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Lo que el Papa ha dicho sobre San Buenaventura y el Vaticano II Imprimir E-Mail
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Escrito por Ecclesia Digital   
miércoles, 10 de marzo de 2010

San Buenaventura, teólogo de la historia y maestro de espiritualidad

Traducción de Revista Ecclesia al español, del texto íntegro de la audiencia del miércoles 10 de marzo de 2010

El párrafo sobre el Concilio Vaticano II

Sabemos, en efecto, que después del Concilio Vaticano II algunos estaban convencidos de que todo era nuevo, de que había otra Iglesia, de que la Iglesia preconciliar había terminado y tendríamos otra, totalmente «otra». ¡Un utopismo anárquico! Pero, gracias a Dios, los sabios timoneles de la barca de Pedro, los papas Pablo VI y Juan Pablo II, defendieron por un lado la novedad del Concilio y, al mismo tiempo, defendieron la unicidad y la continuidad de la Iglesia, que es siempre Iglesia de pecadores y siempre lugar de gracia.

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Texto íntegro

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

La semana pasada hablé de la vida y de la personalidad de San Buenaventura de Bagnoregio. Esta mañana quisiera proseguir su presentación, examinando parte de su obra literaria y de su doctrina.

Como ya decía, San Buenaventura, entre sus varios méritos, tuvo el de interpretar auténtica y fielmente la figura de San Francisco de Asís, venerado y estudiado por él con gran amor. Más concretamente, en tiempos de San Buenaventura, una corriente en el seno de los frailes menores, llamada de los «espirituales», sostenía que con San Francisco se había inaugurado una fase totalmente nueva de la historia y que iba a aparecer el «Evangelio eterno» del que habla el Apocalipsis, destinado a reemplazar el Nuevo Testamento. Ese grupo afirmaba que la Iglesia había cumplido ya su papel histórico y que había de sucederle una comunidad carismática de hombres libres interiormente guiados por el Espíritu: los «franciscanos espirituales». En el origen de las ideas de este grupo estaban los escritos de un abad cisterciense, Joaquín de Fiore, fallecido en 1202. Éste proclamaba en sus obras un ritmo trinitario de la historia. Consideraba el Antiguo Testamento como edad del Padre, a la que le seguía el tiempo del Hijo, tiempo de la Iglesia. Pero había aún que esperar a la tercera edad, la del Espíritu Santo. Así, toda la historia debía interpretarse como una historia de progreso: de la severidad del Antiguo Testamento a la libertad relativa del tiempo del Hijo, en la Iglesia, hasta la plena libertad de los Hijos de Dios en el período del Espíritu Santo, que había de ser también, por fin, el de la paz entre los hombres, el de la reconciliación de los pueblos y de las religiones. Joaquín de Fiore había despertado la esperanza de que el inicio del nuevo tiempo lo traería un nuevo monaquismo. Resulta así comprensible que un grupo de franciscanos pensara reconocer en San Francisco de Asís al iniciador del tiempo nuevo, y en su orden a la comunidad del período nuevo: la comunidad del tiempo del Espíritu Santo, que dejaba a sus espaldas la Iglesia jerárquica para inaugurar la nueva Iglesia del Espíritu, no ligada ya a las viejas estructuras.

Corríase por lo tanto el peligro de una gravísima tergiversación del mensaje de San Francisco, de su humilde fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, y semejante equívoco implicaba una visión errónea del cristianismo en términos globales.

San Buenaventura, que en 1257 se había convertido en ministro general de la Orden Franciscana, se encontró con una fuerte tensión en el interior de su orden por causa precisamente de quienes apoyaban a la citada corriente de los «franciscanos espirituales» que se inspiraba en Joaquín de Fiore. Precisamente para responder a ese grupo y unir de nuevo a la Orden, San Buenaventura estudió atentamente los escritos auténticos de Joaquín de Fiore y los que se le atribuían y, teniendo en cuenta la necesidad de presentar correctamente la figura y el mensaje de su querido San Francisco, quiso exponer una visión justa de la teología de la historia. San Buenaventura afrontó este problema en la que fue justamente su última obra: una colección de conferencias impartidas a los monjes del estudio parisiense, que quedó inconclusa y que ha llegado a nosotros a través de la transcripción de sus oyentes, titulada Hexaëmeron, o explicación alegórica de los seis días de la Creación. Los Padres de la Iglesia consideraban los seis o siete días del relato de la Creación como profecía de la historia del mundo, de la Humanidad. Según ellos, los siete días representaban siete períodos de la historia, que también se interpretarían más adelante como siete milenios. Con Cristo habríamos entrado en el último, es decir en el sexto período de la historia, al que había de seguirle ya el gran sábado de Dios. San Buenaventura presupone esta interpretación histórica del relato de los días de la Creación, pero de manera tan libre como innovadora. Para él, dos fenómenos de su tiempo hacen necesaria una nueva interpretación del curso de la historia: el primero de ellos, la figura de San Francisco, el hombre totalmente unido a Cristo hasta la comunión de los estigmas, casi un alter Christus; y, con San Francisco, la nueva comunidad por él creada, distinta del monaquismo hasta entonces conocido. Este fenómeno exigía una nueva interpretación en tanto que novedad de Dios manifestada en aquel momento.

El segundo fenómeno ­–la posición de Joaquín de Fiore, que anunciaba un nuevo monaquismo y un período absolutamente nuevo de la historia, trascendiendo la revelación del Nuevo Testamento– exigía una respuesta.

Como ministro general de la Orden Franciscana, San Buenaventura había entendido enseguida que con la concepción espiritualista inspirada en Joaquín de Fiore la Orden no sería gobernable, sino que desembocaría lógicamente en la anarquía. Dos eran según él las consecuencias de ello. La primera, que la necesidad práctica de estructuras y de inserción en el seno de la Iglesia jerárquica, de la Iglesia real, precisaba un fundamento teológico, también porque los otros, los que seguían la concepción espiritualista, presentaban, aparentemente, un fundamento teológico; la segunda, que aun teniendo en cuenta el necesario realismo, no debía perderse la novedad de la figura de San Francisco.

¿Cómo respondió San Buenaventura a esta exigencia práctica y teórica? De su respuesta sólo puedo dar aquí una síntesis, muy esquemática e incompleta, en los siguientes puntos.

 

1 San Buenaventura rechaza la idea del ritmo trinitario de la historia. Dios es uno durante toda la historia, y no se divide en tres divinidades. Por consiguiente, la historia es una, aunque es camino y, según Buenaventura, camino de progreso.

 

2 Jesucristo es la última palabra de Dios: en él Dios lo ha dicho todo, dándose y diciéndose a sí mismo. Más que a sí mismo, Dios no puede decir ni dar. El Espíritu Santo es Espíritu del Padre y del Hijo. El propio Cristo dice del Espíritu Santo: «Os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26), «recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros» (Jn 16, 15). Por lo tanto, no hay otro Evangelio más elevado; no hay que esperar otra Iglesia. Por eso la Orden de San Francisco debe insertarse en esta Iglesia, en su fe, en su ordenamiento jerárquico.

 

3 Ello no significa que la Iglesia permanezca inmóvil, anclada en el pasado, y que no pueda haber novedad en ella. «Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt – Las obras de Cristo, lejos de retroceder, de debilitarse, progresan», dice el Santo en su carta De tribus quæstionibus. Así San Buenaventura formula explícitamente la idea del progreso, lo que constituye una novedad respecto a los Padres de la Iglesia y a gran parte de sus contemporáneos. Para San Buenaventura, Cristo no es ya, como lo era para los Padres de la Iglesia, el fin, sino el centro de la historia; con Cristo no acaba la historia, sino que empieza un nuevo período. Otra consecuencia es la siguiente: hasta aquel momento predominaba la idea según la cual los Padres de la Iglesia habían sido la cumbre absoluta de la teología, y todas las generaciones siguientes sólo podían ser discípulas suyas. También San Buenaventura reconoce a los Padres como maestros para siempre, pero el fenómeno de San Francisco le da la certeza de que el tesoro de la palabra de Cristo es inagotable, por lo que también en las nuevas generaciones pueden aparecer nuevas lumbreras. La unicidad de Cristo garantiza también novedad y renovación en todos los períodos de la historia.

Ciertamente, la Orden Franciscana –subraya él– pertenece a la Iglesia de Jesucristo, a la Iglesia apostólica, y no puede edificarse sobre un espiritualismo utópico. Empero, al mismo tiempo, es válida la novedad de dicha orden respecto al monaquismo clásico, y San Buenaventura –como dije en la catequesis anterior– defendió esta novedad frente a los ataques del clero secular de París: los franciscanos no tienen un monasterio fijo, pueden hacerse presentes en todas partes para anunciar el Evangelio. Precisamente la ruptura con la estabilidad característica del monaquismo en beneficio de una nueva flexibilidad devolvió a la Iglesia su dinamismo misionero.

Llegados a este punto, tal vez resulte útil decir que hoy también existen visiones según las cuales toda la historia de la Iglesia durante el segundo milenio habría sido un declive permanente, declive que algunos sitúan enseguida después del Nuevo Testamento. Pero en realidad, «Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt - Las obras de Cristo no retroceden, sino que avanzan». ¿Qué sería la Iglesia sin la nueva espiritualidad de los cistercienses, de franciscanos y dominicos, sin la espiritualidad de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz, etcétera? Hoy también es válida esta afirmación: «Opera Christi non deficiunt, sed proficiunt», siguen adelante. San Buenaventura nos enseña el conjunto del necesario discernimiento –incluso severo–, del realismo sobrio y de la apertura a nuevos carismas otorgados por Cristo, en el Espíritu Santo, a su Iglesia. Y mientras se repite esta idea del declive se reitera también otra idea: la del «utopismo espiritualista». Sabemos, en efecto, que después del Concilio Vaticano II algunos estaban convencidos de que todo era nuevo, de que había otra Iglesia, de que la Iglesia preconciliar había terminado y tendríamos otra, totalmente «otra». ¡Un utopismo anárquico! Pero, gracias a Dios, los sabios timoneles de la barca de Pedro, los papas Pablo VI y Juan Pablo II, defendieron por un lado la novedad del Concilio y, al mismo tiempo, defendieron la unicidad y la continuidad de la Iglesia, que es siempre Iglesia de pecadores y siempre lugar de gracia.

 

4 En este sentido, San Buenaventura, como ministro general de los franciscanos, adoptó una línea de gobierno en la que resultaba meridianamente claro que la nueva orden no podía, en tanto que comunidad, vivir a la misma «altura escatológica» que San Francisco –en la que San Buenaventura ve anticipado el mundo futuro–, sino que, guiada al mismo tiempo por un sano realismo y por valentía espiritual, debía aproximarse lo más posible a la realización máxima del Sermón del Monte —que había constituido la regla de San Francisco—, aun teniendo en cuenta las limitaciones del hombre, marcado por el pecado original.

Vemos, pues, que para San Buenaventura gobernar no estribaba simplemente en hacer, sino que era, sobre todo, pensar y orar. En la base de su gobierno hallamos siempre la oración y el pensamiento; todas sus decisiones son el resultado de la reflexión, del pensamiento iluminado por la oración. Su contacto íntimo con Cristo acompañó siempre su labor como ministro general, por lo que redactó una serie de escritos teológico-místicos que expresan el empeño de su gobierno y manifiestan su intención de guiar interiormente a la Orden, es decir de gobernar no sólo mediante mandatos y estructuras, sino guiando y alumbrando a las almas, orientando hacia Cristo.

De esos escritos suyos, que son el alma de su gobierno y muestran tanto al individuo como a la comunidad el camino a seguir, quisiera mencionar sólo uno, su obra maestra: el Itinerarium mentis in Deum, verdadero «manual» de contemplación mística. Este libro fue concebido en un lugar de profunda espiritualidad: el Monte Alverna, donde San Francisco recibió los estigmas. En su introducción, el autor ilustra las circunstancias que dieron origen a su escrito: «Y estando allí, a tiempo que disponía en mi interior ciertas elevaciones espirituales a Dios, vínome a la memoria, entre otras cosas, aquella maravilla que en dicho lugar sucedió al mismo bienaventurado Francisco, a saber: la visión que tuvo del alado Serafín, en figura del Crucificado. Consideración en la que me pareció al instante que tal visión manifestaba tanto la suspensión del mismo Padre [Francisco], mientras contemplaba, como el camino por donde se llega a ella» (Itinerario de la mente a Dios, Prólogo, n. 2, en Opere di San Bonaventura. Opuscoli teologici/1, Roma 1993, pág. 499).

Las seis alas del Serafín se convierten así en el símbolo de seis etapas que llevan progresivamente al hombre, del conocimiento de Dios mediante la observación del mundo y de las criaturas y a través de la exploración de la propia alma con sus facultades, hasta la unión aplacadora con la Trinidad por medio de Cristo, a imitación de San Francisco de Asís. Las últimas palabras del Itinerarium de San Buenaventura, que responden a la pregunta de cómo se puede alcanzar esa comunión mística con Dios, deberían calar en el hondón de nuestro corazón: «Y si tratas de averiguar cómo sean estas cosas, pregúntalo a la gracia, pero no a la doctrina; al deseo, pero no al entendimiento; al gemido de la oración, pero no al estudio de la lección; al esposo, pero no al maestro; a la tiniebla pero no a la claridad; a Dios, pero no al hombre; no a la luz, sino al fuego, que inflama totalmente y traslada a Dios con excesivas unciones y ardentísimos afectos [...]. Entremos en estas tinieblas, reduzcamos a silencio los cuidados, las concupiscencias y los fantasmas de la imaginación; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, a fin de que, manifestándose en nosotros el Padre, digamos con Felipe: “Esto nos basta”» (ibíd., VII, 6).

Queridos amigos: Acojamos la invitación que nos dirige San Buenaventura, el Doctor Seráfico, y sigamos las enseñanzas del Maestro divino: escuchemos su Palabra de vida y de verdad, que resuena en lo más íntimo de nuestra alma. Purifiquemos nuestros pensamientos y nuestras acciones, para que él pueda morar en nosotros y para que nosotros podamos oír su voz divina, que nos atrae hacia la felicidad verdadera,

 

(Original italiano procedente del archivo informático de la Santa Sede; traducción de ECCLESIA.)

Comentarios
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Inés Orozko   |81.35.199.xxx |2010-03-11 18:35:23
Entremos en las tinieblas de la fe, silenciemos las voces que tapan la Voz y,
como no puede ser de otra manera, con Cristo, por Él y en Él, lleguemos al
Padre: No hace falta más, Él es la gracia absoluta.
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