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Escrito por Ángel Moreno de Buenafuente   
viernes, 19 de marzo de 2010

El tiempo apremia, hemos de tomar la decisión de ir detrás de Jesús a Jerusalén, pero para ello es necesario creer en Él. Sólo si lo reconocemos como el Hijo de Dios, el seguimiento tendrá garantía y recibiremos la fuerza suficiente.

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El Evangelio de hoy nos revela las indagaciones que se hicieron sobre el Señor entre sus contemporáneos. Sorprende la diversidad de opiniones que se vierten sobre la identidad de Aquel al que han visto hacer signos en medio de su pueblo, enseñar con autoridad y revelar su relación más íntima con Dios. Podríamos pensar que si se nos apareciera Jesús, nos sería más fácil creer en Él. No todos los que convivieron con el Nazareno se adhirieron a su persona. Más aún, fueron muy pocos los que decidieron seguirlo, aunque muchos fueron testigos de su doctrina.

 Zurbarán, Cristo bendiciendo

Observemos la estadística:

- Algunos de entre la gente decían: “Es un verdadero profeta”

- Otros decían: “Éste es el Mesías”.

- Otros, en cambio refutaban: “¿Es que de Galilea va a venir el Mesías?”

- Algunos intentaban prenderlo.

- Los guardias del Templo, asombrados, declaraban ante los sacerdotes: “Jamás ha hablado nadie como habla ese hombre”.

- Los fariseos, seguros de sí mismos, apelaban a sus conocimientos y endogamia para oponerse a Jesús: “¿Hay algún jefe o fariseo que haya creído en Él?”

- Nicodemo, como defensa de quien fue su interlocutor, apela a la Ley, que impide juzgar a nadie sin escucharlo.

No es indiferente contar siete respuestas diferentes sobre una persona sin doblez, que se presenta hablando con claridad. Es significativo que los encuestados no tengan nombre, únicamente se cita a Nicodemo entre los que opinan.

Es muy significativo observar cómo termina la discusión: “Se volvieron cada uno a su casa”. Ninguno decidió seguirle, se refugiaron en la ideología refractaria, hasta se llegó a argumentar: “Estudia y verás que de Galilea no salen profetas”.

En este contexto, no podemos eludir posicionarnos. Resuena el pasaje en el que Jesús les dijo a los discípulos: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” (Mt 16,15; Mc 8,29; Lc 9,20)

Deberemos abrirnos a la revelación, a la Palabra, a la enseñanza del Maestro. La actitud adecuada nos la dicta el profeta: “El Señor me instruyó, y comprendí”. Y la mejor reacción nos la ofrece el salmista:

“Señor, Dios mío, a ti me acojo, Líbrame de mis perseguidores y sálvame, que no me atrapen como leones y me desgarren sin remedio” (Sal 7).

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