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“Estuve en la cárcel y
vinisteis a verme” (Mt 25, 36)
Carta de los Obispos de Ciudad Rodrigo, Salamanca y Zamora sobre la
atención pastoral en el Centro Penitenciario de Topas
Con motivo de la fiesta de Nuestra Señora de la
Merced tuvimos la dicha de celebrar la Santa Misa en la prisión de Topas con
distintos grupos de personas internas en ese Centro. Desde la llegada al centro
penitenciario hasta la salida del mismo pudimos gozar de la acogida cordial y
del afecto sincero, tanto de los funcionarios del centro penitenciario como de
quienes allí viven privados de libertad.
Pero, sobre todo, experimentamos la universalidad de la Iglesia y la
presencia de Jesucristo Resucitado en medio de aquella asamblea de hermanos,
pues el mismo Señor y la misma fe nos congregaban a hombres y mujeres de
distintas nacionalidades en la alabanza, la acción de gracias y la súplica
confiada al Padre común.
Al salir de la prisión, después de dar gracias a Dios por los dones de
la fe y de la esperanza, experimentamos un profundo desgarro en nuestro corazón
al pensar en los miles de personas que, en la prisión de Topas o en otros
centros penitenciarios, viven aislados del mundo, privados de libertad y
olvidados por casi todos. En la actualidad la población reclusa, según los
últimos informes, asciende a 76.090 y somos el país de la Unión Europea con la
mayor tasa de reclusos: 157 por cada 100.000 habitantes. Cada año se produce un
aumento del número de internos, que a veces supera la capacidad normal de los
Centros penitenciarios, empeora las condiciones de vida de los internos y
dificulta la tarea de los funcionarios.
El recluso y su situación
vital
En los medios de comunicación hallamos a diario información sobre
delitos frecuentes en nuestra sociedad, tales como el tráfico de drogas, el
robo y el hurto. Durante estos últimos años ha crecido también el número de
delitos relacionados con las infracciones de tráfico y con la violencia
doméstica, especialmente contra las mujeres.
Ante la constatación de estos hechos delictivos, todos tenemos muy claro
que la sociedad tiene derecho a protegerse contra quienes atentan contra la
seguridad de sus miembros o contra sus legítimos bienes. Por ello pide la
intervención de las Fuerzas de Orden Público y, en determinados casos, exige un
endurecimiento de las penas privativas de libertad para los delincuentes. Con
frecuencia suele decirse que éstos se han buscado el ingreso en la prisión con
su conducta y, consecuentemente, debe caer sobre ellos todo el peso de la ley,
hasta que cumplan las penas estipuladas en el ordenamiento jurídico por sus
actuaciones equivocadas y delictivas. Ciertamente, el ser humano es responsable
de sus actos y, por tanto, debería actuar en todo momento teniendo en cuenta la
repercusión de los mismos en sus semejantes o en la convivencia social.
Ahora bien, sin quitar un ápice a lo dicho, cuando analizamos la
realidad familiar y social de quienes delinquen y son privados de libertad por
sus comportamientos delictivos, descubrimos un conjunto de situaciones que
influyen decisivamente en el desarrollo de su personalidad y en su actuación a
lo largo de los años. Muchos reclusos,
sin culpa alguna por su parte, han nacido en el seno de familias
desestructuradas, han crecido en un ambiente social enfermo, han tenido que
hacer frente a graves problemas económicos y han vivido con profundas carencias
educativas y afectivas.
Estas condiciones negativas de vida impiden en bastantes ocasiones a
quienes las padecen conseguir una formación integral o lograr una estabilidad
en la vida y, en consecuencia, acceder a un puesto de trabajo. Partiendo de
estos antecedentes, la delincuencia suele ser la salida no buscada ni deseada,
pero que aparecerá desgraciadamente, mientras no se pongan los medios
necesarios y adecuados por parte de las instituciones y de la misma sociedad
para erradicar las causas que la producen, tanto de orden espiritual y moral,
como de orden social, tales como la pobreza, la marginación, las graves
injusticias sociales y las enormes desigualdades económicas que todos
percibimos en nuestra sociedad.
Por lo que se refiere a las causas de orden moral, subrayamos la
decisiva influencia de la idea de libertad humana tan difundida en nuestra
sociedad. Si la libertad se entiende como la simple capacidad de tomar
decisiones sin ser coaccionado por nada ni por nadie y sin referencia alguna a
la verdad y al bien, no debería extrañarnos el crecimiento de los
comportamientos delictivos, especialmente en los jóvenes. Si no existe Dios ni
una verdad absoluta, a quienes referir nuestros comportamientos, cada uno puede
actuar según sus gustos, caprichos y apetencias, sin tener en cuenta para nada
a los demás y sin referencia a los valores éticos, morales y espirituales. De
este modo la libertad corre el riesgo de conducir al egoísmo más brutal. Si no
se tiene en cuenta la moralidad de los actos humanos, se equipara lo legal y lo
ético, y lo legal queda privado de fundamento y de motivación para su
cumplimiento, más allá de la mera coacción. Cuando se debilitan o desaparecen
las razones morales, queda debilitado el orden legal y favorecido el
crecimiento de la delincuencia.
Abrir los ojos a la
situación de los encarcelados
Es por desgracia lo más frecuente que la sociedad mire para otro lado
cuando se encuentra con la situación de la delincuencia, de las prisiones y de
los presos. Toda la responsabilidad en la atención a los reclusos suele recaer
en los responsables de las instituciones penitenciarias y en los funcionarios
de prisiones. En este sentido hay que alabar los esfuerzos realizados durante
los últimos años con el fin de impulsar la programación de actividades
educativas y formativas dentro de la prisión como el camino más adecuado para
la reinserción de los reclusos. Asimismo es necesario valorar y reconocer los
planteamientos alternativos a la prisión, como pueden ser los trabajos en favor
de la comunidad y los centros de reinserción social, teniendo en cuenta la
levedad de las penas cometidas y el arrepentimiento de los delincuentes.
Ahora bien, es un hecho socialmente reconocible que la reclusión en los
centros penitenciarios no está consiguiendo ni la disminución de la
delincuencia ni la reinserción social de la mayor parte de las personas que
pasan por la cárcel. El ordenamiento penitenciario señala, entre los fines de
las instituciones penitenciarias, la reeducación del delincuente mediante una
pedagogía personalizada y adecuada a la realidad de cada interno; sin embargo,
en la práctica, sólo se consigue el castigo. La solución de este difícil
problema no nos corresponde a nosotros y supera nuestra capacidad. Nos
atrevemos solamente a indicar que la reeducación y reinserción social requieren
una transformación de la mente y del corazón de cada interno en el centro
penitenciario, para que llegue a actuar de acuerdo con una escala de valores.
En orden a la reinserción social del delincuente, todos los miembros de
la sociedad debemos valorar la importancia del acompañamiento, cercanía y
consejo a quienes son acusados de comisión de delitos en los momentos previos a
la celebración del juicio y, posteriormente, a los ya condenados a penas de
prisión. La experiencia nos dice que, en muchos casos, quienes han delinquido
pasan por la más terrible soledad y por el abandono total. Si tenemos en cuenta
que el encarcelado debe ser reinsertado nuevamente en la sociedad, ésta debería
acompañarlo en todo el proceso con profundo cariño, para acogerlo nuevamente al
salir de la prisión y no abandonarlo a su suerte.
Por otra parte, sería muy conveniente que en el seno de la sociedad
surgiesen asociaciones o instituciones que acompañasen a quienes han sufrido o
sufren en sus carnes los efectos del comportamiento de los delincuentes. Todos
conocemos, bien por relación personal o por lo medios de comunicación, los
traumas psicológicos y las dificultades de todo tipo, que experimentan muchas
personas al tener que soportar la extorsión de drogodependientes, las
vejaciones y la violencia de la prostitución o el zarpazo del terrorismo. Estas
víctimas inocentes necesitan cercanía, acompañamiento y mucho cariño, no sólo
de cada miembro de la sociedad, sino de las instituciones sociales y políticas.
Mirar la realidad de la
prisión con los ojos de Dios
A lo largo de su historia, la Iglesia ha buscado siempre las formas más
adecuadas para prestar atención religiosa a sus hijos en la cárcel. Y las
comunidades cristianas incluyen habitualmente a los encarcelados entre las
intenciones de la oración de los fieles en la celebración de la Eucaristía.
A la luz de la Palabra de Dios, y contando siempre con su gracia, el
cristiano debe avanzar cada día en su constante conversión al Señor hasta
lograr que su modo de pensar, juzgar, vivir y actuar coincida con lo que Dios
quiere de él. La contemplación de la realidad con los ojos de Dios y con los
sentimientos del corazón de Cristo nos ayuda a descubrir que todo ser humano ha
sido creado a imagen y semejanza de Dios y, por tanto, tiene una dignidad y
unos derechos que no pueden ser violados por nadie. La dignidad de la persona
no queda destruida por los delitos cometidos; por tanto, cada ser humano debe
ser valorado, respetado y tratado, no tanto por lo que haya podido hacer en el
pasado, sino por la dignidad propia de su ser personal.
El cristiano sabe muy bien que Dios, en la persona de Jesucristo, ha
venido al mundo para salvar lo que estaba perdido (Lc. 19, 10). En cumplimiento
de los anuncios y profecías del Antiguo Testamento, Jesús comienza su vida
pública afirmando con profunda convicción en la sinagoga de Nazaret que su
misión consiste en evangelizar a los pobres, en proclamar la liberación a los
cautivos, en dar la libertad a los oprimidos y en proclamar un año de gracia
del Señor (Lc. 4, 18-19). Para llevar a cabo el encargo recibido del Padre,
Jesús, en contra del criterio de los fariseos, come con los publicanos y
pecadores para mostrarles la misericordia entrañable del Padre (Mt 9, 11) y
para invitarles a la conversión de sus pecados. Dios no quiere la muerte del
pecador, sino que se convierta y viva. En la última cena, adoptando la actitud
propia de los esclavos, Jesús lava los pies a sus discípulos y les deja el
mandamiento nuevo del amor, invitándoles a hacer con los demás lo que Él mismo,
que es su Señor y Maestro, ha hecho con ellos. Además, les hace ver que cuanto
hagan con los demás, lo hacen con Él.
Esta enseñanza adquiere la máxima concreción y urgencia cuando Jesús nos
ofrece los criterios con los que serán juzgados en el último día los
comportamientos de los hombres. Aquel día, el Señor, identificándose con los
más pobres y humildes, dará a cada uno según la actitud de amor o desamor para
con ellos: "Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para
vosotros desde la creación del mundo.
Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui
forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me
visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme... Apartaos de mí, malditos, id
al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no
me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me
hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me
visitasteis... Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de estos,
los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." (Mt. 25, 34-36. 41-45).
En fidelidad a su misión, la Iglesia propone a los encarcelados el ideal
de Jesucristo, Camino, Verdad y Vida; ora constantemente por su conversión y
reinserción, reconoce en ellos la dignidad y los valores que existen en cada
ser humano, perdona sus comportamientos errados, confía en sus propósitos de
recuperación y acoge a cada uno como hermano en Cristo. A este propósito, son
especialmente conmovedoras estas palabras del Papa Pablo VI a los presos de Roma:
"Os amo, no por sentimiento romántico o compasión humanitaria, sino que os
amo verdaderamente porque descubro siempre en vosotros la imagen de Dios, la
semejanza con Él, Cristo, el hombre ideal que sois todavía y que podéis
serlo".
Algunos compromisos de la
pastoral penitenciaria
El amor cristiano, derramado en nuestros corazones por el Espíritu
Santo, debe expresarse no sólo en los comportamientos con quienes nos aman a
nosotros. Esto lo hacen también quienes no son creyentes. El verdadero amor
debe manifestarse en el perdón y la oración hacia aquellos que no piensan como
nosotros, nos calumnian y persiguen. Esto debe impulsarnos a amar a cada uno de
nuestros semejantes, también a los delincuentes ante la ley y la sociedad. Ellos son hijos de Dios y criaturas
sagradas dignas de todo respeto.
En fidelidad a la exigencia evangélica de mostrar el amor de Dios a
nuestros semejantes, están llevando a cabo una abnegada y generosa labor
pastoral los capellanes de prisiones y los religiosos y otros cristianos laicos
que colaboran con ellos. Todos trabajan pastoralmente en los centros
penitenciarios con la profunda convicción de que toda persona necesita el
encuentro con Jesucristo, testigo del amor de Dios y salvador que puede liberar
de todos los pecados, debilidades y miserias. Jesucristo ofrece a quien cree en
Él la verdadera libertad espiritual y moral que alcanzó con la muerte en la
cruz para el perdón de los pecados. Esta libertad no puede ser anulada ni
limitada por ninguna pena de privación
de la libertad de movimiento.
La pastoral penitenciaria lleva al ámbito peculiar de los Centros
penitenciarios la misión de la Iglesia en su triple dimensión de anuncio del
Evangelio de Jesucristo, de celebración de los sacramentos de la fe y de
testimonio de la caridad. De esta forma específica contribuye la pastoral
penitenciaria a la humanización de la convivencia entre los reclusos y de éstos
con los funcionarios. Además, dada la diversidad de creencias religiosas de los
internos y el necesario respeto a la libertad religiosa, el testimonio eficaz
de la caridad cristiana es el fundamento y motivación de la atención humana que
ha de prestarse a todos los reclusos que la soliciten. Por el amor han de
reconocer todos que somos discípulos de Jesucristo.
Todos los miembros de la comunidad cristiana debemos reconocer la labor
evangelizadora y humanitaria que realizan los equipos de pastoral penitenciaria
y hemos de valorar más su importancia. La falta del necesario apoyo y
colaboración de los restantes miembros de las comunidades parroquiales y de la
Iglesia diocesana, podría producir en
quienes llevan a cabo inmediatamente la pastoral penitencia una cierta
sensación de soledad y desánimo. La oración al Señor por los reclusos y sus familias
ha de seguir estando siempre presente en nuestras celebraciones litúrgicas.
Además, en el futuro será muy provechoso establecer relación y
encuentros en las parroquias o arciprestazgos con aquellas personas que
trabajan ya en la pastoral penitenciaria y que conocen bien la situación de las
cárceles y los problemas de quienes viven en ellas privados de libertad. Una
mayor sensibilización de la comunidad cristiana podría hacer surgir grupos de
creyentes dispuestos a conocer, acompañar y escuchar a quienes están en los
centros penitenciarios, actuando siempre en coordinación con los responsables
de la pastoral penitenciaria en la diócesis. Reconocemos, sin embargo, la
dificultad que representa la distancia física del Centro Penitenciario de
Topas, en el que tenemos miembros de nuestras tres comunidades diocesanas.
La fe en Jesucristo nos obliga a procurar que los problemas de los
hermanos reclusos y las dificultades que experimentan sus familiares no les
afecten solamente a ellos. En la respuesta evangelizadora a estas necesidades
debemos implicarnos todos con más generosidad. Para ello es precisa una mayor
integración de la pastoral penitenciaria en los programas pastorales diocesanos
y parroquiales y una mejor coordinación de estas delegaciones diocesanas con
los grupos eclesiales más sensibilizados con la pastoral social y caritativa.
Es propio de la pastoral penitenciaria ocuparse también del sufrimiento
y desamparo humano y social de quienes han sido víctimas de la actuación
delictiva de los condenados a prisión, así como del dolor, pobreza y
marginación social que en ocasiones pueden padecer los familiares de los
presos. En muchos casos, tanto las víctimas como la familia del recluso tienen
que vivir su dolor en la mayor soledad. La ayuda a la reinserción social de los
encarcelados que recuperan la libertad lleva consigo la vuelta de su familia a
la normalidad social.
Porque los pobres son los preferidos del Señor, la comunidad cristiana
está llamada a testimoniar eficazmente el amor de Dios a los condenados a
prisión, que están generalmente por este hecho en situación de pobreza y
marginación social. Quienes, por su actuación contraria al amor, sufren la
falta de amor y el rechazo de la sociedad, no han de sentirse privados del amor
y solicitud maternal de la Iglesia.
Que Nuestra Señora de la Merced mantenga firme la esperanza de quienes
viven privados de libertad, conforte a sus víctimas en la fe, el amor y el
perdón, y a todos nos conceda mirar
siempre a nuestros prójimos con los ojos de amor y misericordia de su Hijo
Jesucristo.
En Ciudad Rodrigo, Salamanca y Zamora, el día veintiocho de febrero de
2010, segundo domingo de Cuaresma.
+ Atilano Rodríguez Martínez, Obispo de Ciudad Rodrigo
+ Carlos López Hernández, Obispo de Salamanca
+ Gregorio Martínez Sacristán, Obispo de Zamora
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