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Las escenas de la Pasión de Cristo de ECCLESIA Digital -El lavatorio de los pies en la Última Cena Imprimir E-Mail
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Escrito por Angel Moreno de Buenafuente   
viernes, 19 de marzo de 2010

Uno puede acercarse a cada escena evangélica de manera diferente: como espectador, con espíritu analítico, contemplando el pasaje desde fuera, o introduciéndose en él de forma personal y sentir que el relato describe alguna situación propia.

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En el caso del lavatorio de los pies, en la Última Cena, es difícil no sentirse aludido, aun como espectador, porque en ese caso sería como si uno no quisiera, como el Apóstol Pedro, que el Maestro le lavara los pies.

A pocas fuerzas que tengamos, solemos ser bastante autónomos e independientes, no nos es fácil dejarnos ayudar. Cuando uno se siente capaz, va por los caminos pretendiendo quizá hacer obras meritorias, y es posible que busquemos nuestra realización personal y sentimos satisfechos de nosotros mismos por ello.

Jesús nos desconcierta con su gesto, se pone a los pies de los discípulos, los convierte en receptores. Pedro se resiste. No entiende esa actitud, es demasiado impulsivo para permitir que nadie le ayude. Él fue el primero que confesó la divinidad de Jesús, el primero que se echó al agua, el que tomó la espada para defender a su Maestro. Ahora no soporta permanecer en pasividad. ¡Tantas veces éste es el riesgo de quienes pretenden resolver todo con sus manos! Santa Teresa advierte justamente que no es cuestión de brazos.

En la noche de la Última Cena, Jesús desea enseñar, una vez más, que es Él quien nos salva, Él es quien nos ama, quien intenta convertir nuestro protagonismo, para que caminemos como quien ha sido llamado, purificado y amado.

Mientras no sintamos el amor, el perdón, la misericordia, vamos a ir por los caminos hacendosos, y en tantos momentos cansados de hacer el bien, y sin embargo, con escasos frutos.

Hoy nos deberemos dejar lavar los pies, para después, a la manera del Maestro, sepamos anunciar el Evangelio como el que sirve, con la humildad de quien se despoja, no de quien se afirma.

¿Te dejarías lavar los pies por Jesús? ¿Guardas memoria de alguna experiencia en la que te has sentido sobrepasado por la entrega de los otros? Si es así, seguro que la tuya estará purificada de protagonismo.

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