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Escrito por José-Román Flecha Andrés   
miércoles, 24 de marzo de 2010

En estos días de la Semana Santa las diversas muestras de la religiosidad popular nos remiten a los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, que tuvieron lugar en Jerusalén hace casi dos mil años. Celebrar la Semana Santa es de alguna manera peregrinar con el espíritu a la Ciudad Santa.

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De nuevo volvemos al Cenáculo, donde el Señor, en el pan y el vino de la pascua judía, nos entregó su propia carne en comida y su sangre en bebida para que podamos recorrer el camino de la fe.

De nuevo nos recogemos en la cueva de Getsemaní para meditar, entre los olivos de aquel huerto, el don de la amistad y el drama de la traición, unidos en una noche en que se nos invitaba a velar y orar junto al Maestro.

De nuevo bajamos a los sótanos del Gallicantu, donde los arqueólogos sitúan la interminable prisión nocturna de Jesús, que antes del canto de los gallos es negado por Pedro y burlado por guardias y sirvientes de los sumos sacerdotes.

De nuevo nos retiramos a la capilla de la Flagelación para escuchar con los oídos del alma los 49 azotes que llovieron sobre las espaldas de aquel que era reconocido como inocente por el político infame que lo condenaba.

De nuevo recorremos la Vía Dolorosa para sentir el horror y la vergüenza del Señor de la historia, arrastrado hasta un patíbulo infame en el que se cuelga a los malhechores.

De nuevo nos arrodillamos frente a la roca del Calvario para recordar en silencio agradecido al Justo injustamente ajusticiado y venerar la cruz de donde brota la esperanza.

De nuevo besamos la losa del santo sepulcro, de donde se levantó el Señor Resucitado para precedernos por los caminos del mundo mientras vamos anunciando la buena noticia de su verdad y el ejemplo luminoso de su vida.

Pues bien, esa historia no puede quedar arrinconada en el pasado. Ni puede convertirse en objeto de museo o en codiciado motivo de turismo. Aquellos hechos memorables sostienen nuestra fe. La fe que orienta nuestras opciones particulares y la que impregna la cultura que ha dado nervio y sustento a nuestro pueblo.

De ese septenario de misterios pende nuestra redención y nuestra bienaventuranza. Y ese septenario de misterios es lo que nos preparamos a celebrar un año más durante la Semana Santa. Un año más cada uno de nosotros acepta con gusto y con fe acompañar a Jesucristo en su pasión y acompañar a todos los que padecen junto a Él, tal vez sin conocerlo.

 Eso proclaman nuestras celebraciones de la Semana Santa y la religiosidad popular que las anticipa y prolonga en nuestras calles y plazas. Que después de acompañar al Nazareno y de velar su descanso lo anunciemos Resucitado para alentar nuestra esperanza. Cristo vive y nosotros somos testigos de su resurrección.

Esa es nuestra fe y en ella se fundamenta nuestra cultura. Esa es la fuente de nuestra esperanza y el motivo que alimenta nuestra sed de justicia y de amor a los hermanos.

 

José-Román Flecha Andrés

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