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Hoy coincide la fiesta de San Juan de Dios
con la lectura que narra la curación de Naamán, el sirio, por el profeta
Eliseo.
Siempre nos llaman la
atención los pasajes en los que se describen hechos portentosos,
sobrenaturales, signos por los que se demuestra la actuación divina en nuestra
historia, y desde nuestra forma de pensar, los solemos relacionar con grandes
demostraciones de poder. 
Sin embargo, si
consideramos la enseñanza que hoy nos ofrece la Palabra, como en tantas
otras ocasiones, sorprende la relación que presenta el texto bíblico entre los
hechos más extraordinarios y las mediaciones más sencillas. Para decir de
manera evidente de dónde viene la fuerza.
San Juan de Dios,
Granada
El protagonismo de la
criada judía en casa del general del ejército del rey de Siria, que da noticia a
su señora del profeta Eliseo, que vive en
Samaría, los consejos de los criados de Naamán ante su resistencia para aceptar
las recomendaciones del profeta porque le parecían poco espectaculares, la
virtud de las aguas del Jordán, un río casi insignificante en comparación con
el Abana y el Farfar, en Damasco, que limpiaron la carne enferma del personaje
extranjero, los ejemplos que pone Jesús en el Evangelio de la viuda de Sarepta,
frente a la cerrazón de sus paisanos, nos demuestran el modo de actuar de Dios,
a través de lo humilde, de lo sencillo, y hasta de lo desechado por los seguros
y entendidos de este mundo.
En la Historia de la Salvación y en la
historia de la Iglesia
se comprueba que las mediaciones de la gracia son, en muchas ocasiones,
ostentosamente desproporcionadas en comparación con los efectos que Dios deja
sentir en el corazón de los creyentes.
Si volvemos al ejemplo
de San Juan de Dios, nos reafirmamos en cómo el Señor, a través de instrumentos
débiles, lleva a cabo la obra maravillosa de su amor hacia el ser humano,
especialmente hacia los más desfavorecidos.
Juan Ciudad, así se
llamaba quien iba a ser después el fundador de la Orden Hospitalaria.
De él no se sabe del todo dónde nació, y sí se sabe que vivió como criado en
Oropesa, cuidando ganados, y que fue voluntario en varias guerras por huir del
acoso de su amo, que lo pretendía casar con su hija. Se encuentra con el Señor
un 20 de enero, durante la predicación de San Juan de Ávila en Granada.
Emigrante, librero, tenido por loco, lleva a cabo una obra de amor en favor de
los más enfermos y despreciados de la sociedad.
Una vez más se
demuestra que Dios escoge lo débil del mundo para confundir a los fuertes. Y
para saber discernirlo, recemos con el salmista: “Envía, Señor, tu luz y tu
verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu
morada” (Sal 41).
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