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Fue por todos nosotros. Así estaba escrito. Por redimirnos de nuestros pecados. A ese discípulo amado, Juan, el único que le siguió en los últimos momentos, y a su madre, le encarga el cuidado mutuo. Después de tanto sufrimiento, ya todo esta cumplido. Cuanta dignidad. No podía ser de otra forma, encomendando su Espíritu en las manos del Padre. Oscuridad, truenos, rasgado del velo del templo. Milagros, curaciones, resurrecciones. 
Ya lo dijo aquel soldado “Verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios”. Por si hubiera dudas sobre su muerte, aun le traspasan el costado. Padecer y morir, primera parte del camino a la liberación del hombre. ¡Qué gran misterio, que el mismo Dios tenga que morir para redimirnos! Sumidos en nuestra debilidad, nunca seremos capaces de valorar suficientemente el sacrificio que representa tanto dolor, tanto padecimiento, tanto tormento, tanto sacrificio por los demás. Si esto ocurriera hoy… pues tal vez lo dirían en los noticiarios, pues solo informan de las malas noticias, pero no te quepa duda, la información estaría totalmente manipulada.
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