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Entramos en un
tiempo recio, se precipitan los acontecimientos. Las imágenes que nos ofrecen
las lecturas de la Liturgia de la Palabra de estos días plasman hechos
dramáticos en relación con la Pasión de Cristo.
Las lecturas de la
Biblia, si se iluminan con la persona de Jesucristo, en muchos casos adquieren
un significado profético, se comprenden mejor y nos desvelan su sentido más
pleno.
Hay un primer
aspecto que podemos considerar en la escena que hoy nos narra el libro de
Daniel sobre el juicio de Susana, al ver cómo prevarican los dos testigos. Es
el paralelo con el juicio que sufre Jesús por parte de las autoridades de su
pueblo, a pesar de que presenta dos testigos verdaderos.
Ayer se nos
mostraba al grupo que acusaba a la mujer de adulterio, siendo ellos también
pecadores, y vertían acerca de ella un juicio despiadado mientras provocaban a
Jesús para ver si condenaba a la adúltera. Hoy Jesús declara: “Yo no juzgo a
nadie”.
“Vosotros juzgáis
según la carne”. Deberíamos tener muy en cuenta esta acusación de Jesús porque nos puede llevar a cometer las mayores
injusticias con capa de honestidad.
Un segundo aspecto
es comprobar la confianza del justo en Dios. Susana se abandona al juicio de
Dios, y el Espíritu suscitó al niño Daniel para provocar la revocación del
juicio contra ella. El salmista expresa bellamente la actitud de confianza: “El
Señor es mi pastor, nada me falta. Aunque camine por cañadas oscuras, nada
temo, porque Tú vas conmigo” (Sal 22).
Jesús se fía de su
Padre, lo pone por testigo y sabe que no está solo, porque el que lo ha enviado
está con Él. El Padre da testimonio de la verdad de Jesús.
Dos enseñanzas
principales se derivan de nuestra reflexión: la llamada a abstenernos de juzgar,
y el abandono confiado al juicio de Dios, si se tiene la conciencia tranquila.
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