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Tenía yo unos
10 años cuando, en el pueblo en el que vivía, se organizó un gran revuelo al
estilo de la película “Bienvenido Mr. Marsall”, porque había que preparar la
llegada de un ilustre personaje de aquella época.
El pueblo no
tenía mayor importancia que el estar situado a 18 km. de Barcelona y dicho
personaje había ido a visitar toda la provincia. 
Recuerdo que, a
los niños de los colegios, se nos dieron banderitas, se nos hizo ir vestidos
elegantemente y se nos colocó alineados en la carretera por la que haría su
entrada el visitante. La expectación era grande y todos estábamos muy
nerviosos. Había música, estaban las “fuerzas vivas” del pueblo y todo el mundo
se sentía feliz.
También como en
la película de la llegada de los americanos, el personaje pasó con su coche a
toda velocidad y ni le vimos, pero ese día ya no hubo actividades escolares y
laborales y, para todos, fue un día de fiesta y alegría.
Imagino cómo
sería la llegada de Jesús a Jerusalén en ese día en que entraba en la ciudad
más importante de Israel. No hicieron falta entonces los avisos previos ni hubo
preparativos. El pueblo, espontáneamente, se lanzó a vitorear al rey del
mundo:
“¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”
¡Hosanna en las alturas!
Hombres,
mujeres y niños de todas las edades y condiciones, sin que nadie les dirigiera
ni organizara previamente, reconocían a Jesús como Señor del mundo, enviado por
Dios y Rey de cielos y tierra. El único aviso que tuvieron les llegó cuando los
apóstoles fueron a recoger el borriquillo que le serviría para trasladarse
desde Betsaida y entrar en Jerusalén. No entró Jesús en un gran carruaje ni con
séquito importante. Un borriquillo y unos pobres discípulos fueron suficientes,
aunque el pueblo le proclamara como Rey, le alfombrara el suelo con sus mantos
y enarbolara palmas y ramos de victoria.
Se cumplió así
lo que anunciaba el profeta:
“Decid a la hija de Sión:
mira que tu rey viene a ti
lleno de mansedumbre
y montado en un
pollino”.
Jesús se
acerca al sencillo, se muestra ante él como uno más, pero le hace reconocerle
como Rey y Señor. Su entrada triunfal en Jerusalén es una profecía, de su
entrada en la Jerusalén del reino eterno.
Así,
también a nosotros, cada domingo de ramos, nos invita a seguirle en su camino
pascual. No olvidemos que en la entrada a Jerusalén celebramos ya
anticipadamente la victoria de la Pascua y a ella sólo se llega por el camino
de la cruz.
En la
entrada en Jerusalén hubo muchos aclamando a Jesús, todos se sentían alegres y
gozaban con su llegada.
¿Cuántos de
ésos quedaron después para acompañarle en el camino de la cruz? ¿Cuántos de
nosotros seguimos fieles en ese camino? ¿Cuántos le aclamamos como Rey y Señor
de nuestras vidas?
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