|
Del pregón de Semana Santa de la catedral de Plasencia
pronunciado por monseñor Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar de
Madrid y secretario general de la Conferencia Episcopal Española. 
Tomando pie en
el himno del siglo VI, Crux fidelis (¡Oh cruz fiel!),el
pregonero ha hecho una meditación sobre la humanidad del Hijo eterno de Dios,
colgada, como un fruto precioso, del árbol de la cruz. Al hilo de la historia
de las imágenes de la cruz y del crucifijo, se entiende mejor la novedad
inaudita del mensaje que constituye el centro de la Semana Santa.
El
pregón arranca con una mirada al hermoso calvario que corona el retablo, de
Gregorio Fernández, de la catedral placentina: expresión significativa de un
estilo de crucificados, propio de nuestra imaginería barroca, que otorgan pleno
realismo humano a la mirada del Señor, a su sangre, a sus heridas, a su cuerpo
hermoso y triturado, sufriente y soberano.
Pero
¿cuándo aparecen estos crucifijos? La historia del arte cristiano pensaba -
hasta hace poco - que habría habido que esperar a la alta Edad media, es decir,
mil años después del primer viernes santo, para poder ver un crucifijo. Y
aquellos cristos románicos eran de otro modo: soberanos, con corona real,
reinando desde el trono de la cruz sobre el pecado y sobre la muerte.
Hoy
sabemos que los primeros crucifijos aparecieron ya en el siglo VI, al tiempo
que el himno Crux fidelis, que seguimos cantando en la
adoración de la cruz en la liturgia del Viernes santo. En todo caso, más de
trescientos años después de la muerte de Jesús. Durante el pregón se mostraron
fotografías del crucifijo de Schnütgen (Colonia), el más antiguo que se conserva.
Ni
siquiera el signo de la cruz, desnuda, parece que haya sido tomado por los
cristianos como señal de su fe hasta bien entrado el siglo IV. Naturalmente,
hay himnos litúrgicos de época apostólica que no nos permiten albergar dudas
acerca de la veneración del glorioso madero desde los tiempos más tempranos.
Pero la cruz era por entonces un instrumento de suplicio. Fue necesario un
tiempo para que madurara la sensibilidad para el nuevo mensaje.
Y,
luego, desde que en el siglo V, el famoso Concilio de Calcedonia dejara bien
sentada la doctrina cristológica acerca de la verdadera humanidad y divinidad
del hijo de María e Hijo eterno del Padre, las cosas estaban ya a punto para
que el “árbol de la cruz” fuera representado también con el “dulce fruto”
colgando de sus ramas: el cuerpo atormentado y muerto del Hijo de Dios.
La
Semana Santa que se acerca volverá a llenar nuestros ojos y nuestros corazones
con esas benditas imágenes. El Dios invisible se ha hecho visible asumiendo
nuestra propia carne de pecado. En su sangre hemos aprendido hasta
dónde llega el poder de su amor infinito. Es Dios mismo quien puede sufrir la
muerte por nosotros merecida para llevarnos a la Luz.
|