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La oración de Jesús en el huerto: MEMORIA
DE GETSEMANÍ
Por Ángela C. Ionescu
Pero no sea lo que yo quiera,
sino lo que quieras tú
(Mc 14, 32; Mt 26,36).
Después del
desgarro, colmada de sufrimiento, se
atreve el alma a levantar los ojos hacia Jerusalén y entiende cuanto quedó
atrás. Entonces vivir es diferente. Cristo llena todo espacio vital. La soledad
se ha convertido en bendición; la distancia hasta todo lo demás, en puente
hacia Él. Y sobre todas las cosas, reina la paz. 
Es extraño
que en la cruz pueda haber gozo y una enorme paz.
Intuyo que
es la felicidad de saber que se está cumpliendo el designio del Padre. En el
más atroz de los sufrimientos, persiste el gozo íntimo, que nadie puede arrancar,
de estar cumpliendo la voluntad suprema, su deseo en mí; es también felicidad
porque se vive lo mismo que Jesús.
En el más
profundo dolor, si es asumido libremente, si se opta por él pudiendo rehuirlo,
está la semilla de la mayor felicidad, la paz del corazón por hacer lo que el
Padre quiere. Es una extraña felicidad. Tiene sabor amargo, sabe a llanto
caliente, a sollozo en silencio, a lágrimas ocultas. Sabe a soledad, a largo
trecho oscuro, sin luz en la lejanía, sin guía ni mano tendida que apoye o dé
seguridad o calor al menos. Es una felicidad que sabe a dolor no compartido, a
niebla densa, a tierra en la que se han confundido todos los senderos.
Pero tiene
también el sabor único de la libertad verdadera, sabor de divinidad, de germen
que nos asemeja al misterio de Jesús. Pudiendo rehuir la cruz, la tomo.
A veces,
solamente después de llegar a llorar sangre y de dejarse la piel del alma en el
esfuerzo por decir “Hágase tu voluntad”,
se llega a sentir la certeza de que al otro lado está la resurrección. A veces,
cuando se ha logrado entregarlo todo, renunciar a todo, sobre todo a lo más
querido, y con el último aliento se ha podido murmurar: “Sí, consiento, hágase
como Tú quieres, no como yo quiero”, surge en nuestro camino el regalo soñado, aquello
que jamás creímos que sería posible alcanzar. Pero sólo después.
De Getsemaní, el Señor fue al Gólgota.
Y de allí, al sepulcro. Y del sepulcro, fuera, al jardín.
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