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Queridos sacerdotes, diáconos, miembros de
vida consagrada, seminaristas y fieles laicos:
En
torno a la fiesta de San José, el varón justo, el servidor fiel y prudente que
Dios puso al frente de su familia, celebramos un año más la tradicional campaña
vocacional del Seminario. En nuestra Diócesis de Santander celebramos el Día
del Seminario, el día 21 de marzo, V domingo de Cuaresma. 
Es una Jornada dedicada a reflexionar sobre
la importancia y significación del Seminario y a orar por las vocaciones
sacerdotales: “La mies es abundante, pero los trabajadores pocos. Rogad, pues, al
Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 38).
Este
año el Día del Seminario tiene lugar en el marco del Año Sacerdotal, convocado
por el Papa Benedicto XVI, con motivo del 150º aniversario de la muerte del
Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney. Un año dedicado a “promover el
compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su
testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”;
“favorecer la tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la
cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio”, “para hacer que se perciba
cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la
Iglesia y en la sociedad contemporánea”.
Testigo
de la misericordia de Dios
El
lema de la campaña vocacional de este año 2010 es: El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios. Se nos invita a
reflexionar sobre una dimensión fundamental del sacerdote: el amor
misericordioso. El sacerdote es signo sacramental de Cristo Pastor ,
y Jesucristo el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza es misericordioso y fiel
(cfr. Hb 2, 17).
El
sacerdocio de Cristo sigue vivo y operante en la historia por medio de los
sacerdotes, que tienen como misión anunciar, celebrar, testimoniar y transmitir
la misericordia de Dios. El sacerdote realiza todo esto en la celebración de la
Eucaristía y de la Penitencia y en el ejercicio de su ministerio pastoral con
todos, especialmente con los pobres y los pecadores. El sacerdote es así el
rostro misericordioso de Cristo Buen Pastor y Buen Samaritano.
Los
seminaristas, futuros sacerdotes, van madurando en los años de formación en el
Seminario esta actitud de misericordia, que los va configurando con Cristo
Pastor misericordioso. El Seminario es el lugar apropiado para formar a los
candidatos al sacerdocio en las virtudes sacerdotales: la fe firme, la esperanza
confiada, la caridad pastoral, la vida de oración, el celibato, la pobreza, la
obediencia, la disponibilidad para el servicio, la formación filosófica y
teológica, la fraternidad presbiteral y las actitudes de misericordia.
Importancia
y urgencia de las vocaciones sacerdotales
La
obra de las vocaciones sacerdotales tiene mucha importancia, porque “sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir
aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia
y de su misión en la historia”.
Es, además un tema de especial urgencia,
porque estamos inmersos en una crisis de vocaciones al sacerdocio en los
Seminarios, una especie de travesía del desierto que constituye una verdadera
prueba en la fe, tanto para los pastores como para los fieles. Hemos de tener
el valor de reconocer que la crisis vocacional, además de ser fruto de muchas
causas reales de tipo demográfico, económico, social, cultural, institucional…
responde también a deficiencias y omisiones en nuestra vida cristiana y en
nuestra pastoral.
Ante
esta situación de crisis que nos preocupa, porque “la falta de vocaciones es
ciertamente la tristeza de cada Iglesia” ,
en vez de ceder al desaliento, tenemos que afrontar el desafío con firme
esperanza, sostenidos por la fuerza del Señor, y promover una pastoral
vocacional con nuevo vigor y decidido compromiso por parte de todos los
miembros de la Iglesia.
En
nuestro Seminario Mayor de Monte Corbán estudian durante este curso 2009-2010
doce seminaristas; dos de ellos pertenecen a Diócesis de Benin en África. En el
Seminario Menor en familia o Preseminario hay 10 muchachos que cultivan la semilla de la vocación
sacerdotal.
Hoy
y siempre la vocación sacerdotal y la perseverancia de los seminaristas es, por
encima de todo, obra de la gracia de Dios. Es el Señor quien llama y elige,
pero quiere contar con la respuesta generosa y libre de los seminaristas.
Todos
somos responsables de las vocaciones sacerdotales
La
vocación sacerdotal es un don de Dios para toda la I iglesia y para la misma
sociedad, que debemos acoger con agradecimiento. Por eso la Iglesia está
llamada a custodiar este don y a estimarlo. Ella es responsable del cultivo de
las vocaciones sacerdotales. Es urgente que se difunda y arraigue la convicción
de que todos los miembros de la Iglesia, sacerdotes, consagrados y fieles
laicos, tenemos la responsabilidad de fomentar y cuidar las vocaciones. El
Concilio Vaticano II ha sido muy explícito al afirmar que “el deber de fomentar
las vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo,
ante todo, con una vida plenamente cristiana”.
Aunque
es verdad que la pastoral vocacional tiene como sujeto activo a toda la Iglesia
Diocesana, quiero fijar mi atención en esta carta
pastoral en la responsabilidad especial del obispo, de los sacerdotes y de las familias.
El obispo. El obispo es el
principal responsable de la pastoral vocacional en su Diócesis. A él, que es
padre, hermano y amigo en su presbiterio, le corresponde la solicitud de dar
continuidad al ministerio presbiteral, incorporando al presbiterio diocesano
nuevos sacerdotes por la imposición de las manos. A él compete el deber de
promover y coordinar las diversas iniciativas vocacionales.
Los sacerdotes. Los sacerdotes son
solidarios y corresponsables con el obispo en la búsqueda y promoción de las
vocaciones sacerdotales.. “Este deber pertenece a la misión misma sacerdotal,
por la que el presbítero se hace ciertamente partícipe de la solicitud de toda
la Iglesia, para que aquí en la tierra nunca falten operarios en el Pueblo de
Dios”.
El signo de un presbiterio diocesano unido, que vive la fraternidad sacerdotal
y la comunión con su obispo, es una llamada para las vocaciones sacerdotales.
Los
sacerdotes somos en la pastoral vocacional actores principales, aunque no
únicos. Tenemos que practicar y hacer practicar la pastoral vocacional y crear
en las parroquias y comunidades cristianas una cultura de la vocación.
El Papa Benedicto XVI, en el Mensaje
para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones, que se celebrará el 25
de abril de 2010, propone en sintonía con el Año Sacerdotal el tema: El testimonio suscita vocaciones: “la
fecundidad de la propuesta vocacional, en efecto, depende primariamente de la
acción gratuita de Dios, pero, como confirma la experiencia pastoral, está
favorecida también por la cualidad y la riqueza del testimonio personal y
comunitario de cuantos han respondido ya a la llamada del Señor en el
ministerio sacerdotal y en la vida consagrada, puesto que su testimonio puede suscitar
en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo”.
El Papa señala tres aspectos para un testimonio sacerdotal eficaz: la amistad
con Cristo, el don de sí mismo a Dios y la comunión en el amor. “Se podría
decir -afirma el Papa- que las vocaciones sacerdotales nacen del
contacto con los sacerdotes, casi como un patrimonio precioso comunicado con la
palabra, el ejemplo y la vida entera” .
La familia. Las vocaciones sacerdotales
surgen ordinariamente en el seno de familias cristianas. La familia es “como un
primer Seminario”,
y es el ambiente propicio para que el muchacho escuche la llamada divina y
acoja el don de la vocación.
Es
cierto que algunos padres de familia, aún siendo buenos cristianos, no quieren
enviar a un hijo al Seminario para que sea sacerdote. Estemos atentos,
sacerdotes y catequistas, para convencer y ayudar a los padres. Si Dios llama a
algún hijo para ser sacerdote, los padres deben respetar la vocación, como
respetan otras opciones legítimas de sus hijos. Los padres deben saber que Dios
puede colmar de felicidad el corazón de sus hijos, porque la vida sacerdotal es
bella y apasionante, aunque sea un camino difícil y sacrificado
Gratitud
y súplica
Concluyo
esta carta pastoral con una acción de
gracias a Dios por el don de nuestros sacerdotes, “porque siguen con la mano
puesta en el arado, a pesar de la dureza de la tierra y de la inclemencia del
tiempo”.
Agradecemos al Señor el regalo de
nuestros seminaristas, que son una bendición de Dios para nuestra Iglesia
Diocesana de Santander, que peregrina en Cantabria y en el Valle de Mena.
Pedimos para que los seminaristas respondan con generosidad y valentía a la
llamada de Jesús, que les invita para estar con Él y para enviarlos a predicar
(cfr. Mc 3, 14). ¡Qué difícil renunciar a tantas cosas del mundo, pero, al
mismo tiempo, qué alegría sentir en el corazón la llamada del amor y
predilección de Jesús, que es el mejor amigo, el verdadero tesoro por el que
merece la pena dejarlo todo (cfr. Mt 13, 44).
Felicito
a nuestros seminaristas y quiero que sientan el apoyo y la cercanía del obispo,
de los sacerdotes, de los miembros de vida consagrada y de los fieles laicos de
nuestra Diócesis. Agradezco el trabajo generoso y paciente del Equipo de
superiores, del Claustro de profesores y de todo el personal de servicio de
nuestro Seminario de Monte Corbán. Expreso mi gratitud sincera a todos los
diocesanos que trabajáis con constancia en la obra de las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada, especialmente a la Delegación de Pastoral
Juvenil, Vocacional y Universitaria. Doy las gracias a tantos cristianos que
rezan y se preocupan por el Seminario, especialmente a los monjes y monjas de
vida contemplativa, que en el silencio de los claustros ofrecen su asidua oración
y generosa penitencia a Dios por las vocaciones.
Agradezco
sinceramente a todos los diocesanos la
generosa ayuda económica que, a través de la colecta del Día del Seminario y de
otras formas, hacéis en favor del sostenimiento ordinario y las obras del Seminario. Que Dios que es el mejor
remunerador os lo sepa recompensar.
Encomiendo
el cuidado de nuestros seminaristas al Patriarca San José, que cuidó en Nazaret
de Jesús, que “iba creciendo en sabiduría, en estatura y en
gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52).
Por
intercesión de la Virgen María, la Bien Aparecida, tan querida y venerada en
nuestra tierra, pedimos al Señor que suscite en las familias cristianas de
nuestras parroquias y comunidades abundantes vocaciones sacerdotales para el
servicio de Cristo, de la Iglesia y del mundo.
Con
mi afecto, agradecimiento y bendición,
+ Vicente Jiménez
Zamora - Obispo de Santander
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