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Con muchas prisas. Apresurada y atropelladamente por la llegada del sábado judío, así lo enterraron. Por la premura del tiempo casi sin embalsamarlo. Quizás mal envuelto en su sudario. 
Al menos la tumba si era digna. Cedida por un amigo. Cerca del Calvario, cerrada con una gruesa piedra. Imposible de violar ni desde el exterior ni desde el interior. Poco tiempo, pero dedicado con el máximo cariño. Tristeza, llantos, lamentos y… resignación, mucha resignación. ¿Qué otra cosa podían hacer? Ya oscurecido, acabaron la tarea del entierro y se fueron todos, cada cual a su lugar, a seguir sufriendo. Soledad, vacío. ¿Qué otra cosa podía esperarse? Se había marchado aquel que era capaz de llenarlo todo, de alegrarlo todo. También sentimientos de temor, de miedo, ante la sospecha de que también a todos ellos podrían perseguirlos y matarlos. Entretanto, El, descendió a los infiernos y libero a todas aquellas almas buenas que esperaban desde el principio de los tiempos. Ni siquiera en la tumba dejo de hacer el bien.
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