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Señor Jesús: Los brazos de tu Madre María han vuelto a recibirte. Son exactamente los mismos brazos, la misma ternura y el mismo amor que te recibieron, treinta y tres años antes, en la luminosa pobreza de aquella noche en el portal de Belén. Entonces acariciaron una vida que empezaba con toda su carga de ilusiones, proyectos y esperanzas. 
Hoy, reciben el cuerpo muerto y destrozado, del Hijo de Dios asesinado y humillado por unos hombres a los que has venido a buscar y a salvar. ¡Nadie pudo medir la intensidad de este abrazo! Tu Madre te entregó a nosotros con todo el amor, sin hacer valer sus derechos de Madre, porque de sobra sabía que habías venido con una misión que cumplir de cara a todos los hombres. Y, al final, Hemos devuelto tu Cuerpo a sus brazos, pero después de pasar por nuestros odios, hipocresías y traiciones. Eso es lo que hemos dejado de Ti. Porque has buscado la justicia y el amor entre nosotros, que tantas veces vivimos sólo para el egoísmo y la venganza; porque has elegido la sencillez y la humildad en un mundo que vive para la ambición y la apariencia; porque has invitado al perdón y a la comprensión a unos hombres que tienen a orgullo el odiar y el no perdonar; por todo eso, te hemos entregado, muerto y destrozado, a los brazos de la Madre buena. Ella, como sacerdote corredentor de la Nueva Alianza te entrega al Padre de nuevo. Porque así es como únicamente creíamos poder vivir tranquilos, sin la pesadilla de tu Palabra, sin la acusación de tu vida, sin el reproche constante de tu amor sin condiciones. Pero hemos descubierto tarde que nuestra única felicidad y alegría está en Ti, en tu presencia, en tu amor. Señor Jesús: Te pedimos, que nos perdones nuestros pecados y desvaríos: Por tu pasión, por tu cruz y tu muerte, y por el sereno dolor de tu Madre, que te recibe de nuevo en sus brazos sabiendo que tu muerte es la culminación de una misión cumplida hasta el último detalle. Ayúdanos a crecer firmemente en el amor a Ti y entre nosotros, según el Mandamiento Nuevo que Tú nos diste y tan fielmente nos transmitió tu apóstol Juan. Señor Jesús: Haz que tu muerte redentora sea para nosotros el principio de una nueva vida, de manera que, muertos al pecado, resucitemos contigo. Amén.
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