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Hoy se nos desvela una posibilidad negativa
de observar los mandatos del Señor. Al meditar la parábola, en la que Jesús
señala la vanidad y el orgullo del fariseo, que rezaba de pie y se sentía
cumplidor de la Ley,
descubrimos que existe el peligro de
sentirse fiel y perfecto, cuando en verdad se es legalista, inmisericorde, juez
déspota, con la arrogancia de creerse intachable. 
Los santos, sorprendentemente, se han
tenido siempre por pecadores a la vez que sentían una gran misericordia para
con los demás, sabiéndose necesitados de perdón.
San Jerónimo penitente, Murillo.
El verdadero mandamiento divino lo
explicita el profeta Oseas: “Quiero misericordia, y no sacrificios; conocimiento
de Dios, más que holocausto” (Os 6, 6). Si conociéramos el amor de Dios, ¡si
quedáramos, como representa la imagen con la que acompañamos el texto, con los
ojos fijos en quien se entregó por nosotros!
Si observamos la pintura del artista
sevillano, la penitencia de San Jerónimo no proviene de alguien que se presenta
engreído ante el altar, sino de quien contempla, humilde, la cruz del Señor, y
movido a piedad, abandona la inclinación a enorgullecerse de los libros
profanos para dedicarse enteramente a la Palabra de Dios. Responde a la actitud que señala
el salmista: “Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado
y humillado, Tú no lo desprecias” (Sal 50).
La imagen del publicano, humillado, sin
atreverse a levantar la cabeza, y diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este
pecador”, nos enseña la forma adecuada de dirigirnos a Dios, y la actitud que
corresponde a quien se sabe perdonado, beneficiario del don de la Redención de Cristo y no
se cree nunca autojustificado.
Si acaso nos sentimos acusados, ya sabemos
que no es solución evadir la
Palabra. “Vamos a volver al Señor. Él nos hirió, Él nos
vendará.”
“Quiero
misericordia, y no sacrificios.”
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