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"Junto
a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, mujer de
Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al
discípulo a quien amaba, dice a su madre: 'Mujer, ahí tienes a tu hijo'. Luego
dice al discípulo: 'Ahí tienes a tu madre'. Y desde aquella hora el discípulo
la acogió en su casa" (Jn 19,25-27). 
No necesitamos demasiados esfuerzos para centrar la
atención y adentrarnos en la contemplación del misterio del Calvario.
Las palabras del Evangelio de S. Juan nos introducen en su
propia y profunda experiencia de lo por
él visto y oído (cf 1 Jn 1,1) y nos lo transmite para que creamos y
tengamos vida en nombre de Jesucristo, el Hijo de Dios (cf Jn 20,31).
Los ojos de la razón y la imaginación se quedan cortos ante
esta estremecedora escena en la que sólo ven a un hombre moribundo sobre la
cruz pronunciando unas cuantas palabras de consuelo para su madre y para uno de
sus íntimos amigos. Es la fe, y sólo la fe, la que nos introduce y nos hace
participar en el drama de la pasión de este hombre que es Hijo de Dios y
Salvador del mundo; es la fe la que nos revela el alcance mesiánico de estas
palabras de Jesús y esclarece la misteriosa relación de maternidad y filiación
que une a María y a los discípulos de su Hijo.
1.- María en la "hora de Jesús"
"Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de
este Mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los
amó hasta el extremo" (Jn 13,1).
La hora de Jesús es el momento de su
plenitud en el cumplimiento de la voluntad del Padre (Jn 12, 27); es la hora de
su muerte, de su exaltación y de su glorificación (cf Jn 17,1); es la hora del
grano de trigo que cae en tierra, muere y da mucho fruto (Jn 12, 24).
Al narrar este trascendental
acontecimiento, el evangelista pone de relieve la significación mesiánica de la
presencia de María y del discípulo amado junto a la cruz. María está como
quien espera una palabra explícita a la pregunta que Jesús quedó sin contestar
en Caná: "¿qué tengo yo contigo, mujer?" (Jn 2,4). Allí está, de pie,
reafirmando, desde su contenido dolor de madre, su absoluta e inquebrantable
disponibilidad al designio de salvación. E1 discípulo amado está como testigo y
destinatario del último legado del testamento de Jesús; "Habiendo amado a las suyos que estaban en el mundo,
los amó hasta el extremo" (Jn 13, 11).
Jesús habla con solemnidad programática a su madre y al
discípulo. Con estas lacónicas expresiones: "mujer, ahí tienes a tu
hijo" y "ahí tienes a tu madre" revela la relación que mediaba
entre El y su madre y le hace comprender que su misión era más amplia que la de
haberle dado un cuerpo. Le revela -lo que ya era una realidad desde que el
Verbo se hizo carne (cf Jn 1,14)- la universalidad de su maternidad.
María en la hora de
Jesús es la mujer que adquiere
relevancia y resonancia mesiánicas. Evoca a la nueva Eva, la fidelidad
de Israel a las antiguas promesas y prefigura a la “mujer grávida" del
Apocalipsis contra cuya descendencia establecerá el dragan una lucha enconada.
María vive intensamente su participación en la inauguración
de la nueva alianza establecida por la sangre de su Hijo. Asiste esta vez en
silencio, pero llena de com-pasión y solidaridad, a las bodas de Dios y su
Pueblo. También en silencio, porque su "fiat" fue de una vez para
siempre, asure esta misión de ser madre de los creyentes. Su fidelidad y su
entereza junto a la cruz vienen a ser una nueva forma de invitarnos a reconocer
a quien tiene el poder se salvar: “Haced lo que El os diga" (Jn 2,5). En
Caná con su solicitud adelanta las señales del poder mesiánico de Jesús. Aquí,
en plena comunión de amor con el Redentor, desde la fe más perfecta y la más
rendida obediencia, comienza a ejercer su función maternal con el discípulo amado de Jesús, figura de la Iglesia naciente.
2.- Jesús preocupado por la "orfandad" del
discípulo
S. Juan da por supuesto en su evangelio el afecto entrañable
de Jesús hacia su madre. Por eso va más lejos de la soledad y del desamparo que
ésta puede experimentar al pie de la cruz. Se fija, sobre todo, en cómo Jesús en
aquella hora está pendiente de que no quede nada por cumplirse en su obra de
salvación.
Jesús dijo haber venido para que tuviéramos vida y la
tuviéramos sobreabundantemente (cf Jn 10,10). Pero, antes de pronunciar el
"todo está consumado" (Jn 19,30), quiere dejar claro que su vida se
prolonga y crece en los discípulos a
través del amor virginal de su propia madre. Por eso, viéndola junto a la cruz,
la dice: "mujer, ahí tienes a tu hijo". Así hace de su madre la madre
de la nueva comunidad de discípulos y amigos nacidos por la fe en su nombre (cf
Jn 1,12) del agua (cf Jn 19, 34) y del Espíritu (cf Jn 19,30).
Pero no se trata de un cambio: antes, madre de Jesús;
ahora, madre del discípulo. María jamás podrá dejar de ser madre de Jesús, pues
su maternidad fue mucho más que biológica. Es la Madre del Verbo hecho
hombre. Lo que sí se da es que una declaración solemne de la proyección
universal de esta maternidad sobre todos los redimidos por Cristo.
En lo sucesivo el nuevo
Israel no será una “muchedumbre solitaria”, una masa innominada, sino una
comunidad en la que las relaciones de fraternidad estará adobadas por la
dulzura, la ternura y la esperanza de quien experimentó en sí misma la plenitud
del amor divino. Jesús no quiere que sus discípulos se sientan huérfanos,
expósitos, azadonados, y les entrega el calor y el cuidado de una madre que
sabe de sorpresas divinas y de sacrificios, que está siempre atenta (“no tienen
vino” Jn 2, 3) y es toda solicitud y servicio.
3.
El discípulo amado de Jesús es hijo de María
También,
antes de la consumación, Jesús dirige su mensaje al discípulo amado: “He ahí a
tu madre”. El evangelista se apresura a añadir: “Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”
(Jn 19,27).
Mientras
que María recibe la declaración de su maternidad universal en silencio y como
quien ya venía ejerciendo de tiempo atrás, el discípulo amado expresa su
respuesta a la última voluntad de Jesús acogiendo, aceptando en fe y amor, a la
madre de Jesús como madre propia.
El
discípulo amado está simbolizando a la nueva comunidad de creyentes en la
palabra y misión de Jesús. Es el prototipo y modelo de discípulo que se
distingue por la adhesión inquebrantable a su persona y está siempre cerca de
El, escucha y cumple sus mandamientos; intima con Él, como su carne y bebe su
sangre, colabora en su misión, le es fiel hasta la muerte, da testimonio de la
resurrección y de la fuerza del Espíritu; irradia su amor. Por todo esto es
amado por el Padre y le ama también Él (cf Jn 14, 21).
Ante el
reconocimiento que experimenta, el discípulo amado adopta una actitud de pronta
docilidad incorporando en el ámbito de su comunión con el Maestro –que es
comunión de vida y misión- la acción maternal de María. Acogiendo a María, el
discípulo expresa su consentimiento, su “sí”. A la voluntad de Jesús que es
participar en la Nueva Alianza
establecida por su sangre derramada, ser miembro de la Iglesia que nace del agua
y del Espíritu y de la que
María es figura y
madre, y dar testimonio de lo visto y oído para que el mundo crea y tenga vida
en su nombre (cf Jn 20,31).
4. Vivir con María la
hora de Jesús
El discípulo
amado está junto a la cruz con María, la Madre de Jesús. Su presencia –la del discípulo-
tampoco es ocasional. Está allí como quien ha recorrido el itinerario de Jesús
y de su madre hasta el Calvario; como quien ha experimentado el don de la
llamada y de la amistad; como quien ha compartido la aceptación y el rechazo en
la misión; como quien siente dentro de sí la urgencia de la fidelidad hasta la muerte. Lo normal es
pensar que este camino lo haya recorrido bajo la solicitud y el aprendizaje; le
ha comunicado certeza y seguridad en el seguimiento hasta el final y, en su
compañía, comparte la hora de Jesús,
el momento de su glorificación.
Nuestra vida
cristiana, en cualquier estado, está siempre en camino. Lo recorremos a partir
de una llamada, un don, un amor primero que se nos ofrece, y a través de una
respuesta, un permanecer y un dar frutos.
Y estamos llamados a recorrer el itinerario de Jesús por la fe, la comunión, la
misión y la fidelidad hasta la muerte por amor y con amor para que el Padre sea
glorificado. María está ahí, a nuestro lado, recordando el “haced lo que El os
diga”. Porque nuestra respuesta también pasa por la escucha, la docilidad, el
cumplimento de la voluntad del Padre, la com-pasión con los pobres y excluidos
y la esperanza en la victoria sobre la muerte.
Cuando
tropezamos, cuando erramos el camino, cuado el poder de las tinieblas se hace
más patente, cuando la fe es menos firme y nos asusta la cruz de cada día,
sigue estando María al alcance de nuestra plegaria.
La hora de Jesús se hace hora de la Iglesia y de la
humanidad entera en cada encrucijada de la vida, de la fe y del amor. Jesús que
había dicho: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré todos hacia mí” (Jn
12, 32), sigue realizando su obra salvadora por el ministerio de los que Él
había elegido (cf Jn 20,21). Nos toca, pues, vivir esta hora con responsabilidad y fidelidad. ¿Qué significa? Prolongar la opción fundamental de Jesús
ante el Padre y ante los hombres: “El mundo ha de saber que amo al Padre y que
obro según el Padre me ha ordenado” (Jn, 4 31). “Yo he venido para que tengan
vida….” (Jn 10,10).
La
responsabilidad se demuestra cada vez que se encara, y no se huye, la
tentación, la adversidad, la persecución, el desprestigio, la muerte. La fidelidad la
demostramos cada vez que hacemos prevalecer la luz, la verdad, la libertad, el
perdón, la reconciliación, la paz, el amor, todo aquello que glorifica al Padre
en cada situación humana y devuelve al hombre la alegría de ser hijo de Dios.
Podemos estar seguros de que en toda
situación límite (la situación más limite de la historia fue aquella del
Calvario) está María con el misterioso y saludable influjo que le es propio. La
presencia de María se deja siempre sentir donde hay compasión con los que
sufren, con los que lloran y con los pecadores.
Hoy los
sacerdotes, los religiosos, los laicos, necesitamos vivir más intensamente con
Maria la hora de Jesús para recobrar aliento y esperanza y atender a tantos
millones de hombres degradados, explotados, que pasan hambre y marginación de
muchas formas. Del fondo de esta humanidad sin rostro llega un grito de
liberación, Cristo también murió por ellos. La “Madre del Redentor” les
escucha con misericordia y nos repite: “haced lo que Él os diga”.
Aquilino Bocos Merino, cmf
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