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Discurso de Benedicto XVI a los
participantes en el Congreso Teológico
organizado por la Congregación para el Clero (12-3-2010)
Señores
cardenales, queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, amables
asistentes: 
Me
alegra reunirme con vosotros en esta ocasión especial y os saludo a todos con
afecto. Vaya un saludo especial al cardenal Cláudio Hummes, prefecto de la
Congregación para el Clero, a quien le doy las gracias por las palabras que me ha
dirigido. Estoy agradecido a todo el dicasterio por el empeño con que coordina
las numerosas iniciativas del Año sacerdotal, entre las que se cuenta el
presente Congreso Teológico, cuyo tema es: «Fidelidad de Cristo, fidelidad del
sacerdote». Me congratulo por esta iniciativa, en la que participan más de 50
obispos y de 500 sacerdotes, muchos de ellos responsables nacionales o
diocesanos del clero y de la formación permanente. Vuestra atención a los temas
relacionados con el sacerdocio ministerial es uno de los frutos de este Año
especial, que quise convocar precisamente con el fin de «promover el compromiso
de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio
evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo» (ECCLESIA 3.473 [2009/II],
pág. 1012).
El
tema de la identidad sacerdotal, objeto de vuestra primera jornada de estudio,
resulta determinante para el ejercicio del sacerdocio ministerial en el
presente y en el futuro. En una época como la nuestra, tan «policéntrica» y
tendente a difuminar todo tipo de concepción identitaria –considerada por
muchos contraria a la libertad y a la democracia–, importa tener muy clara la
peculiaridad teológica del ministerio ordenado para no ceder a la tentación de
reducir éste a las categorías culturales dominantes. En un contexto de
secularización extendida, que excluye progresivamente a Dios de la esfera
pública y, tendencialmente, también de la conciencia social común, a menudo el
sacerdote resulta «extraño» al sentir común precisamente por los aspectos más
fundamentales de su ministerio, como los de ser hombre de lo sagrado, sustraído
al mundo para interceder a favor del mundo, constituido en dicha misión por
Dios y no por los hombres (cf. Hb 5, 1). Por este motivo importa superar
peligrosos reduccionismos que, durante los últimos decenios, empleando
categorías más funcionalistas que ontológicas, han presentado al sacerdote como
una especie de «operador social», amenazando así con traicionar el mismo
sacerdocio de Cristo. Al igual que se revela cada vez más urgente una
hermenéutica de la continuidad para comprender de manera adecuada los textos
del Concilio Ecuménico Vaticano II, análogamente se antoja necesaria una
hermenéutica que podríamos definir «de la continuidad sacerdotal», que, partiendo
de Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, y atravesando los dos mil años de historia
de grandeza y santidad, de cultura y de piedad que el sacerdocio ha escrito en
el mundo, llegue hasta nuestros días.
Queridos
hermanos sacerdotes: En el tiempo en que vivimos, importa particularmente que
la llamada a participar en el único sacerdocio de Cristo a través del
ministerio ordenado florezca en el «carisma de la profecía». Hay gran necesidad
de sacerdotes que hablen de Dios al mundo y que presenten el mundo a Dios; de
hombres no sujetos a efímeras modas culturales, sino capaces de vivir
auténticamente esa libertad que sólo la certeza de la pertenencia a Dios puede
dar. Como vuestro congreso ha subrayado con acierto, la profecía más necesaria
hoy en día es la de la fidelidad, la cual, arrancando de la fidelidad de Cristo a la Humanidad, a través
de la Iglesia y del sacerdocio ministerial, ha de llevar a vivir el propio
sacerdocio en adhesión total a Cristo y a la Iglesia. Y es que el sacerdote no
se pertenece ya a sí mismo, sino que, en virtud del carácter sacramental
recibido (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1563 y 1582), es
«propiedad» de Dios. Este su «ser de Otro» debe ser reconocible por todos por
medio de un testimonio puro.
En
su forma de pensar, de hablar, de enjuiciar los hechos del mundo, de servir y
amar, de relacionarse con las personas, incluso en su vestimenta, el sacerdote
debe tomar fuerza profética de su pertenencia sacramental, de su ser profundo.
Por consiguiente, debe poner toda atención en sustraerse a la mentalidad
dominante, que tiende a asociar el valor del ministro no a su ser, sino sólo a
su función, desestimando así la obra de Dios, que incide en la identidad
profunda de la persona del sacerdote, configurándolo consigo de manera definitiva
(cf. ibíd., n. 1583).
El
horizonte de la pertenencia ontológica a Dios constituye, además, el marco
adecuado para comprender y reafirmar, también en nuestros días, el valor del
sagrado celibato, que en la Iglesia latina es un carisma exigido con vistas al
Orden sagrado (cf. Presbyterorum ordinis, n. 16) y es tenido en grandísima
consideración en las Iglesias orientales (cf. CCEO, can. 373). Es auténtica profecía del Reino, signo de la consagración con corazón íntegro al
Señor y a las «cosas del Señor» (1 Co 7, 32), expresión de la entrega de sí a
Dios y a los demás (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 1579).
Es
la del sacerdote, pues, una altísima vocación que sigue siendo un gran misterio
aun para quienes la hemos recibido como don. Nuestras limitaciones y nuestras
debilidades han de inducirnos a vivir y a custodiar con profunda fe semejante
don valioso con el que Cristo nos ha configurado consigo, haciéndonos
partícipes de su misión salvífica. En efecto, la comprensión del sacerdocio
ministerial está ligada a la fe y requiere, de manera cada vez más enérgica,
una continuidad radical entre la formación recibida en el Seminario y la
formación permanente. La vida profética sin transacciones con la que sirvamos a
Dios y al mundo, anunciando el Evangelio y celebrando los sacramentos,
favorecerá el advenimiento del Reino de Dios ya presente y el crecimiento del
Pueblo de Dios en la fe.
Amadísimos
sacerdotes: Los hombres y las mujeres de nuestro tiempo sólo nos piden que
seamos hasta el final sacerdotes y nada más. Los fieles laicos podrán encontrar
en muchas otras personas lo que humanamente necesiten, pero sólo en el
sacerdote hallarán esa Palabra de Dios que debe florecer siempre en su boca
(cf. Presbyterorum ordinis, n. 4); la misericordia del Padre, dispensada
abundante y gratuitamente en el sacramento de la Reconciliación; el Pan de Vida
nueva, «verdadero alimento dado a los hombres» (cf. Himno del Oficio de
Lecturas de la solemnidad del Corpus Christi según el Rito Romano). Roguemos a
Dios, por intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de San Juan María
Vianney, que podamos darle gracias cada día por el don de nuestra vocación y
vivir con fidelidad plena y gozosa nuestro sacerdocio. ¡Gracias a todos por
este encuentro! Imparto muy gustosamente a cada uno de vosotros la bendición
apostólica.
(Original
italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de
ECCLESIA.)
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