemos
al Cenáculo, donde el Señor, en el pan y el vino de la pascua judía, nos
entregó su propia carne en comida y su sangre en bebida para que podamos
recorrer el camino de la fe.
De
nuevo nos recogemos en la cueva de Getsemaní para meditar, entre los olivos de
aquel huerto, el don de la amistad y el drama de la traición, unidos en una
noche en que se nos invitaba a velar y orar junto al Maestro.
De
nuevo bajamos a los sótanos del Gallicantu, donde los arqueólogos sitúan la
interminable prisión nocturna de Jesús, que antes del canto de los gallos es
negado por Pedro y burlado por guardias y sirvientes de los sumos sacerdotes.
De
nuevo nos retiramos a la capilla de la Flagelación para escuchar con los oídos
del alma los 49 azotes que llovieron sobre las espaldas de aquel que era
reconocido como inocente por el político infame que lo condenaba.
De
nuevo recorremos la Vía Dolorosa para sentir el horror y la vergüenza del Señor
de la historia, arrastrado hasta un patíbulo infame en el que se cuelga a los
malhechores.
De
nuevo nos arrodillamos frente a la roca del Calvario para recordar en silencio
agradecido al Justo injustamente ajusticiado y venerar la cruz de donde brota
la esperanza.
De
nuevo besamos la losa del santo sepulcro, de donde se levantó el Señor
Resucitado para precedernos por los caminos del mundo mientras vamos anunciando
la buena noticia de su verdad y el ejemplo luminoso de su vida.
Pues
bien, esa historia no puede quedar arrinconada en el pasado. Ni puede
convertirse en objeto de museo o en codiciado motivo de turismo. Aquellos
hechos memorables sostienen nuestra fe. La fe que orienta nuestras opciones particulares y la que impregna la
cultura que ha dado nervio y sustento a nuestro pueblo.
De ese
septenario de misterios pende nuestra redención y nuestra bienaventuranza. Y
ese septenario de misterios es lo que nos preparamos a celebrar un año más
durante la Semana Santa. Un año más cada uno de nosotros acepta con gusto y con
fe acompañar a Jesucristo en su pasión y acompañar a todos los que padecen
junto a Él, tal vez sin conocerlo.
Eso proclaman nuestras celebraciones de la
Semana Santa y la religiosidad popular que las anticipa y prolonga en nuestras
calles y plazas. Que después de acompañar al Nazareno y de velar su descanso lo
anunciemos Resucitado para alentar nuestra esperanza. Cristo vive y nosotros
somos testigos de su resurrección.
Esa es nuestra fe y
en ella se fundamenta nuestra cultura. Esa es la fuente de nuestra esperanza y
el motivo que alimenta nuestra sed de justicia y de amor a los hermanos.
José-Román Flecha
Andrés
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