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Las escenas de la Pasión de Cristo de ECCESIA Digital – Junto a la cruz de Jesús con María Imprimir E-Mail
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Escrito por Aquilino Bocos Merino, cmf   
sábado, 06 de marzo de 2010

"Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: 'Mujer, ahí tienes a tu hijo'. Luego dice al dis­cípulo: 'Ahí tienes a tu madre'. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19,25-27).

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No necesitamos demasiados esfuerzos para centrar la atención y adentrarnos en la contemplación del misterio del Calvario.

Las palabras del Evangelio de S. Juan nos introducen en su propia y profunda experiencia de lo por él visto y oído (cf 1 Jn 1,1) y nos lo transmite para que creamos y tengamos vida en nombre de Jesu­cristo, el Hijo de Dios (cf Jn 20,31).

Los ojos de la razón y la imaginación se quedan cortos ante esta estremecedora escena en la que sólo ven a un hombre moribundo sobre la cruz pronunciando unas cuantas palabras de consuelo para su madre y para uno de sus íntimos amigos. Es la fe, y sólo la fe, la que nos introduce y nos hace participar en el drama de la pasión de este hombre que es Hijo de Dios y Salvador del mundo; es la fe la que nos revela el alcance mesiánico de estas palabras de Jesús y esclarece la misteriosa relación de maternidad y filiación que une a María y a los discípulos de su Hijo.

 

1.- María en la "hora de Jesús"

 

"Sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este Mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13,1).

 La hora de Jesús es el momento de su plenitud en el cumplimiento de la voluntad del Padre (Jn 12, 27); es la hora de su muerte, de su exaltación y de su glorificación (cf Jn 17,1); es la hora del grano de trigo que cae en tierra, muere y da mucho fruto (Jn 12, 24).

 Al narrar este trascendental acontecimiento, el evangelista pone de relieve la significación mesiánica de la presencia de María y del discípulo amado junto a la cruz. María está como quien espera una palabra explícita a la pregunta que Jesús quedó sin contestar en Caná: "¿qué tengo yo contigo, mujer?" (Jn 2,4). Allí está, de pie, reafirmando, desde su contenido dolor de madre, su absoluta e inquebrantable disponibilidad al designio de salvación. E1 discípulo amado está como testigo y destinatario del último legado del testamento de Jesús; "Habiendo amado a las suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 11).

Jesús habla con solemnidad programática a su madre y al discípulo. Con estas lacónicas expresiones: "mujer, ahí tienes a tu hijo" y "ahí tienes a tu madre" revela la relación que mediaba entre El y su madre y le hace comprender que su misión era más amplia que la de haberle dado un cuerpo. Le revela -lo que ya era una realidad desde que el Verbo se hizo carne (cf Jn 1,14)- la universalidad de su maternidad.

María en la hora de Jesús es la mujer que adquiere relevancia y resonancia mesiánicas. Evoca a la nueva Eva, la fidelidad de Israel a las antiguas promesas y prefigura a la “mujer grávida" del Apocalipsis contra cuya descendencia establecerá el dragan una lucha enconada.

María vive intensamente su participación en la inauguración de la nueva alianza establecida por la sangre de su Hijo. Asiste esta vez en silencio, pero llena de com-pasión y solidaridad, a las bodas de Dios y su Pueblo. También en silencio, porque su "fiat" fue de una vez para siempre, asure esta misión de ser madre de los creyentes. Su fidelidad y su entereza junto a la cruz vienen a ser una nueva forma de invitarnos a reconocer a quien tiene el poder se salvar: “Haced lo que El os diga" (Jn 2,5). En Caná con su soli­citud adelanta las señales del poder mesiánico de Jesús. Aquí, en plena comunión de amor con el Redentor, desde la fe más perfecta y la más rendida obediencia, comienza a ejercer su función maternal con el discípulo amado de Jesús, figura de la Iglesia naciente.

 

2.- Jesús preocupado por la "orfandad" del discípulo

 

S. Juan da por supuesto en su evangelio el afecto entrañable de Jesús hacia su madre. Por eso va más lejos de la soledad y del desamparo que ésta puede experimentar al pie de la cruz. Se fija, sobre todo, en cómo Jesús en aquella hora está pendiente de que no quede nada por cumplirse en su obra de salvación.

Jesús dijo haber venido para que tuviéramos vida y la tuviéramos sobreabundantemente (cf Jn 10,10). Pero, antes de pronunciar el "todo está consumado" (Jn 19,30), quiere dejar claro que su vida se prolonga y crece en los discípulos a través del amor virginal de su propia madre. Por eso, viéndola junto a la cruz, la dice: "mujer, ahí tienes a tu hijo". Así hace de su madre la madre de la nueva comunidad de discípulos y amigos nacidos por la fe en su nombre (cf Jn 1,12) del agua (cf Jn 19, 34) y del Espíritu (cf Jn 19,30).

Pero no se trata de un cambio: antes, madre de Jesús; ahora, madre del discípulo. María jamás podrá dejar de ser madre de Jesús, pues su maternidad fue mucho más que biológica. Es la Madre del Verbo hecho hombre. Lo que sí se da es que una declaración solemne de la proyección universal de esta maternidad sobre todos los redimidos por Cristo.

En lo sucesivo el nuevo Israel no será una “muchedumbre solitaria”, una masa innominada, sino una comunidad en la que las relaciones de fraternidad estará adobadas por la dulzura, la ternura y la esperanza de quien experimentó en sí misma la plenitud del amor divino. Jesús no quiere que sus discípulos se sientan huérfanos, expósitos, azadonados, y les entrega el calor y el cuidado de una madre que sabe de sorpresas divinas y de sacrificios, que está siempre atenta (“no tienen vino” Jn 2, 3) y es toda solicitud y servicio.

 

3. El discípulo amado de Jesús es hijo de María

 

 También, antes de la consumación, Jesús dirige su mensaje al discípulo amado: “He ahí a tu madre”. El evangelista se apresura a añadir: “Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn 19,27).

 Mientras que María recibe la declaración de su maternidad universal en silencio y como quien ya venía ejerciendo de tiempo atrás, el discípulo amado expresa su respuesta a la última voluntad de Jesús acogiendo, aceptando en fe y amor, a la madre de Jesús como madre propia.

 El discípulo amado está simbolizando a la nueva comunidad de creyentes en la palabra y misión de Jesús. Es el prototipo y modelo de discípulo que se distingue por la adhesión inquebrantable a su persona y está siempre cerca de El, escucha y cumple sus mandamientos; intima con Él, como su carne y bebe su sangre, colabora en su misión, le es fiel hasta la muerte, da testimonio de la resurrección y de la fuerza del Espíritu; irradia su amor. Por todo esto es amado por el Padre y le ama también Él (cf Jn 14, 21).

 Ante el reconocimiento que experimenta, el discípulo amado adopta una actitud de pronta docilidad incorporando en el ámbito de su comunión con el Maestro –que es comunión de vida y misión- la acción maternal de María. Acogiendo a María, el discípulo expresa su consentimiento, su “sí”. A la voluntad de Jesús que es participar en la Nueva Alianza establecida por su sangre derramada, ser miembro de la Iglesia que nace del agua y del Espíritu y de la que María es figura y madre, y dar testimonio de lo visto y oído para que el mundo crea y tenga vida en su nombre (cf Jn 20,31).

 

4. Vivir con María la hora de Jesús

 

 El discípulo amado está junto a la cruz con María, la Madre de Jesús. Su presencia –la del discípulo- tampoco es ocasional. Está allí como quien ha recorrido el itinerario de Jesús y de su madre hasta el Calvario; como quien ha experimentado el don de la llamada y de la amistad; como quien ha compartido la aceptación y el rechazo en la misión; como quien siente dentro de sí la urgencia de la fidelidad hasta la muerte. Lo normal es pensar que este camino lo haya recorrido bajo la solicitud y el aprendizaje; le ha comunicado certeza y seguridad en el seguimiento hasta el final y, en su compañía, comparte la hora de Jesús, el momento de su glorificación.

 Nuestra vida cristiana, en cualquier estado, está siempre en camino. Lo recorremos a partir de una llamada, un don, un amor primero que se nos ofrece, y a través de una respuesta, un permanecer y un dar frutos. Y estamos llamados a recorrer el itinerario de Jesús por la fe, la comunión, la misión y la fidelidad hasta la muerte por amor y con amor para que el Padre sea glorificado. María está ahí, a nuestro lado, recordando el “haced lo que El os diga”. Porque nuestra respuesta también pasa por la escucha, la docilidad, el cumplimento de la voluntad del Padre, la com-pasión con los pobres y excluidos y la esperanza en la victoria sobre la muerte.

 Cuando tropezamos, cuando erramos el camino, cuado el poder de las tinieblas se hace más patente, cuando la fe es menos firme y nos asusta la cruz de cada día, sigue estando María al alcance de nuestra plegaria.

 La hora de Jesús se hace hora de la Iglesia y de la humanidad entera en cada encrucijada de la vida, de la fe y del amor. Jesús que había dicho: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré todos hacia mí” (Jn 12, 32), sigue realizando su obra salvadora por el ministerio de los que Él había elegido (cf Jn 20,21). Nos toca, pues, vivir esta hora con responsabilidad y fidelidad. ¿Qué significa? Prolongar la opción fundamental de Jesús ante el Padre y ante los hombres: “El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado” (Jn, 4 31). “Yo he venido para que tengan vida….” (Jn 10,10).

 La responsabilidad se demuestra cada vez que se encara, y no se huye, la tentación, la adversidad, la persecución, el desprestigio, la muerte. La fidelidad la demostramos cada vez que hacemos prevalecer la luz, la verdad, la libertad, el perdón, la reconciliación, la paz, el amor, todo aquello que glorifica al Padre en cada situación humana y devuelve al hombre la alegría de ser hijo de Dios. Podemos estar seguros de que en toda situación límite (la situación más limite de la historia fue aquella del Calvario) está María con el misterioso y saludable influjo que le es propio. La presencia de María se deja siempre sentir donde hay compasión con los que sufren, con los que lloran y con los pecadores.

 Hoy los sacerdotes, los religiosos, los laicos, necesitamos vivir más intensamente con Maria la hora de Jesús para recobrar aliento y esperanza y atender a tantos millones de hombres degradados, explotados, que pasan hambre y marginación de muchas formas. Del fondo de esta humanidad sin rostro llega un grito de liberación, Cristo también murió por ellos. La “Madre del Redentor” les escucha con misericordia y nos repite: “haced lo que Él os diga”.

 

Aquilino Bocos Merino, cmf

 

 

 

 

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