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La naturaleza humana es así, hoy lo recibimos con ramos y palmas al grito de Hosanna y, dentro de cinco días, lo matamos de la manera más vil. Las personas que recibieron a Jesús en la entrada a Jerusalén, ¿Quiénes eran? ¿Realmente eran discípulos?, o bien eran seguidores que veían en Él a un rey que los liberara de las penalidades de su vida cotidiana por medio de sus famosos milagros. 
Si eran discípulos, ¿Dónde estaban unos días después en el momento de su pasión y muerte? Probablemente no eran discípulos. Seguramente serian gente como nosotros, de nuestra misma naturaleza, con esa forma de ser que hoy nos lleva a ensalzar a alguien hasta la cumbre, pero mañana… pues cuanto mas alto haya subido, más grande será el espectáculo de la caída. Quizás lo más autentico y previsible fuese el borriquillo, siempre sirviendo a los demás. En todo caso, las gentes que echaban su manto al suelo, para que pasara Jesús, algo muy importante habrían visto en Él. La gente, no deja que su manto se ensucie “por cualquiera”. Ramos, palmas y cánticos de hosanna, bonita mezcla para expresar la alegría del comienzo de la Pascua Judía. ¿Te lo imaginas?, risas, felicidad, gritos de jubilo, saludos efusivos, reverencias hacia el que llegaba, agasajos, fiesta. Mucha fiesta para recibir… ¡nosotros si que lo sabemos!, ¡mucho mas claramente que los que lo recibieron en aquella ocasión!, mucha fiesta para recibir… al Mesías, al Hijo de Dios. Hoy emplearíamos pancartas, dulzainas, cohetes, megáfonos…, pero mejor dejémoslo como esta, ramos, palmas y hosannas… entregándonos con todo el corazón.
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