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El pasado miércoles de Ceniza iniciábamos la Cuaresma, una tradición que está viva en el alma y en las costumbres de los cristianos. A lo largo de estos cuarenta días que preceden a la Pascua, nos disponemos interiormente a vivir con intensidad la conmemoración anual de la muerte y resurrección del Señor, los catecúmenos ultiman su preparación al bautismo y todos somos invitados a la conversión del corazón a través de la oración, el ayuno y la limosna. La cuaresma es un tiempo de preparación para la celebración de la resurrección de Jesucristo. 
En su mensaje para la Cuaresma de este año, el Santo Padre Benedicto XVI nos invita a reflexionar sobre la justicia. De este modo, desarrolla una cuestión de gran actualidad, que está presente en su última Encíclica Caritas in Veritate, cuya lectura o relectura os recomiendo encarecidamente para estos días. En realidad, se trata de un asunto de suma importancia pues ilumina un problema muy actual: la relación entre la justicia y las leyes. Hasta hace unos años no había ninguna duda al respecto. Las leyes debían adecuarse a la justicia, a una justicia que las antecedía y que hundía sus raíces en la misma verdad. Pero desde que el relativismo se ha instalado en la conciencia de muchos de nuestros contemporáneos, las cosas ya no son tan evidentes. Muchos niegan que exista una verdad anterior a la decisión humana. Lo único verdadero –dicen éstos- es la voluntad de los individuos, por lo que la legitimidad de las leyes no viene de su referencia a la justicia, sino de lo decidido por la mayoría de la población. Así pues, no habría distinción entre ley y justicia, ya que toda ley sería justa siempre y cuando hubiese sido promulgada mediante los mecanismos políticos oportunos y contase con suficiente respaldo social. Este argumento lo oímos casi a diario. Pero, evidentemente, las cosas no son tan sencillas. Las mayorías también pueden equivocarse y pueden ser fácilmente manipuladas con los poderosos medios al servicio de quienes ejercen una pedagogía social. La memoria histórica nos trae el recuerdo de algunos dictadores del siglo veinte que llegaron al poder gracias al respaldo democrático de gran parte de la población, y desde allí promulgaron leyes tan injustas como el exterminio del pueblo judío, un hecho que hoy nos horroriza. Por eso es importante que cada persona se esfuerce en descubrir la verdad de cuanto se nos propone. Así hallaremos la auténtica justicia y haremos cuanto esté en nuestra mano para que las leyes se ajusten a ella. Apostar por la justicia no es tarea fácil. Exige amor a la verdad, capacidad de esfuerzo, de sacrificio, de renuncia y de sensibilidad espiritual, virtudes que precisamente la Cuaresma nos ayuda a ejercitar. El Papa cree que es necesaria una liberación del corazón, un éxodo más profundo que el que Dios obró con Moisés. Hay tres razones que nos exigen buscar una verdadera justicia. En primer lugar, porque quien obra conforme a la justicia puede llegar al dilema de tener que elegir entre hacer lo justo o cumplir una ley injusta. Sabe que lo primero es lo correcto, pero también sabe que si opta por lo correcto tendrá que soportar consecuencias penales que pueden llegar a ser graves. Por eso hay que esforzarse en la superación de la satisfacción inmediata, sabiendo que «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). En segundo lugar porque, como recuerda el Papa, «la injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas, tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal». Para optar por la justicia se necesita, pues, purificar el corazón de toda tentación y de toda mala inclinación, mediante la contemplación de Aquél que es el único Justo, nuestro Señor Jesucristo. La tercera razón por la que el logro de la justicia exige el sacrificio, la capacidad de trascender nuestra propia carne, estriba en que si lo justo consiste, como afirmó un jurista romano del siglo tercero, en «dar a cada uno lo suyo», ese «suyo» que le corresponde no se refiere sólo a cosas materiales. El ser humano también está necesitado de bienes espirituales, tiene necesidad de Dios, y no habrá justicia verdadera mientras no haya un anuncio alegre y decidido del Evangelio. Quien no da a Dios, da siempre demasiado poco. Queridos amigos, no hay justicia sin verdad. Pero la Verdad no es un concepto abstracto. Ante todo es una Persona viva, el Señor Resucitado. Por eso, Jesucristo es la justicia misma de Dios. A pesar de no haber pecado, quiso cargar con nuestros pecados. En el leño de la cruz aceptó nuestras dolencias y asumió nuestra muerte para darnos la vida eterna con su resurrección, para asumir en sí mismo nuestro destino y hacernos partícipes del suyo, y para manifestar que la justicia de Dios –la única justicia verdadera–, se realiza en el perdón. Os invito a todos a contemplar a Cristo, juez misericordioso, en estos días de preparación a la gran fiesta de la Pascua este misterio de la verdad, de la justicia, de la misericordia y del perdón, de modo que cada uno de nosotros seamos más misericordiosos y verdaderos, y podamos construir así un mundo más justo. + Jesús, Obispo de Ávila
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