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Si hubiese que sintetizar qué iglesia necesitamos en el comienzo del siglo XXI, la respuesta sería la misma que en los albores del siglo I: una Iglesia que tome el amor por bandera y que tenga un marcado acento misionero, de buena noticia. Y ciertamente que el trabajo realizado ha sido enorme, a pesar del derrumbe de vocaciones cristianas (sacerdotales y laicas) habidas en Europa en las últimas décadas. 
La crisis religiosa que vivimos aquí, está obligando a una revisión de nuestro modelo de vida cristiano, con más motivo ahora que estamos en Cuaresma; aquél espíritu pensado para el Tercer Mundo que pervive en nuestras misiones, debería ampliarse a nuestro Primer Mundo, tan necesitado de urgente re-evangelización ante la realidad poco cuestionable de una sociedad cada vez menos referente del Evangelio y lastrada por el materialismo de la opulencia que a tantos está dejando en la cuneta a espaldas del mensaje del Resucitado.
Una Iglesia de Cristo que quiere ser reconocida por sus hechos de amor y se cuida para ser la primera en aplicarse su propia medicina, necesita trabajar la imagen borrosa que está quedando de sí misma. Las ideas se malean y hay que reafirmarlas; las actitudes y las prácticas se desvalorizan y hay que transformarlas. Estamos enfermos de consumismo y apenas somos reconocidos como portadores de buenas noticias que cautivan el corazón humano; ante la indiferencia creciente, urge convertirnos a la radicalidad del amor evangélico, lo que nos convierte en un objetivo misional preferente ¿Qué hacer? Aunque nuestra teología es excelente, sin obras, no sirve para transformar los corazones a la manera del Maestro. Todo pasa, pues, por la recuperación de prácticas que nos hagan revivir el espíritu misionero: * Una práctica religiosa adulta que ponga el amor en el centro de la vida como el motor de un mundo mejor, el pequeño mundo diario de cada uno. Vivir para amar es lo primero, lo esencial. Amor como entrega y denuncia de las injusticias, a la manera de Cristo, sin paños calientes, que tanto hacen sufrir a una mayoría de personas.
* Una práctica mejor vivida de la Eucaristía: acción de gracias y petición de luz y fuerza para compartir el pan durante la semana (bienes materiales, tiempo para los demás…) tal y como nos enseño Jesús de Nazareth.
* Una práctica evangélica centrada en el ejemplo más que en las ideas. Por sus hechos les conoceréis, no por sus ideas ni por sus mensajes. Que se nos reconozca “en el mundo” por nuestro compromiso abierto a la escucha y por nuestra cercanía solidaria con los que sufren a nuestro alrededor. No hay que irse muy lejos.
* Una vivencia personal que minimice nuestras graves contradicciones lucirá el atractivo que irradia el seguimiento evangélico, su poder liberador y sanador, de transformación a nuestro alrededor, una vez que nos transformamos nosotros primero… Todo pasa por la credibilidad de los mensajes: el budismo está de moda porque ha calado en Occidente su poder liberador. Hasta se acepta el sentido repetitivo del mantra mientras se critica el rezo del rosario… ¡precisamente por repetitivo!
* Una apuesta por ser luz en el mundo no implica que todo lo malo está fuera de la Iglesia. La cuaresma es tiempo de conversión, imposible sin humildad. Lo nuestro es llevar a la práctica los mensajes de la oveja descarriada, el buen pastor, el hijo pródigo, el publicano, la adúltera, la cananea, el centurión romano, reponer la oreja a Malco, trabajar la actitud del padre ante el hijo pródigo, ver a los demás y actuar como les miraba y actuaba Jesús…
* Una práctica mucho más esperanzada y confiada en Dios: el “sólo Dios basta” de Santa Teresa nos delata como, en demasiadas ocasiones, destacamos porque nos vamos al otro extremo, y parece que nada es bastante seguro para un cristiano.
Hemos cargado tanto el acento en el plan de redención de Dios con su venida al mundo, que se nos olvida su imperiosa invitación a implantar su Reino entre nosotros: reino de amor, de justicia, de paz. Creo que lo esencial, demasiadas veces no es lo que se lleva nuestros mejores esfuerzos. Estamos cómodos buscando seguridades en donde no podemos encontrarlas; y todo son pegas para vivir creíblemente el Evangelio. Pero la realidad nos ha puesto en el siguiente dilema: o la Iglesia toda nos ponemos manos a la obra para trabajarnos con espíritu misionero, o seguiremos perdiendo credibilidad evangélica encerrados en nosotros mismos a la espera de que los demás sean quienes cambien primero, que es exactamente lo contrario de la misión que nos encomendó el Maestro. Es tiempo de Cuaresma.
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