|
Entramos en el
tiempo llamado de Pasión, y sorprendentemente, las lecturas de este domingo
ofrecen un mensaje de esperanza, que no coincide con lo que quizá imaginamos
propio de los días del mayor sufrimiento de Jesús. 
Conocemos la escena:
traen a los pies de Jesús para que la juzgue, a una mujer pecadora; los
acusadores hacen así alarde de justicia. Y entre el Señor y la mujer se cruzan
estas palabras: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores, ninguno te ha condenado?”
Ella contestó: “Ninguno, Señor.” Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda y en
adelante no peques más”. Tanto la escena como las palabras son la razón de una
actitud novedosa, sea cual sea la situación que pueda detectar nuestra
conciencia.
Por el perdón que
Jesús ofrece a la pecadora, se comprende la posibilidad de no mirar hacia atrás
y de iniciar una vida nueva, como aconseja el profeta: “No recordéis lo de
antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está
brotando, ¿no lo notáis?”
Las heridas del
pasado suelen dejar marcas imborrables, pero a su vez se pueden convertir en
motivo de alabanza. El salmista canta las lágrimas cambiadas en cantares (Sal
125), la memoria sirve para sorprenderse y exultar de alegría por lo que el
Señor hace con los que esperan en Él: “Cuando el Señor cambió la suerte de
Sión, nos parecía soñar, la boca se nos llenaba de risas, la lengua de
cantares.”
No hay tiempo para
perder mirando hacia atrás. San Pablo, que ha experimentado en su propia
historia lo que significa el alejamiento de Jesús, decide no enquistarse en
falsos dolorismos, sentimientos inútiles, que paralizan la entrega. “Sólo busco
una cosa: olvidándome de lo que queda atrás, y lanzándome hacia lo que está por
delante, corro hacia la meta” (Flp 3, 14).
La meta no es otra
que Jesucristo, y la suerte, la misma que Él corrió, la entrega de la vida.
Éste es el premio del que gozaron los mártires, los que siguieron a Jesús de
cerca, y todos los que hoy día siguen teniendo los ojos puestos en el que va
por delante en el padecer, como decía Santa Teresa.
Un lema de este
tiempo es: “Vamos a Jerusalén”. “Subamos con Jesús a celebrar la Pascua”. No
tengamos miedo. Jesús no especula con los que creen en Él; por el contrario,
demuestra, como lo ha hecho en el pasaje del Evangelio, hasta qué grado se
conmueven sus entrañas ante quien sufre el desprecio y la propia debilidad. No
nos hagamos la injusticia de cerrarnos al amor de Dios, que se manifiesta en el
perdón que otorga Jesús a quien se arrepiente de su pecado.
|