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Las escenas de la Pasión de Cristo de ECCLESIA Digital - La crucifixión de Cristo Imprimir E-Mail
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Escrito por Juan Ramón Jiménez Simón   
jueves, 18 de marzo de 2010

La crucifixión de Cristo es una de las formas con las cuales Dios nos educa a lo largo de nuestra vida. Jesús, el Maestro, nos enseña, a través del instante mismo de la crucifixión, un camino que al ser recorrido con fe, esperanza y caridad, conduce a la plena felicidad. Ni que decir que es con el don de la libertad cómo se proyecta en las ansias redentoras de Aquel que dio la vida por todos. En esto, conformarse en la crucifixión de Jesús “significa recorrer una senda orientada contra la fuerza natural de la gravedad, contra la fuerza del egoísmo, del afán de obtener lo puramente material y el deseo de conseguir el mayor placer, que se confunde con la felicidad” (Ratzinger, 1991).

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Una de las “razones” por las cuales  la sociedad actual considera antieducativa la cruz es porque contemplar la crucifixión se queda en supuestas “alegrías efímeras” intentando escapar de la experiencia del dolor. En efecto, la cruz expresa aquello que nos supone frustración, malestar, sacrificio, todos esos aspectos de nuestra existencia que quisiéramos apartar de un plumazo, aquello que nos limita, nos fastidia y no comprendemos ni aceptamos. En esto, hay quien lo tacha de ‘masoquismo’ o ‘sadismo’. Sin embargo, “lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito” (Benedicto XVI, 2006).  De ahí que se convierta en un símbolo de lo políticamente incorrecto dentro del inconsciente colectivo de una sociedad hedonista y acomodada a una falsa progresía.

Quizá una de las claves más importantes para saber afrontar de forma auténticamente humana el hecho de la ‘crucifixión de Jesús’ es encontrarle un sentido personal y a la vez abrirse a la experiencia de la otredad y compartir sus vivencias de dolor y alegría.  La crucifixión del otro, su sufrimiento, en sus más variadas formas, es una transposición de la cruz a la existencia misma del ser humano. No es que el sufrimiento sea bueno en sí mismo. Pero, por una parte, es inevitable que nos sobrevenga en la vida y, por otra, es necesario en una cierta medida, pues conlleva un plus de aprendizaje existencial (Zubiri, 1993).

La crucifixión de Jesús alcanza a todo ser humano a lo largo de su vida, por mucho que se empeñe en escapar de su mirada. ¿Quién no ha estado en la cruz de una enfermedad?, ¿quién no en la calle sin techo ni pan?, ¿quién no en la soledad del anciano?, ¿quién no en la cruz de la incertidumbre del inmigrante? ¿Quién no en la cruz del parado?, ¿quién no en la cruz de la droga?, ¿quién no en la cruz de la incomprensión?,  etc. ¡Cuántas ‘crucifixiones’ asistimos hoy en día! ¡Y en cuentas de ellas ‘miramos’ el rostro de Cristo! ¡Y cuantas veces desviamos nuestra mirada por miedo, cobardía, desinterés, etc.! Para poder vivir es necesario aprender a encajar los clavos de estas adversidades sin desequilibrarse demasiado. Toda la vida se le ha llamado entereza de carácter o fortaleza interior, y actualmente se le llama ‘resiliencia’. Se llame como se llame, para vivir de forma sana es necesaria, incluso, la capacidad de asimilar el sufrimiento. ¿Acaso la crucifixión de Jesús era en vano? De esta ignominia,  “manó sangre y agua” (Jun. 19,34), significando su aceptación total del hecho crucifica torio y de la muerte por la salvación del mundo. Al mismo tiempo, manifiesta Su amor, que no se detiene ante la muerte sino que se prolonga con la Resurrección. Aceptación por amor y principio de vida, dos valores asociados a la crucifixión que nos estimula a repensar la cruz como ingredientes de una pedagogía centrada en el ser humano.

En la actualidad, todo lo que no sea placer ‘asusta’, provocando indiferencia y frustración vital. Nuestra educación evita el esfuerzo, el afán de superación, la capacidad de encajar obstáculos y/o reveses, el sacrificio, la curiosidad ante el mundo y la vida, la capacidad sanadora del perdón, etc.; todo se recibe gratis, sin corrección, sin sufrimiento (por nada ni por nadie). Nuestra generación de ‘reyes de la casa’  genera no pocas frustraciones, depresiones y agresividades, difíciles de asumir cuando se nos ha colado la idea de que el aprendizaje se tiene que basar en la ausencia de amor y de donación.

No hay aprendizaje completo, ni desarrollo de la madurez personal, sin asumir con coraje una cierta medida de la cruz. Sin la cruz de Cristo, su pedagogía de amor para con el mundo no tendría sentido. Los apóstoles, en la persona de Juan (¡acompañado de María, la madre de Jesús, maestra de vida!), debían vivir la experiencia de la crucifixión. Tenían que aprender que el amor lo es cuando se ‘consume’ por el otro. Que los clavos del amor son aquellos que hacen de la vida asidero del alma, servicio desinteresado y paciencia encarnadota; la corona de espinas, la humildad frente al orgullo y el interés; la lanza en el costado como señal de justicia que se regocija en la verdad; y las túnicas que se reparten como mantel donde el “amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soportal” (cor. 13, 1-13). Aprender, desde la óptica de la cruz, no sólo cuesta esfuerzo, sino que debe costarlo para que tenga solidez y eficacia educativa.

Jesús de Nazaret, en su título al pie de la Cruz “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos” (Jn 19,19), fue un hombre íntegro, libre y coherente, capaz de asumir la realidad con todas sus consecuencias, tomar la vida en peso sin escapar de los momentos difíciles y entregar hasta su propia vida amando a sus enemigos, aquel que tomó sobre sí todos los sufrimientos por amor a todos y cada uno de los seres humanos. ¡Qué ejemplo tan hermoso nos dio el Maestro Bueno!, sufriendo la vergüenza de estar desnudo, con los brazos abiertos y clavados como señal evidente de vulnerabilidad, en un lugar alto a la vista de todos, poniendo su corazón en las manos de su Padre. No hay una imagen que represente mejor lo que es el amor, el perdón, la entrega, el esfuerzo, la audacia, la coherencia, que la cruz de Jesús, representado en los sublimes momentos de su crucifixión.

 

Juan Ramón Jiménez SimónDtor Dpto. Pastoral Sordo – Archidiócesis de Sevilla

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