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Día del Seminario 2010 - El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios Imprimir E-Mail
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Escrito por + Vicente Jiménez Zamora - Obispo de Santander   
viernes, 19 de marzo de 2010

Queridos sacerdotes, diáconos, miembros de vida consagrada, seminaristas y fieles laicos:

 En torno a la fiesta de San José, el varón justo, el servidor fiel y prudente que Dios puso al frente de su familia, celebramos un año más la tradicional campaña vocacional del Seminario. En nuestra Diócesis de Santander celebramos el Día del Seminario, el día 21 de marzo, V domingo de Cuaresma.

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Es una Jornada dedicada a reflexionar sobre la importancia y significación del Seminario y a orar por las vocaciones sacerdotales: “La mies es abundante, pero los trabajadores pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies” (Mt 9, 38).

 

 Este año el Día del Seminario tiene lugar en el marco del Año Sacerdotal, convocado por el Papa Benedicto XVI, con motivo del 150º aniversario de la muerte del Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney. Un año dedicado a “promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”; “favorecer la tensión de los sacerdotes hacia la perfección espiritual, de la cual depende sobre todo la eficacia de su ministerio”, “para hacer que se perciba cada vez más la importancia del papel y de la misión del sacerdote en la Iglesia y en la sociedad contemporánea”[1].

 

Testigo de la misericordia de Dios

 

 El lema de la campaña vocacional de este año 2010 es: El sacerdote, testigo de la misericordia de Dios. Se nos invita a reflexionar sobre una dimensión fundamental del sacerdote: el amor misericordioso. El sacerdote es signo sacramental de Cristo Pastor [2], y Jesucristo el Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza es misericordioso y fiel (cfr. Hb 2, 17).

 

 El sacerdocio de Cristo sigue vivo y operante en la historia por medio de los sacerdotes, que tienen como misión anunciar, celebrar, testimoniar y transmitir la misericordia de Dios. El sacerdote realiza todo esto en la celebración de la Eucaristía y de la Penitencia y en el ejercicio de su ministerio pastoral con todos, especialmente con los pobres y los pecadores. El sacerdote es así el rostro misericordioso de Cristo Buen Pastor y Buen Samaritano.

 

 Los seminaristas, futuros sacerdotes, van madurando en los años de formación en el Seminario esta actitud de misericordia, que los va configurando con Cristo Pastor misericordioso. El Seminario es el lugar apropiado para formar a los candidatos al sacerdocio en las virtudes sacerdotales: la fe firme, la esperanza confiada, la caridad pastoral, la vida de oración, el celibato, la pobreza, la obediencia, la disponibilidad para el servicio, la formación filosófica y teológica, la fraternidad presbiteral y las actitudes de misericordia.

 

Importancia y urgencia de las vocaciones sacerdotales

 

 La obra de las vocaciones sacerdotales tiene mucha importancia, porque “sin sacerdotes la Iglesia no podría vivir aquella obediencia fundamental que se sitúa en el centro mismo de su existencia y de su misión en la historia”[3]. Es, además un tema de especial urgencia, porque estamos inmersos en una crisis de vocaciones al sacerdocio en los Seminarios, una especie de travesía del desierto que constituye una verdadera prueba en la fe, tanto para los pastores como para los fieles. Hemos de tener el valor de reconocer que la crisis vocacional, además de ser fruto de muchas causas reales de tipo demográfico, económico, social, cultural, institucional… responde también a deficiencias y omisiones en nuestra vida cristiana y en nuestra pastoral.

 

 Ante esta situación de crisis que nos preocupa, porque “la falta de vocaciones es ciertamente la tristeza de cada Iglesia” [4], en vez de ceder al desaliento, tenemos que afrontar el desafío con firme esperanza, sostenidos por la fuerza del Señor, y promover una pastoral vocacional con nuevo vigor y decidido compromiso por parte de todos los miembros de la Iglesia.

 

 En nuestro Seminario Mayor de Monte Corbán estudian durante este curso 2009-2010 doce seminaristas; dos de ellos pertenecen a Diócesis de Benin en África. En el Seminario Menor en familia o Preseminario hay 10 muchachos que cultivan la semilla de la vocación sacerdotal.

 

 Hoy y siempre la vocación sacerdotal y la perseverancia de los seminaristas es, por encima de todo, obra de la gracia de Dios. Es el Señor quien llama y elige, pero quiere contar con la respuesta generosa y libre de los seminaristas.

 

Todos somos responsables de las vocaciones sacerdotales

 

 La vocación sacerdotal es un don de Dios para toda la I iglesia y para la misma sociedad, que debemos acoger con agradecimiento. Por eso la Iglesia está llamada a custodiar este don y a estimarlo. Ella es responsable del cultivo de las vocaciones sacerdotales. Es urgente que se difunda y arraigue la convicción de que todos los miembros de la Iglesia, sacerdotes, consagrados y fieles laicos, tenemos la responsabilidad de fomentar y cuidar las vocaciones. El Concilio Vaticano II ha sido muy explícito al afirmar que “el deber de fomentar las vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo, ante todo, con una vida plenamente cristiana”[5].

 

 Aunque es verdad que la pastoral vocacional tiene como sujeto activo a toda la Iglesia Diocesana, quiero fijar mi atención en esta carta pastoral en la responsabilidad especial del obispo, de los sacerdotes y de las familias.

 El obispo. El obispo es el principal responsable de la pastoral vocacional en su Diócesis. A él, que es padre, hermano y amigo en su presbiterio, le corresponde la solicitud de dar continuidad al ministerio presbiteral, incorporando al presbiterio diocesano nuevos sacerdotes por la imposición de las manos. A él compete el deber de promover y coordinar las diversas iniciativas vocacionales[6].

 

 Los sacerdotes. Los sacerdotes son solidarios y corresponsables con el obispo en la búsqueda y promoción de las vocaciones sacerdotales.. “Este deber pertenece a la misión misma sacerdotal, por la que el presbítero se hace ciertamente partícipe de la solicitud de toda la Iglesia, para que aquí en la tierra nunca falten operarios en el Pueblo de Dios”[7]. El signo de un presbiterio diocesano unido, que vive la fraternidad sacerdotal y la comunión con su obispo, es una llamada para las vocaciones sacerdotales.

 

 Los sacerdotes somos en la pastoral vocacional actores principales, aunque no únicos. Tenemos que practicar y hacer practicar la pastoral vocacional y crear en las parroquias y comunidades cristianas una cultura de la vocación.

 

 El Papa Benedicto XVI, en el Mensaje para la Jornada Mundial de oración por las vocaciones, que se celebrará el 25 de abril de 2010, propone en sintonía con el Año Sacerdotal el tema: El testimonio suscita vocaciones: “la fecundidad de la propuesta vocacional, en efecto, depende primariamente de la acción gratuita de Dios, pero, como confirma la experiencia pastoral, está favorecida también por la cualidad y la riqueza del testimonio personal y comunitario de cuantos han respondido ya a la llamada del Señor en el ministerio sacerdotal y en la vida consagrada, puesto que su testimonio puede suscitar en otros el deseo de corresponder con generosidad a la llamada de Cristo”[8]. El Papa señala tres aspectos para un testimonio sacerdotal eficaz: la amistad con Cristo, el don de sí mismo a Dios y la comunión en el amor. “Se podría decir -afirma el Papa- que las vocaciones sacerdotales nacen del contacto con los sacerdotes, casi como un patrimonio precioso comunicado con la palabra, el ejemplo y la vida entera” [9].

 

 La familia. Las vocaciones sacerdotales surgen ordinariamente en el seno de familias cristianas. La familia es “como un primer Seminario”[10], y es el ambiente propicio para que el muchacho escuche la llamada divina y acoja el don de la vocación.

 

 Es cierto que algunos padres de familia, aún siendo buenos cristianos, no quieren enviar a un hijo al Seminario para que sea sacerdote. Estemos atentos, sacerdotes y catequistas, para convencer y ayudar a los padres. Si Dios llama a algún hijo para ser sacerdote, los padres deben respetar la vocación, como respetan otras opciones legítimas de sus hijos. Los padres deben saber que Dios puede colmar de felicidad el corazón de sus hijos, porque la vida sacerdotal es bella y apasionante, aunque sea un camino difícil y sacrificado

 

Gratitud y súplica

 

 Concluyo esta carta pastoral con una acción de gracias a Dios por el don de nuestros sacerdotes, “porque siguen con la mano puesta en el arado, a pesar de la dureza de la tierra y de la inclemencia del tiempo”[11]. Agradecemos al Señor el regalo de nuestros seminaristas, que son una bendición de Dios para nuestra Iglesia Diocesana de Santander, que peregrina en Cantabria y en el Valle de Mena. Pedimos para que los seminaristas respondan con generosidad y valentía a la llamada de Jesús, que les invita para estar con Él y para enviarlos a predicar (cfr. Mc 3, 14). ¡Qué difícil renunciar a tantas cosas del mundo, pero, al mismo tiempo, qué alegría sentir en el corazón la llamada del amor y predilección de Jesús, que es el mejor amigo, el verdadero tesoro por el que merece la pena dejarlo todo (cfr. Mt 13, 44).

 

 Felicito a nuestros seminaristas y quiero que sientan el apoyo y la cercanía del obispo, de los sacerdotes, de los miembros de vida consagrada y de los fieles laicos de nuestra Diócesis. Agradezco el trabajo generoso y paciente del Equipo de superiores, del Claustro de profesores y de todo el personal de servicio de nuestro Seminario de Monte Corbán. Expreso mi gratitud sincera a todos los diocesanos que trabajáis con constancia en la obra de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, especialmente a la Delegación de Pastoral Juvenil, Vocacional y Universitaria. Doy las gracias a tantos cristianos que rezan y se preocupan por el Seminario, especialmente a los monjes y monjas de vida contemplativa, que en el silencio de los claustros ofrecen su asidua oración y generosa penitencia a Dios por las vocaciones.

 

 Agradezco sinceramente a todos los diocesanos la generosa ayuda económica que, a través de la colecta del Día del Seminario y de otras formas, hacéis en favor del sostenimiento ordinario y las obras del Seminario. Que Dios que es el mejor remunerador os lo sepa recompensar.

 

 Encomiendo el cuidado de nuestros seminaristas al Patriarca San José, que cuidó en Nazaret de Jesús, que “iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 52).

 

 Por intercesión de la Virgen María, la Bien Aparecida, tan querida y venerada en nuestra tierra, pedimos al Señor que suscite en las familias cristianas de nuestras parroquias y comunidades abundantes vocaciones sacerdotales para el servicio de Cristo, de la Iglesia y del mundo.

 

 Con mi afecto, agradecimiento y bendición,

 

+ Vicente Jiménez Zamora - Obispo de Santander



[1] Cfr. Benedicto XVI, Carta para la Convocatoria del Año Sacerdotal (16 de junio de 2009), y Discurso a la Congregación para el Clero (16 de marzo de 2009).

[2] Cfr. Concilio Vaticano II, LG 28; PO 12; PDV 21-23.

[3] Cfr. PDV 1.

[4] PDV 34.

[5] OT 2.

[6] Cfr. OT 2.

[7] PO 11.

[8] Benedicto XVI, Mensaje para la XLVII Jornada de oración por las vocaciones, 25 de abril de 2010.

[9] Ibidem.

[10] OT 2.

[11] Conferencia Episcopal Española, Mensaje a los sacerdotes con motivo del Año Sacerdotal, Madrid , 27 de noviembre de 2009.

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Modificado el ( jueves, 14 de abril de 2011 )
 
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