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Las escenas de la Pasión de Cristo de ECCLESIA Digital – Entrada de Jesús en Jerusalén Imprimir E-Mail
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Escrito por Cristina Aguilar de Grandes   
miércoles, 17 de marzo de 2010

Tenía yo unos 10 años cuando, en el pueblo en el que vivía, se organizó un gran revuelo al estilo de la película “Bienvenido Mr. Marsall”, porque había que preparar la llegada de un ilustre personaje de aquella época.

El pueblo no tenía mayor importancia que el estar situado a 18 km. de Barcelona y dicho personaje había ido a visitar toda la provincia.

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Recuerdo que, a los niños de los colegios, se nos dieron banderitas, se nos hizo ir vestidos elegantemente y se nos colocó alineados en la carretera por la que haría su entrada el visitante. La expectación era grande y todos estábamos muy nerviosos. Había música, estaban las “fuerzas vivas” del pueblo y todo el mundo se sentía feliz.

También como en la película de la llegada de los americanos, el personaje pasó con su coche a toda velocidad y ni le vimos, pero ese día ya no hubo actividades escolares y laborales y, para todos, fue un día de fiesta y alegría.

Imagino cómo sería la llegada de Jesús a Jerusalén en ese día en que entraba en la ciudad más importante de Israel. No hicieron falta entonces los avisos previos ni hubo preparativos. El  pueblo, espontáneamente, se lanzó a vitorear al rey del mundo:

                “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”

                ¡Hosanna en las alturas!

Hombres, mujeres y niños de todas las edades y condiciones, sin que nadie les dirigiera ni organizara previamente, reconocían a Jesús como Señor del mundo, enviado por Dios y Rey de cielos y tierra. El único aviso que tuvieron les llegó cuando los apóstoles fueron a recoger el borriquillo que le serviría para trasladarse desde Betsaida y entrar en Jerusalén. No entró Jesús en un gran carruaje ni con séquito importante. Un borriquillo y unos pobres discípulos fueron suficientes, aunque el pueblo le proclamara como Rey, le alfombrara el suelo con sus mantos y enarbolara palmas y ramos de victoria.

Se cumplió así lo que anunciaba el profeta:

                “Decid a la hija de Sión:

                mira que tu rey viene a ti

                lleno de mansedumbre

y montado en un pollino”.

        Jesús se acerca al sencillo, se muestra ante él como uno más, pero le hace reconocerle como Rey y Señor. Su entrada triunfal en Jerusalén es una profecía, de su entrada en la Jerusalén del reino eterno.

        Así, también a nosotros, cada domingo de ramos, nos invita a seguirle en su camino pascual. No olvidemos que en la entrada a Jerusalén celebramos ya anticipadamente la victoria de la Pascua y a ella sólo se llega por el camino de la cruz.

        En la entrada en Jerusalén hubo muchos aclamando a Jesús, todos se sentían alegres y gozaban con su llegada.

¿Cuántos de ésos quedaron después para acompañarle en el camino de la cruz? ¿Cuántos de nosotros seguimos fieles en ese camino? ¿Cuántos le aclamamos como Rey y Señor de nuestras vidas?

 

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