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El tiempo apremia,
hemos de tomar la decisión de ir detrás de Jesús a Jerusalén, pero para ello es
necesario creer en Él. Sólo si lo reconocemos como el Hijo de Dios, el
seguimiento tendrá garantía y recibiremos la fuerza suficiente. 
El Evangelio de hoy
nos revela las indagaciones que se hicieron sobre el Señor entre sus
contemporáneos. Sorprende la diversidad de opiniones que se vierten sobre la
identidad de Aquel al que han visto hacer signos en medio de su pueblo, enseñar
con autoridad y revelar su relación más íntima con Dios. Podríamos pensar que
si se nos apareciera Jesús, nos sería más fácil creer en Él. No todos los que
convivieron con el Nazareno se adhirieron a su persona. Más aún, fueron muy
pocos los que decidieron seguirlo, aunque muchos fueron testigos de su
doctrina.
Zurbarán, Cristo bendiciendo
Observemos la
estadística:
- Algunos
de entre la gente decían: “Es un verdadero profeta”
- Otros
decían: “Éste es el Mesías”.
- Otros,
en cambio refutaban: “¿Es que de Galilea va a venir el Mesías?”
- Algunos
intentaban prenderlo.
- Los
guardias del Templo, asombrados, declaraban ante los sacerdotes: “Jamás ha
hablado nadie como habla ese hombre”.
- Los
fariseos, seguros de sí mismos, apelaban a sus conocimientos y endogamia para
oponerse a Jesús: “¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en Él?”
- Nicodemo,
como defensa de quien fue su interlocutor, apela a la Ley, que impide juzgar a
nadie sin escucharlo.
No es indiferente
contar siete respuestas diferentes sobre una persona sin doblez, que se
presenta hablando con claridad. Es significativo que los encuestados no tengan
nombre, únicamente se cita a Nicodemo entre los que opinan.
Es muy
significativo observar cómo termina la discusión: “Se volvieron cada uno a su
casa”. Ninguno decidió seguirle, se refugiaron en la ideología refractaria,
hasta se llegó a argumentar: “Estudia y verás que de Galilea no salen
profetas”.
En este contexto,
no podemos eludir posicionarnos. Resuena el pasaje en el que Jesús les dijo a
los discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” (Mt 16,15; Mc 8,29; Lc
9,20)
Deberemos abrirnos
a la revelación, a la Palabra, a la enseñanza del Maestro. La actitud adecuada
nos la dicta el profeta: “El Señor me instruyó, y comprendí”. Y la mejor
reacción nos la ofrece el salmista:
“Señor, Dios mío, a
ti me acojo, Líbrame de mis perseguidores y sálvame, que no me atrapen como
leones y me desgarren sin remedio” (Sal 7).
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