|
Señor Jesús: Tus brazos extendidos entre el cielo y la tierra trazaron el signo indeleble de la Alianza. El árbol seco de la cruz se tiñe de la púrpura de la sangre divina. Eres crucificado entre malhechores. ¡Aparente confusión del bien con el mal! El viento del Calvario cierne y zarandea las tres cruces. 
Siempre es difícil entender la locura de la cruz, necedad para el mundo y salvación para el cristiano. ¡Dulce árbol donde la vida empieza con un peso tan dulcen en su corteza! Señor Jesús: Tú eres el Crucificado. Tus manos y tus pies son traspasados Por crueles clavos. Despojado de tus vestidos Eres cubierto ahora por los pecados del mundo. Por amor te dejas crucificar Y en el amor El sufrimiento humano adquiere valor salvífico. Apoyadas por esta certeza Generaciones y generaciones De hombres y mujeres, Te seguimos Por esta tu radical experiencia de amor. Y encima de tu Cruz el santo y seña Que la eternidad cruza con el tiempo: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos. Sobre la palma de tus manos traspasadas por los clavos está escrito el nombre de todos aquellos que siguen siendo crucificados con contigo. Señor Jesús: Clavado sobre el madero por nuestro amor, danos tu libertad. Enséñanos a vencer el miedo del sufrimiento con la fuerza que mana de tu Cruz. Haznos penetrar en este misterio de amor, que se transforma en momentos de gracia incluso los simples acontecimientos de cada día, simples como la ortografía de cada día. Y a los pies de tu Cruz, junto a algunos perros que huelen la sangre que se derrama por las fibras del madero, se recortan las siluetas de tu Madre y la del discípulo amado. María, muda e inmóvil, junto al patíbulo de la Cruz, está como Madre Dolorosa, como Madre del Abandono, como Madre de la Soledad, como Madre de las Angustias como Madre del Desamparado viendo morir al hijo abandonado. Junto al patíbulo de la Cruz, tu Madre y nuestra Madre. Nos la diste para que la recibiéramos en nuestra casa. Tu estás allí levantado en la cruz, Para atraer hacia ti a cuantos buscan tu rostro; ayuda a cuantos participan en tus sufrimientos a descubrir el sentido de tu misteriosa llamada y a compartir tu pasión y el dolor del mundo. A ti, Señor Jesús: el Crucificado, en cuyo rostro resplandece la misericordia, nuestra adoración perenne y agradecida. Y nuestra gratitud al darnos a tu Madre Dolorosa, que es nuestro mejor consuelo y herencia. Amén.
|