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De nuevo la liturgia cuaresmal nos propone
el texto de la parábola del “hijo pródigo”, que ya hemos meditado el segundo
sábado de Cuaresma”. Sin embargo, podemos experimentar que la Palabra de Dios
es siempre viva, y cada vez que la meditas, te puede decir algo nuevo. 
En los textos de este domingo cabe descubrir
el itinerario de la reconciliación:
Memoria de la casa paterna: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia
de pan.”
Conciencia de pecado y necesidad de
retorno: “Me pondré en camino adonde está mi padre, y le
diré: «Padre,
he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo».”
Rembrandt, Museo del Hermitage. San
Petersburgo. Rusia
Movimiento de retorno: “Se
puso en camino adonde estaba su padre.”
Encuentro entrañable:
“Su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr se le echó al cuello y se
puso a besarlo.”
Experiencia desbordante de perdón: “Celebremos
un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido.”
Testigo de la misericordia: “Si
el afligido invoca al Señor, Él lo escucha, y lo salva de sus angustias”. “Lo
antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado”. “Dios mismo estaba en Cristo
reconciliando al mundo consigo.”
Cántico de alegría: “Oyó
la música y el baile”.
“Proclamad conmigo la grandeza del Señor”. “Gustad
y ved qué bueno es el Señor” (Sal 33)”.
Desde la Palabra de Dios, quien se resiste
al perdón se hace una injusticia, se condena a vivir apátrida, vagabundo, sin
referencia entrañable, sin tierra, entristecido, deprimido, deshecho,
despersonalizado.
Quien se resiste al perdón no llega a
conocer el amor de Dios, crece en un subjetivismo nocivo, se endurece, huye del
propio conocimiento, busca los defectos de los demás, se incapacita para pertenecer
a la comunidad, se vuelve juez inmisericorde, se convierte en pretencioso, piensa
que es invulnerable, puede llegar a enloquecer.
“En nombre de Cristo os pedimos que os
reconciliéis con Dios (2 Co 5,20).
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